“El puente de los asesinos” de Arturo Pérez-Reverte (Alfaguara)

A menudo creo que los lectores, frente a ciertos autores, se dividen en dos clases irreconciliables: los que aman/odian a Auster, Marías, Muñoz Molina, Pérez-Reverte,…  Determinados escritores suscitan sentimientos contrapuestos en ellos, y es difícil que cualquiera de los citados deje frío a un lector.  “Se es” de Muñoz Molina o te parece un tostón insufrible.  No hay término medio.  Te angustian los párrafos largos y los recovecos narrativos de Marías o los defines como una espiral perfecta de narración.  En el caso de Pérez-Reverte, a esta imposibilidad metafísica de indiferencia literaria se une su carácter de personaje público, con exposición semanal en una columna en la que busca descaradamente crear polémica, diríamos que muta en un alter ego cuyo objetivo es golpear a nuestro estómago sin dejar de dirigirse a nuestro intelecto.  Y la dualidad se multiplica en tanto que en su obra va alternando novelas de diversa temática con las pertenecientes a la serie de Las aventuras del Capitán Alatriste.

Venga, voy a confesarme.  “Yo soy muy de Reverte”.  Me gusta el tono canalla y chulesco de su columna semanal, y aunque no siempre comparta su opinión, su “fondo”, me divierte leer sus desmelenes, me reconozco en su tono a veces irónico a veces desmesurado, me regocijan sus formas, su descaro, su total impudicia y su apego por  llamar a las cosas por su nombre (aunque en ocasiones yo le daría otro).  Y en cuanto a su obra literaria, como mínimo me parece honesta.  Creo que es un hábil narrador de historias y crea unos personajes sólidos, aunque en mi opinión no logra una línea homogénea en cuanto a calidad.  Ambienta con maestría, y, sin embargo, no me siento apabullada con despliegues de datos, referencias históricas y sociales,…  la documentación queda soterrada, implícita, pero hace que me sienta segura de que cada detalle, cada apunte que se incorpora a la acción tiene una sólida fundamentación.

Este “El puente de los asesinos” es ya la séptima entrega de las correrías del  capitán Alatriste.  A estas alturas de la serie, pocas sorpresas puede darnos ya Reverte.  El personaje es ya un viejo conocido del lector, sabemos de sus orígenes, aventuras y motivaciones, así como los de su fiel compañero y presunto narrador de los episodios biográficos tanto suyos como del capitán.  Y, por añadidura, ya no puedo imaginarme a Alatriste sino con los rasgos de Viggo Mortensen (aunque a veces se me fundan Alatriste  con Aragorn y viceversa).  No se trata ya de descubrir sus resortes psicológicos.  Ya sabemos qué y a quién nos vamos a encontrar.  Aventuras en una época tan gloriosa como cruel y personajes de diverso jaez y casi siempre complicados dentro de la simplicidad de sus impulsos vitales.  Y yo seguiré leyendo a Alatriste por el placer de tener entre manos una buena aventura de capa y espada, por el gusto de volver a oír los ecos de las palabras y giros del Siglo de Oro, por el placer de encontrarme a Quevedo como poeta y conspirador interesado, porque sé que voy a sumergirme de la mano de un autor sólido en un época oscura, terrible y bella.  Porque Alatriste es una lección de historia de España en la que olemos el sudor y nos manchamos con la sangre de unos soldados míseros y despiadados, más allá de que también se nos muestre el tablero de operaciones.  Pero sobre todo, porque me entretiene, y me hace recordar que eso es leer: dejarte llevar por las andanzas de unos personajes de carne y hueso en una trama con visos de verosimilitud y enfrascarte en sus acciones y en sus emociones.  Todo lo demás, adorno y palabrería.

“Años lentos” de Fernando Aramburu (Tusquets)

Supongo que es inevitable.  Cuando se elige un libro de entre los cientos, incluso miles, que están a nuestro alcance,  la mayoría de las veces es porque algo sabemos de él.  A veces es porque el autor está entre nuestros favoritos, otras veces nos lo recomienda un amigo o alguna crítica de cuyo autor nos fiamos, otras por la publicidad que rodea su lanzamiento.  En este caso se entremezclan todas estas razones.  Fernando Aramburu es desde hace algunos años, un escritor al que sigo con curiosidad, cariño y admiración, y esta vez no ha pasado inadvertido el lanzamiento de su última obra (como creo que sucedió con “Viaje con Clara por Alemania” y “El vigilante del fiordo”).  Este “Años lentos” viene acompañado con el anuncio de ser una novela sobre el terrorismo de ETA, sobre el adoctrinamiento de un sector de la población vasca a cargo de ciertos miembros del clero.

