“Ave del paraíso” de Joyce Carol Oates (Alfaguara)

Empiezo “Ave del paraíso” cuando falta más o menos una semana para que se haga público el Nobel de Literarura de 2010. Joyce Carol Oates es desde hace varios años una firme candidata y…. una apuesta en las quinielas. Por curiosidad, sigo la cotización de los aspirantes en Ladbrokes, y en los primeros días de octubre la suya oscila entre dieciséis y dieciocho a uno, y ocupa los puestos del decimosegundo al décimo en una lista de setenta y dos aspirantes, siempre escoltada por Alice Munro. Finalmente, saltó la sorpresa (hubiese apostado por un poeta varón de lengua minoritaria) y el Nobel fue a Vargas Llosa, peor colocado en esta lista, pues nunca pasó del vigésimo puesto. Felicidades de corazón. Leí “La ciudad y los perros” con quince o dieciséis años y mis expectativas sobre la novela no volvieron a ser las mismas.

Doce días después, cierro “Ave del paraíso”. Oates vuelve a demostrar que es una magnífica fabuladora, tal y como la descubrí el “La hija del sepulturero”. El registro narrativo es sublime, apabullante, envolvente, magistral. Despacha en las primeras páginas el argumento del libro, los hechos clave. A partir de ellos, el resto de la narración no es sino una recreación de los mismos a través de los ojos de los dos protagonistas secundarios de esa trama básica, pero que van a sufrir los embates de la misma de modo que las consecuencias de los acontecimientos en sí mismos y el modo en que los vivieron en su adolescencia condicionarán irremisiblemente sus vidas.

El resumen de estre argumento puede parecer el de un folletín: adulterio, abandono, asesinato no resuelto, sospechas nunca confirmadas, atracción prohibida, ambición, deseo carnal,…. Este material es el que nutre las telenovelas de sobremesa, pero también las tragedias de Shakespeare y de Esquilo. Sólo la pericia del autor hará de estos mimbres una obra sublime o una bazofia insultante. Pues no olvidemos que los sentimientos, motivaciones y pulsiones que mueven a los personajes son las mismas en ambos casos. No creo que de forma casual Oates sitúe la acción en una pequeña ciudad de los USA llamada Sparta. Toda una declaración de intenciones: las tragedias griegas siguen representándose en nuestro siglo XXI. Los hombres algo hemos aprendido desde la Grecia clásica, pero las emociones básicas (amor, deseo sexual, venganza) siguen siendo las mismas.

Resumamos ahora ese argumento: Zoe Kruller y Ed Diehl mantienen una relación adúltera. Cuando Zoe aparece asesinada, las sospechas recaen tanto sobre su marido, Delray Kruller, como sobre su amante. Sus respectivos hijos, Aaron/Krull y Krista crecerán entre el temor de que sus padres hayan sido los culpables y la íntima necesidad de creer en su inocencia. Krista y Aaron mantienen a lo largo de los años una relación distante y obsesiva, que oscila entre la atracción sexual y el deseo de posesión y aniquilación.

Como ya he apuntado, este argumento friamente desplegado podría corresponderse al de una novela de la sección romántica o al de un culebrón venezolano. Pero la maestría en la técnica narrativa hace de “Ave del paraíso” una novela genial. En la primera parte, la mirada de Krista nos describe su visión de los acontecimientos. Una niña que adora a su padre (sí, complejo de Electra, estamos en una puesta a punto de las tragedias, se vislumbra una levísima sombra de incesto) describe la caída de este en los infiernos, y con él, la de toda su familia a raíz del asesinato de Zoe Kruller. Es la típica familia de clase trabajadora norteamericana en una ciudad pequeña: origen wasp, casa con jardín y valla, muebles heredados, padre trabajador incansable y hecho a sí mismo, madre dedicada a cuidar a sus hijos, cenas en familia, limpieza y pulcritud,… En la segunda parte, esos mismos acontecimientos marcarán a Aaron (alias Krull) y a su familia, cuya vida es el envés de la de Krista: sangre mestiza, familia desestructurada, fracaso escolar, suciedad, adicción al alcohol y a las drogas, delincuencia juvenil,… Ese contraste me trae ecos de “Cumbres borrascosas”, de Catherine y Heathcliff. Sólo en un momento ambos coinciden físicamente, episodio forzado por la obsesión y atracción fatal que Krista experimenta por Krull. La tercera parte nos lleva de la mano a la resolución del crimen y al encuentro de Krista y Krull. El descubrimiento del culpable es ya baladí, tras veinte años ambos ya están irremediablemente marcados por lo que vivieron, aunque lo sientan como una liberación, pues ambos se reafirman en sus presunciones. En este momento, Krista se resigna a caer en el fatum, se dispone a volver a repetir en su relación con Krull la desgraciada vida de Zoe y de su madre. Pero da la espalda a su destino y huye de Sparta.

Releo esta palabra, Sparta, y el sonido me lleva a figuras míticas de guerreros despiadados, mujeres brutales, reyes crueles. Tragedias. Arquetipos. Como trágicos (a la par que cotidianos) son los hechos narrados en “Ave del paraíso”. Pero no son arquetipos esos personales que me atraen, repelen, embelesan y disgustan a la vez, pues son personas de carne y hueso. Yo soy Krista, pero también su madre, y Zoe, y Jacky DeLucca, y la tía Viola, y la señorita Hare. Me cuesta más reconocerme en los personajes masculinos, pero no me resultan extraños y en cierto modo Krull tiene rasgos de adolescentes con los que yo conviví.

Como en “La hija del sepulturero”, y en menor medida en “Mamá”, Oates demuestra un inusual sentido del ritmo, del flash back y de las elipsis. Las constantes idas y venidas en el tiempo y los cambios de perspectivas de voz en el narrador no son bruscos, antes bien, te acunan, te mecen. En resumen, una bellísima historia y una magnífica escritora que demuestra que no siempre los superventas son pseudoliteratura y que los argumentos no definen ni género ni calidad.

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