“La carte et le territoire” de Michel Houellebecq (Flammarion) – “El mapa y el territorio” (Anagrama)

Pasé el fin de semana de mi cumpleaños en Burdeos.  Me regalé un surtido de quesos, unas botellas de vino y este libro.  Los quesos duraron apenas cinco días.  El vino no llegará a Navidad.  Y el buen poso que me ha dejado este libro durará bastante más.  Y eso que Houellebecq no es ni mucho menos santo de mi devoción.  Algún libro suyo he leído, creo que “La posibilidad de una isla”, no recuerdo con exactitud.  Sé que me aburrió y fascinó a partes iguales (no necesariamente la fascinación tiene un matiz positivo, en este caso no lo tuvo).  Y como ese poso era el que me quedaba, no volví a leer nada suyo.  Hasta que mi curiosidad se vio de nuevo atraída por este libro a raíz de su reciente distinción con el premio Goncourt y por el recuerdo de su visita a la anterior edición de “La risa de Bilbao”.  En la entrevista que le hizo César Coca, Hoellebecq dudaba de la existencia de un género de literatura de humor como tal, y era más bien partidario de hablar de humor dentro de los libros.  Mencionó entonces como uno de los temas más humorísticos a su modo de entender el de la fabulación acerca de la propia muerte. La muerte del autor, narrada con detalle y deleitación morbosa, la propia muerte, he ahí un recurso humorístico, fueron sus palabras.

Toma Houellebecq como protagonista  a un pintor de éxito, Jed Martin.  Se nos va a narrar la historia de Jed desde un futuro lejano, por un narrador omnisciente, que conoce los acontecimientos que relata y los posteriores, y es capaz de engarzarlos en una relación causa – efecto que nos va a ser anticipada.  Esa ruptura de los planos temporales se acrecienta cuando en algunos pasajes tenemos la sensación de que se están escribiendo tomando como referencia párrafos de una biografía “post mortem” o extractando críticas artísticas muy posteriores al momento en que ocurren los hechos narrados, pero que se refieren a ellos o intentan ofrecer una luz sobre estos acontecimientos.  En cualquier caso, tenemos a Jed, al que acompañamos en los momentos decisivos de su vida y de su carrera pictórica.  De la primera intuimos una personalidad esquiva, huraña, poco dada a las relaciones sociales.  Recuerdo ese anterior libro con cierto desagrado en cuanto que tuve la impresión de que Houellebeq trataba a sus personajes y a sus lectores con mirada desabrida: ni pizca de empatía entre el autor y sus criaturas, ni entre ellas, ni entre lector y los personajes.  Tuve la sensación de que experimentaba con personajes y lectores como podría hacerlo un entomólogo con sus bichos: con interés pero sin emoción.  No siento lo mismo en este libro.  Jed Martin no es encantador ni magnético, pero nos muestra sus sentimientos a través de sus acciones, y el lector recoge esos sentamientos y los reelabora.  Una relación difícil y tortuosa con su familia, con su padre en particular, recorre toda la novela.  Y podría explicar (o no) las peculiares relaciones que establece con conocidos y allegados.

Sin embargo, intuyo que no es en el apartado de las relaciones sentimentales y sociales de Jed el punto crucial de la historia.  El autor ha escogido un artista plástico como protagonista, quizás porque el artista tiene la clave para reinterpretar el mundo, para mostrárnoslo tal cual es a partir de una elaboración personal, de una aprehensión particular.  De manera que en un artista se puede llegar a confundir mapa  y territorio, el símbolo y lo representado, e incluso puede conducirnos a la paradoja de que sea más importante la representación que lo representado.  Los “saltos estéticos”, las etapas de Jed Martin nos ilustran sobre nuestro mundo: de los artefactos tecnológicos fotografiados con vocación de catálogo a las imágenes manipuladas de los mapas Michelin, y de ahí a los retratos tradicionales de profesiones tradicionales a punto de desaparecer o de reconvertirse, para terminar con videoinstalaciones sobre la descomposición de objeto, sobre los efectos del tiempo.  De algún modo, ahí está la clave del libro, en esa expresión artística del mundo.

Intercalar en este relato de la vida y obra de Jed Martin el pasaje de su relación con Houellebecq hecho personaje (y haciendo de sí mismo) no es ni mucho menos un pegote, aunque el episodio de su muerte, o más bien de la investigación posterior, se me antoja un paréntesis excesivamente largo en una historia en la que Houellebecq no es protagonista.  Podría tomarse este episodio que ocupa toda la tercera parte como una historia independiente, con engarce un tanto artificioso en la nivela.  Pero es interesante, entretenido y ahonda en otro de los hilos conductores de esta novela, dejar constancia de cómo es la sociedad occidental de finales del XX y principios del XXI, tomando como ejemplo la francesa.  Se documentan ciertos temas que nos son familiares culturalmente y Houellebecq reflexiona sobre algunos fenómenos que ayudan a definir nuestra época: los medios de comunicación, internet, el artificial mundo del arte, la especulación inmobiliaria, el abaratamiento de los vuelos, la sacralización de lo típico en un mundo global  la vuelta a lo rústico adocenado, el predicamento de las guías en nuestra forma de consumir, la parcelación de marcas según colectivos, la conversión de la “vieja Europa” en parque temático para economías emergentes, la crisis económica,  la obsolescencia programada,….

Quizás equivocadamente, fruto de mi error o mis prejuicios, atribuía a Houellebecq un estilo distante y aséptico, un desprecio por los personajes y una pose de intelectualidad como barrera en sus escritos.  No es así en esta obra, que muestra una acertadísima elección de tono respecto a la acción y los personajes: distante pero no alejado, irónico pero no mordaz, desesperanzado pero no amargo, aunando escepticismo y apego por personajes más humanos y cercanos de lo que ellos mismos se consideran.

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