Y difiero.  A mi modo de ver, y aunque la técnica de relato usada por Aramburu parece empujarnos a pensar que el protagonista de la historia es Julen, el militante etarra, y que la función del narrador no es sino la de ser testigo privilegiado de la vida de su primo, yo tengo la sensación de que no es así, de que esta postura es un trampantojo: el narrador no cuenta la peripecia de Julen, cuenta la suya propia, y aunque al que se presenta como autor parezca interesarse solo los datos biográficos de Julen, lo cierto es que aprovechando la añagaza de la confesión escrita del “navarro de los cojones”, es de los años lentos de la infancia del niño de lo que nosotros somos testigos.

Conocemos las andanzas de Julen a través del niño que fue su primo, y de lo que el posterior adulto aporta por conocimiento  o suposición.  Pero, sinceramente, tanto se me da que Julen estuviese militando en ETA o que formase parte de una banda de atracadores.  La pertenencia a ETA añade cierto color a la historia, la dota de verosimilitud en la circunstancia espacio-temporal, pero, repito, a mi modo de ver no es Julen el protagonista.  Quizás porque me parece un personaje excesivamente simple, plano, demasiado pazguato.  O tal vez es que los jóvenes en los que está inspirado este personaje así lo fueron.  Como un poco acartonado me parece don Victoriano, el cura.

Sin embargo, el resto de figuras que dan vida a esta novela me parecen pura carne.  Empezando por el niño, del que desconocemos el nombre (no así los apellidos) y que se nos presenta como un nuevo Lazarillo, contándonos su infancia desafortunada desde una madurez mucho más acomodada.  No nos la cuenta a nosotros, en realidad se la está narrando a un escritor, un tal Aramburu, con el que le unieron lejanos lazos de vecindad.  Y sabiendo que no es él el foco de atención, que es su primo Julen el titular de la curiosidad del novelista.  Que el niño es el protagonista de la novela lo tengo claro desde el momento en el que en mi ejemplar de “Años lentos” se incluye el librillo “Un niño en San Sebastián”, en el que, esta vez sí, Aramburu nos hace partícipes de los años lentos de su infancia y preadolescencia en Ibaeta.  Una década separa su nacimiento del mío, pero nuestras infancias aún compartieron calle, pandillas numerosas, juegos bárbaros, escasa vigilancia materna y limitados recursos económicos.  Como la del niño protagonista, pobre “huérfano” acogido por unos tíos huraños, parcos en palabras.  El personaje del tío Vicente es de los más fascinantes de los construidos por Aramburu.  Cobarde, débil, antipático.  Y sin embargo, vemos toda su conmovedora humanidad en el amor que profesa a su nieta deficiente, en la angustia por la huida de su hijo.  Pura contradicción, pura carne.  ¡Y qué decir de la tía Maripuy, tan cariñosa, tan luchadora, pero tan esclava de las convenciones sociales, tan preocupada por las apariencias, tan vigilante de los suyos!  Una mujer de su época, por desgracia, una época tan triste y tan lenta para ella.  Y Mari Nieves, la prima, la fresca del barrio, la víctima de una sociedad que sacralizaba y despreciaba el sexo de las mujeres.  Entre estos personajes, de los que sentimos el pálpito e incluso olemos el sudor, otros dos: el primo Julen y el cura.  Más estereotipados, un tanto rígidos, no me desconciertan, no me estremecen o indignan como el resto.  Quizás porque el autor conoce bien a los primeros, sus mecanismos de sentimiento y acción les son familiares, y no tanto los de estos.  Que son más bien un cliché, cuyos resortes de pensamiento le son ajenos a Aramburu y por tanto los ha construido de oídas.  Eso sí, nos dejan escenas impagables, como la de la subida al monte, entre lo risible y lo escalofriante.  Obviamente, esto es solo una opinión personal, y como tal la reflejo.  Julen no es sino un tonto con mala suerte, un chuleta que me trae ecos del protagonista de “El trompetista de Utopía”, un fanfarrón con nulo sentido crítico del que un cura de manual se aprovecha para adoctrinarle en la causa terrorista.

