Digo Rusia. Y mis ojos se cierran ante la deslumbrante blancura de la estepa siberiana que será ya para siempre el nevado páramo soriano de “Doctor Zhivago”. Digo Rusia. Y esos mismos ojos quedan velados por las lágrimas de Miguel Strogoff cuando una espada incandescente iba a cegarle para siempre. Digo Rusia. Y el estruendo de la caballería cosaca no deja que mi voz se proyecte más allá de mis emocionados labios mojados en vodka. Digo Rusia, y las cúpulas del Kremlin brillan como pálido reflejo de los salones dorados y las joyas de las zarinas. Digo Rusia, y con el eco de estas sílabas se me aparecen todos los brillantes novelistas que escribieron en los extraños y evocadores caracteres cirílicos. Y sufro el tormento de Raskolnikov, y me enamoro de Vronsky, y soy un cosaco enfervorecido por Taras Bulba. Y se mezclan Catalina y Pedro el Grande con Iván el terrible y con Rasputin, Lenin con Stalin y Gorvachov, los húsares con los bolcheviques, los rojos con los blancos, Chagall con los iconos y las matrioskas, las bailarinas del Bolshoi y los francotiradores de Stalingrado… Es curioso todo lo que conocemos siquiera superficialmente de Rusia, el carácter evocador y romántico de su cultura, su geografía, su historia. De su mito y su realidad. Un país tan grande, antaño tan poderoso y desconocido, hoy tan rico, tan contradictorio y tan determinante política y culturalmente….
Oigo en la radio que se clausura estos días el año dual Rusia – España, y este libro es una magnífica contribución a este acontecimiento cultural. Care Santos ha reunido a un variopinto ramillete de cuentistas españoles contemporáneos con un encargo singular: fabular acerca de un paisaje desconocido para ellos, el ruso. Pero en ese adjetivo está la trampa. ¿Nos es desconocido, literariamente hablando, el paisaje ruso? ¿No tenemos en nuestra retina, en nuestra imaginación y en nuestra memoria falsos recuerdos e imágenes prestadas de Moscú, de la estepa rusa, de Siberia, del Volga y el Transiberiano? ¿No son estas imágenes más reales que las que yo pueda tener, pongamos por caso, de la huerta murciana o Barcelona, realidades más cercanas pero para mí más extrañas?
Y con esta ambivalencia entre lejanía y conocimiento trabajan estos diez escritores. Unos ambientarán su historia en un paisaje geográfico concreto y remoto, otros en un escenario histórico, otros aprovecharán circunstancias sociales determinadas, alguno recreará un hecho cultural o literario,… pero todos contribuyen a mitificar esa Rusia entre la leyenda y la historia, entre la desolación y el abandono, entre la resistencia y la huida, entre el heroísmo y la mediocridad. Y este paisaje ruso, convertido más que nunca en un escenario literario, trasciende su realidad concreta y adquiere la patina de lo simbólico y lo universal.
Me parece muy acertada esta idea del encargo de relatos con una temática o un pretexto común, pues nos da una pincelada del músculo del panorama literario. Los diez relatos no pueden ser más variopintos en su técnica, su tono y su pretexto inspirador. Y, obviamente, no todos impactarán en el lector de la misma manera. Coincido con la editora cuando afirma que “hay palabras capaces de despertar la imaginación de un muerto: Vladivostok y transiberiano son dos de ellas” y aquellos relatos que engarzan con nuestros conocimientos y obsesiones (curiosamente esas dos palabras son unas de las mías) nos serán más gratos y accesibles. Sin embargo, por su técnica y el ambiente creado, otros de escenario o pretexto desconocido van a equipararse a los primeros en cuanto a preferencias.
Sé que es injusto querer subrayar en una obra colectiva unos escritores sobre otros. Y sin que mostrar mis preferencias pueda interpretarse como demérito de los no citados, me decanto por el sobrecogedor relato con tintes góticos de la Rusia post comunista de Jon Bilbao, las alucinantes piscifactorías radioactivas de Daniel Sánchez Pardos, la recreación ruso – shakesperiana de Óscar Esquivias, el extravagante periplo siberiano de Esther García Llovet y la transcripción de unos hechos que cambiaron la historia de Rusia y del mundo de Espido Freire.
Y no puedo dejar de hacer notar la belleza de la edición, con una magnífica ilustración de portada en la que las cúpulas de las iglesias ortodoxas se funden con la estrella roja, con un diseño gráfico que recuerda tanto a Kandinsky como a los carteles soviéticos, y con unas acertadísimas portadillas en blanco y negro para cada uno de los cuentos. Ahora que los lectores nos estamos planteando (si es que no lo hemos hecho ya) el paso al libro digital, sólo encontrar un valor estético añadido en el libro considerado como objeto puede hacer que nos decantemos por el formato tradicional, que algunos tildan ya de obsoleto, que yo me resisto, cada vez con menos convicción, a abandonar.