Construcción de personajes aparte, la novela llama la atención por su técnica y estructura.  Aramburu se esconde y se muestra en un engaño ingenioso.  Se alterna el relato autobiográfico del niño, con referencias expresas al sentido y destinatario de la narración con los apuntes del escritor al que va dirigido este escrito sobre la manera en que va a manipular y dar forma literaria a ese material.  Aparece en estos apuntes, este esqueleto de la posterior novela, el Aramburu que tanto me hace reír, el Aramburu socarrón, incluso cínico, que se burla de sí mismo como escritor, tal y como se deja ver en “Viaje con Clara por Alemania”, y que nos recuerda a los no iniciados que la escritura es más un oficio que un arte, que los capítulos no salen de un tirón y que hay más de técnica que de inspiración en cada párrafo y línea.

Y puesto que lo más sustancial del episodio no lo escribe el novelista sino el protagonista real, y lo aportado por el autor no es más que una ficción descarada y a la vista de todos, y, para más inri, solo bosquejada, sin concluir, ¿dónde queda el mérito del autor?  ¿a quién vamos a reclamar si algo no nos gusta? ¿al protagonista, que bastante tiene con contarnos sus tristes años lentos para además hacerlo bien?  ¿al escritor, que no hace más que cedernos el material original y un boceto inconcluso?  Aramburu, Aramburu, lo que es a mí, puede seguir tomándome el pelo de esta manera cuantas veces estime oportuno.  Porque de nuevo, y a pesar de mis observaciones sobre el pseudoprotagonista, me parece un relato muy acertado sobre la infancia, sobre sus miedos, sobre la recreación posterior que hacemos de ella, sobre cómo vamos construyendo desde niños las convenciones sociales, los modos de pensar y de comportarse de la época, los engranajes de las relaciones familiares y sociales.  Y sobre cómo de niños no siempre comprendemos lo que vivimos, pero a la larga lo hacemos.  En esta novela es también importante el trasfondo social y político que se bosqueja, el complicado entramado, el mantillo que hizo posible la aparición de ETA.  Aunque no sea esta una novela sobre tan espinoso asunto.

“El año de la liebre” de Arto Paasilinna (Anagrama)

No suelen ser muy habituales en los anaqueles de nuestras librerías los autores nórdicos, excepción hecha, obviamente, de los pertenecientes al boom de la novela negra que nos invaden con desigual fortuna y calidad desde hace cuatro o cinco años.  Sin embargo, otro título de Paasilinna conoció cierto éxito hacia 2007 tras su traducción al castellano, “Delicioso suicidio en grupo”.  Yo lo leí entonces, y aunque mi recuerdo no lo califica de obra maestra ni me dejó impronta digna de ser reseñada, guardaba un regusto agradable, remembranzas de un fino sentido del humor, situaciones entre jocosas y absurdas, una rocambolesca y estrambótica anécdota bien contada, aunque sin mayor trascendencia.  Y ese recuerdo amable me impulsó a la lectura de este “El año de la liebre”.

Han pasado ya más de quince días desde que lo terminé y de nuevo me surge el pesar de tener la sensación de haberme perdido algo, de que se me han escurrido detalles de importancia mientras pasaba las hojas.  No es que este libro contenga arcanos que me están vedados o que no alcanzo a comprender.  Remedando la película de Sofía Coppola, tengo la sensación de estar “lost in translation”, y desde luego no en un sentido literal (obviamente mis conocimientos de finés no alcanzan para saber si la traducción de Ursula Ojanen y Juan Carlos Suñen es o no acertada, es más, no dudo de que lo sea).  Pero lo cierto que el contexto en el que se enmarca la peripecia del protagonista me es ajeno.  Las costumbres, los usos sociales, las relaciones laborales,… me desconciertan y me alejan de lo que, en el fondo, constituye el cogollo de la historia.

Porque, cómo no, estamos hablando de la vida de un hombre y su particular huida hacia adelante, su fuga de sí mismo.  Asistimos a un episodio en apariencia anodino en el que un mecanismo en su cerebro o en su corazón de desconecta (o quizás se activa) y Vatanen inicia una peregrinación.  Pero no solo.  Le acompaña una liebre silvestre.  Un animal al que ha atropellado y que a partir de ese momento se convierte en su compañero de andanzas, de idas y venidas a lo largo de una Finlandia que se despliega ante nuestros ojos como un paraíso natural, puro escenario salvaje a merced de la meteorología adversa y en el que el hombre no puede sobrevivir sino fiándose de sus manos y de su fuerza.  Vatanen se conjura para olvidar toda su vida anterior, va desprendiéndose de todos sus referentes y su único objetivo vital será procurar a su liebre, cobijo, alimento y tranquilidad.  En esta búsqueda, a ratos esperpéntica y la mayoría de las veces desquiciada, asistimos a la individualidad, a la búsqueda de uno mismo como un empeño placentero, ágil, pues a pesar de las incomodidades de la vida dura en el campo, el peregrinaje a través de ciudades, trabajos penosos e itinerarios imposibles, sabemos que Vatanen es feliz.  Hay un trasfondo franciscano en esta peripecia, tanto en el arraigo en la naturaleza y el respeto por sus ciclos y mecanismos, como en el pensamiento de que no hay que preocuparse en exceso por las cosas materiales: la misma naturaleza nos procurará sustento y cobijo.  Es decir, podríamos hablar de esta novela como de un road book ecológico, y todo esto en 1974, año de su publicación en Finlandia (aunque su traducción no llegue a España hasta 2011).
Es una novela ágil, ligera, que se lee con gusto.  Pero vuelvo a esa disonancia, no sé si cultural o temporal, que me deja al terminar de leerla.  Aunque empatizo con el protagonista, me resulte simpática su relación con la liebre (reveladora eso sí, de cierta misoginia) y me divierta con los casi surrealistas y descacharrantes episodios que se van engarzando por la Finlandia rural y casi virgen, el marco me chirría, creo no entenderlo por completo.  Aunque debo añadir que me ha entretenido este vagar sin rumbo ni objetivo; esa felicidad simple que nace de estar a gusto con uno mismo día a día, sin buscar una trascendencia o un mañana; esa sensación de libertad rayana en la anarquía que invade la vida de Vatanen; esa comunión respetuosa con la naturaleza; esa necesidad de vuelta a lo básico y lo esencial.

“Nada del otro mundo” de Antonio Muñoz Molina (Seix Barrall)

Cada vez estoy más vaga, o tengo menos tiempo, o las dos cosas a la vez.  De resultas de estos y otros factores, se me ha acumulado el resumen de tres libros leídos entre enero y finales de febrero, el primero de ellos este “Nada del otro mundo”.

Cada vez me gustan más los libros de relatos.  Quizás porque se acomodan mejor que los libros de gran formato a la lectura a trancas y barrancas, sin sosiego ni continuidad a la que en los últimos meses me he visto abocada.  Sin embargo, cuantos más libros de cuentos leo, más me reafirmo en la impresión de que es muy difícil, por no decir imposible y salvo contadísimas excepciones (se me ocurre Alice Munro) encontrar uno redondo, en el que todos los relatos mantengan un alto nivel, atrapen el interés y mantengan la curiosidad en similar medida.  Y este “Nada del otro mundo” no es una excepción.  Quizás porque Antonio Muñoz Molina se desenvuelve mejor en textos más largos, su estilo requiere cierta morosidad, cierto regodeo, un ir y venir sobre el mimo acontecimiento, la indagación pormenorizada sobre el recoveco de cada personaje y circunstancia.  Y esta querencia no es la más compatible con el formato del relato corto.  Y por ello confieso que me gusta más el Muñoz Molina novelista que el cuentista.

Sin embargo, la maestría del grandísimo escritor que es Muñoz Molina se deja traslucir incluso en sus obras (a mi juicio) más imperfectas.  Y por eso los relatos que componen este volumen son más que correctos.  Algunos brillantes, como el que encabeza la selección y da título a la obra.  El relato nos va envolviendo, y de una narración de tono costumbrista en la que se podría adivinar algún tinte autobiográfico pasamos a un ambiente fantasmagórico, espectral, con un toque Poe, no sé si como homenaje o como parodia del género de terror.  Claro que para conseguir este escalofrío e incertidumbre en el lector, Muñoz Molina ha necesitado más de setenta páginas, extensión más cercana a la novela corta que al cuento.  Esta atmósfera cercana a Poe está presente también el “El cuarto del fantasma”, eso sí, esta vez con más peso de la parodia del género que del homenaje.

En los relatos que lo acompañan Muñoz Molina sigue explotando la creación de atmósferas engañosas, escenarios cotidianos y anodinos en los que un detalle se rebela y marca la diferencia de lo ordinario y lo fantástico o lo escalofriante, como “Las aguas del olvido”.  Otras veces la mirada curiosa de un testigo construye una historia a partir de una anécdota, de un trazo que nos lleva a figurar algo previsible, pero que al final desemboca en un equívoco con final cruel.  Pero, ¿quién no ha fantaseado sobre la vida de personas con las que coincide casualmente en un autobús o en el supermercado, quien no se ha sentado en la terraza de un café y no ha fabulado sobre  los viandantes?  Otras historias nos muestran el peculiar sentido del humor de Muñoz Molina, que no siempre podemos entrever en su obra literaria pero sí es patente en entrevistas.  Así lo comprobamos en “Las otras vidas” o en la genial “Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad”, que debiera hacernos reflexionar sobre el uso ritual e indiscriminado de ciertas expresiones ya convertidas en cliché.  En otras ocasiones se inclina por el relato negro, “El miedo de los niños”, “La gentileza de los desconocidos”,…

Resumiría esta colección de relatos como irregular, en ocasiones con muestras originales y en otras más previsibles y con caminos trillados.  Entiendo que el magistral novelista que es Antonio Muñoz Molina no se siente muy cómodo en el traje de los cuentos, intuyo que le incomodan sus hechuras constreñidas y que está más habituado a uno de más amplias medidas.  Sin embargo, en este particularísimo juicio tengo la impresión de no estar opinando tanto a partir de lo leído como de las expectativas que me creo al leer en la portada el nombre del autor.  De Muñoz Molina espero lo excelso, lo sublime, lo único.  Y si “solo” encuentro un  resultado correcto, no lo juzgo como tal y lo minusvaloro.  Admito que no es una conducta justa para un autor honesto, que en el prólogo y el epílogo deja traslucir que concibe la escritura de estos relatos como un divertimento, un entretenimiento.  Y que, como yo, añora otros tiempos en que periódicos y revistas encargaban relatos a escritores, pues sus editores aún creían que a la gente que leía periódicos le gustaba leer.

“Un centímetro de mar” de Ignacio Ferrando (Alberdania)

Es curioso cómo un paisaje que a priori causa agorafobia, el mar abierto, con su horizonte infinito y su quietud tranquilizadora, con la plenitud del cielo sobre nuestras cabezas, se convierte, al situar sobre él un barco con su tripulación a bordo, en el más claustrofóbico y desasosegante de los escenarios.  Sin que permita escapatoria alguna a los personajes alucinados que deambulan de popa a proa, obligándoles a una convivencia estrecha, a relacionarse manejando información del otro sobre su vida en tierra, pero con claves de comportamiento que alejan esta vida de la que tiene lugar en el barco y que se van fraguando al albur de las corrientes, los vientos y la tormenta.
Este es un tema bien retratado en la narrativa moderna, el de un grupo de personajes aislados en un medio hostil, con objetivos no siempre afines pero obligados a una precaria sintonía.  En este acaso añadimos otro tópico, el de la pareja enfrentada y hasta cierto punto complementaria, el protagonista y el antagonista.  Es Quijote y Sancho, Carmen y Mario, Sherlock Holmes y Watson,…  La literatura está poblada de estos binomios que tan bien reflejan la dualidad del alma humana, su doble naturaleza.  Berdaitz y Kölher se ajustan en cierta manera a este tópico.  Enfrentados y aliados, con un objetivo común y motivaciones opuestas, con alternancia en su relación de sumisión – superioridad.  A su alrededor, un coro de personajes de rostro más bien indefinido y uniforme, que actúa como antagonista, como opositor y confrontador de la acción.
De Berdaitz sabemos mucho, casi todo.  Una vida marcada por el abandono, la desaparición y la culpa, definida por el remordimiento y por la imposibilidad del olvido.  De todo se siente culpable: del abandono de su padre, de la muerte de su hermano, de la tristeza de su madre, de la huida de Norma.  Hasta del desapego de su tripulación.  Se nos retrata cada extremo decisivo de su biografía.  Un narrador omnisciente va intercalando los episodios de esa vida pasada con el discurso lineal de la alucinada travesía en el mar del Norte, y en otras ocasiones es Berdaitz quien va desgranando sus recuerdos, sugeridos por los episodios de la acción.  En contraste, poco conocemos de Kölher, el alemán, el extraño que viaja con misteriosa tecnología y que aparece en puerto con su descabellado plan de búsqueda.  Otro tema universal, el de la búsqueda.  Desde la Odisea a La isla del tesoro (imposible no citar ahora a Moby Dick), la literatura suele ser una cuestión de búsqueda, de hallazgos y decepciones, de ir en pos de objetos y de objetivos.  Kölher busca un centímetro de mar, con unas coordenadas concretas pero no precisadas en el momento de zarpar.  Puede parecer una quimera, pero los argumentos que ofrece tienen la aureola de lo científico y de lo racional.  Al menos se asemejan.  Poco sabemos de sus motivaciones en esa búsqueda, de su pasado.  Unas pinceladas gruesas bien avanzada la acción nos permiten entrever a un rico obsesivo.  Para a continuación comprender que no es el logro lo que motiva a Kölher, sino la búsqueda en sí misma, que es inasequible al desaliento y que en el camino de ese improbable e inalcanzable centímetro encuentra el sentido de su vida.  Sin importarle que cada expedición desencadene la tragedia y la muerte.  Quizás porque sabe que una sucesión fatal e incontrolable de circunstancias y condicionamientos no siempre provocadas directamente por él son las que, a la postre, llevan a la muerte a sus guías y acompañantes, y no su intervención directa.  Y eso es lo que le sucede a Berdaitz.  A fin de cuentas, todo lo que había vivido, cada acontecimiento pasado le lleva a este fin, sin que podamos culpar a Kölher de su final.
Una novela singular, “Un centímetro de mar”, con un tono épico propio más bien de la literatura del XIX, con personajes que regresan al esquema héroe/antihéroe, y una circunstancia atemporal, pues sería difícil datar la época precisa en la que se sitúa la acción más allá de ciertos detalles tecnológicos y de referencias a los problemas de la pesca, referencias secundarias y sin incidencia en la acción, que podríamos situar incluso siglos atrás del final del XX al que cabe atribuirla.
Y sin embargo, a pesar de que el planteamiento es prometedor y la oposición entre los personajes y sus motivaciones pueda parecer a priori atractiva, no termina de parecerme redondo el resultado.  Quizás sobra melodrama en la historia de Berdaitz, quizás hay efectismo en el descubrimiento del secreto de Kölher, quizás no esté bien resuelto el protagonismo coral de la tripulación, quizás sea aparatoso el final.  En cualquier caso, opino que hay cierto abuso del vocabulario marinero, si bien es de justicia añadir que se puede seguir el hilo argumental sin acudir al diccionario

“1Q84. Libro 3″ de Haruki Murakami (Círculo de Lectores)

No añado en esta reflexión mucho más a lo ya confesado acerca de la lectura de las dos primeras partes. Dejando a una lado las peripecias de la trama y su avance (el acercamiento entre Aomame y Tengo, la irrupción del investigador, la estancia en el “pueblo de los gatos” de Tengo,… ) no se me ocurre nada nuevo con lo que ilustrar mis observaciones.  Quizás la originalidad de la investigación de Ushikawa, cuyo fino olfato le pone sobre la pista de Aomame…. contraviniendo toda la lógica de la deducción, tirando de hilos completamente casuales y sin relación aparente, y que incluso los protagonistas ignoran.  También me ha emocionado otro detalle de los mundos paralelos: en 1Q84, Aomame y Ushikawa son reconvenidos por un cobrador del impuesto de la televisión estatal que aporrea sus puertas, mientras que en 1984, a miles de kilómetros de distancia, el padre de Tengo, agonizando y en coma, hace ademán de llamar a una puerta con sus nudillos inermes.
Me gustan las historias fantásticas y no suele ser este un género muy frecuentado por los escritores contemporáneos.  Menudean los cuentos, pero no así las novelas (se me viene a la cabeza “El hermano de las moscas” de Jon Bilbao).  Me temo subyace un prejuicio acerca de su consideración como subgénero, como algo poco serio.  No son los géneros los que son más o menos serios, más o menos académicos, más o menos aceptables.  Son los libros los acreedores de tales calificativos.
Y la trilogía “1Q84” lo es.  Quizás le sobran páginas, quizás esta tercera parte pierde el ritmo que caracterizó a las dos primeras.  Pero, en conjunto, es una agradable sorpresa.

“Dos crímenes” de Jorge Ibargüengoitia (RBA)

A menudo llega a olvidarse que la novela como genero persigue como objetivo final contar una historia, y distinguirá una crónica de hechos de una obra literaria la manera en que esta historia está contada: la técnica, la novedad en el tratamiento de los personajes, la audacia en el uso del lenguaje,… El autor se luce en este ejercicio estilístico y encuentra en él un peculiar sello de narrar. A un lector bien entrenado o a un crítico no les será difícil distinguir a un autor de otro por estas peculiares marcas.
Sin embargo, no son estos artificios los que nos llevan a acordarnos de los buenos libros leídos, salvo que sean de entidad o revolucionarios, o nos identifiquemos de alguna manera con el peculiar sello de un escritor.
Yo me rindo ante historias bien contadas, con honestidad, donde entienda que lo fundamental es el despliegue de unos hechos, y que la trama no es una excusa para el lucimiento del autor, entendiendo lucimiento como una manera tramposa de apabullar al lector con despliegue de datos, de acontecimientos históricos o biográficos, o con el manejo de técnicas narrativas impactantes y deslumbrantes concebidas no como un medio, sino como un fin en sí mismas. A mi entender, los buenos escritores son capaces de aunar el ofrecimiento de una historia interesante con el de una técnica eficaz a la par que transparente (siquiera aparentemente).
No conocía a Jorge Ibargüengoitia. Cuando Óscar Esquivias me recomendó la lectura de este libro supuse que era un joven escritor vasco. Obviamente estaba equivocada. Jorge Ibargüengoitia poco tenía ya de joven al escribir este libro a los cuarenta y seis años, pero si era joven para morir nueve años mas tarde en el accidente de Avianca en Madrid en el 83. Y tampoco andaba atinada con su nacionalidad, pues era mexicano.
En cualquier caso, la historia que tenemos entre manos es la historia de una mentira que provocara sucesivas mentiras, toda una sarta de engaños e imposturas en el intento del protagonista de no retroceder y no desdecirse en su huida hacia adelante.
Una mentira tapa una verdad poco conveniente, pero pronto es preciso tejer una red de engaños y simulaciones para mantener y sustentar la primera, y este juego continua, se enrosca y gira sobre el primer engaño, que ya no solo atañe a farsante y “panoli”, sino que se ve involucrada toda una pintoresca familia cuyo objetivo es claro, inequívoco y expreso: impedir que el intruso herede. En primera persona, ese tramposo nos va haciendo participes de sus vicisitudes, hasta que llega un momento en la narración en el que cambia el punto de vista y es un amigo del presunto engañado quien toma la riendas del discurso y reconstruye los acontecimientos ya conocidos en un ingenioso juego de espejos que nos permite darnos cuenta de que el “tolay” no era tal, aunque a la postre resulte ser protagonista del primero de los crímenes a los que alude el titulo, y de que dl timador no resulto tan hábil en el manejo de su fraude, que ahora se nos antoja torpe y desmañado.  Que al final los acontecimientos tomen un rumbo inesperado y que sean numerosos los flecos que puedan quedar en la resolución del primer crimen (no hay que olvidar que esta no es una novela policiaca del estilo de las de Agatha Christie) no resta ni un ápice a la maravillosa sensación de plenitud, de goce y de redondez cuando se termina la novela, trufada siempre de un peculiar sentido del humor, un recurso atinado a la ironía, con escenas que se inscriben entre lo esperpéntico y lo surrealista, con un protagonista que se nos hace simpático a pesar (o quizás debido a) sus continuas meteduras de pata, trasunto de todo un género representativo de la literatura castellana, todo un pícaro, un Lázaro, un buscón en una trama detectivesca.
En suma, un hermoso libro con una historia original aunque se nos haga familiar, y que me atrapó en los primeros días de diciembre de 2011. Que no haya resumido mis impresiones hasta este mediado enero, no obedece sino a mi pereza.

“Rusia imaginada. Diez viajes por el paisaje ruso”. Edición de Care Santos. Nevsky Prospects

Digo Rusia.  Y mis ojos se cierran ante la deslumbrante blancura de la estepa siberiana que será ya para siempre el nevado páramo soriano de “Doctor Zhivago”.  Digo Rusia.  Y esos mismos ojos quedan velados por las lágrimas de Miguel Strogoff cuando una espada incandescente iba a cegarle para siempre.  Digo Rusia.  Y el estruendo de la caballería cosaca no deja que mi voz se proyecte más allá de mis emocionados labios mojados en vodka.  Digo Rusia, y las cúpulas del Kremlin brillan como pálido reflejo de los salones dorados y las joyas de las zarinas.  Digo Rusia, y con el eco de estas sílabas se me aparecen todos los brillantes novelistas que escribieron en los extraños y  evocadores caracteres cirílicos.  Y sufro el tormento de Raskolnikov, y me enamoro de Vronsky, y soy un cosaco enfervorecido por Taras Bulba.  Y se mezclan Catalina y  Pedro el Grande con Iván el terrible y con Rasputin, Lenin con Stalin y Gorvachov, los húsares con los bolcheviques, los rojos con los blancos, Chagall con los iconos y las matrioskas, las bailarinas del Bolshoi y los francotiradores de Stalingrado…  Es curioso todo lo que conocemos siquiera superficialmente de Rusia, el carácter evocador y romántico de su cultura, su geografía, su historia.  De su mito y su realidad.  Un país tan grande, antaño tan poderoso y desconocido, hoy tan rico, tan contradictorio y tan determinante política y culturalmente….

Oigo en la radio que se clausura estos días el año dual Rusia – España, y este libro es una magnífica contribución a este acontecimiento cultural.  Care Santos ha reunido a un variopinto ramillete de cuentistas españoles contemporáneos con un encargo singular: fabular acerca de un paisaje desconocido para ellos, el ruso.  Pero en ese adjetivo está la trampa.  ¿Nos es desconocido, literariamente hablando, el paisaje ruso?  ¿No tenemos en nuestra retina, en nuestra imaginación y en nuestra memoria falsos recuerdos e imágenes prestadas de Moscú, de la estepa rusa, de Siberia, del Volga y el Transiberiano?  ¿No son estas imágenes más reales que las que yo pueda tener, pongamos por caso, de la huerta murciana o Barcelona, realidades más cercanas pero para mí más extrañas?

Y con esta ambivalencia entre lejanía y conocimiento trabajan estos diez escritores.  Unos ambientarán su historia en un paisaje geográfico concreto y remoto, otros en un escenario histórico, otros aprovecharán circunstancias sociales determinadas, alguno recreará un hecho cultural o literario,…  pero todos contribuyen a mitificar esa Rusia entre la leyenda y la historia, entre la desolación y el abandono, entre la resistencia y la huida, entre el heroísmo y la mediocridad.  Y este paisaje ruso, convertido más que nunca en un escenario literario, trasciende su realidad concreta y adquiere la patina de lo simbólico y lo universal.

Me parece muy acertada esta idea del encargo de relatos con una temática o un pretexto común, pues nos da una pincelada del músculo del panorama literario.  Los diez relatos no pueden ser más variopintos en su técnica, su tono y su pretexto inspirador.  Y, obviamente, no todos impactarán en el lector de la misma manera.  Coincido con la editora cuando afirma que “hay palabras capaces de despertar la imaginación de un muerto: Vladivostok y transiberiano son dos de ellas” y aquellos relatos que engarzan con nuestros conocimientos y obsesiones (curiosamente esas dos palabras son unas de las mías) nos serán más gratos y accesibles.  Sin embargo, por su técnica y el ambiente creado, otros de escenario o pretexto desconocido van a equipararse a los primeros en cuanto a preferencias.

Sé que es injusto querer subrayar en una obra colectiva  unos escritores sobre otros.  Y sin que mostrar mis preferencias pueda interpretarse como demérito de los no citados, me decanto por el sobrecogedor relato con tintes góticos de la Rusia post comunista de Jon Bilbao, las alucinantes piscifactorías radioactivas de Daniel Sánchez Pardos, la recreación ruso – shakesperiana de Óscar Esquivias, el extravagante periplo siberiano de Esther García Llovet y la transcripción de unos hechos que cambiaron la historia de Rusia y del mundo de Espido Freire.

Y no puedo dejar de hacer notar la belleza de la edición, con una magnífica ilustración de portada en la que las cúpulas de las iglesias ortodoxas se funden con la estrella roja, con un diseño gráfico que recuerda tanto a Kandinsky como a los carteles soviéticos, y con unas acertadísimas portadillas en blanco y negro para cada uno de los cuentos.  Ahora que los lectores nos estamos planteando (si es que no lo hemos hecho ya) el paso al libro digital, sólo encontrar un valor estético añadido en el libro considerado como objeto puede hacer que nos decantemos por el formato tradicional, que algunos tildan ya de obsoleto,  que yo me resisto, cada vez con menos convicción, a abandonar.

 

“Caligrafía de los sueños” de Juan Marsé (Círculo de Lectores por cortesía del autor)

Mi madre acaba de regalarme una colcha de patchwork.  No me resisto a comentarlo porque me ha hecho mucha ilusión y se lo agradezco infinito.  Sé que le ha costado mucho trabajo y que ha puesto mucho esmero, paciencia y buen hacer, mucho empeño para que quedase perfecta.  Y ese ha sido el resultado, por más que ella se empeñe en mostrarme una y otra vez dónde están los fallos, las puntadas que no cuadraron, las piezas que no guardan perfecta simetría.

Reflexionando tras la lectura de “Caligrafía de los sueños”, la analogía con mi manta de patchwork se me viene a la cabeza una y otra vez.  Las piezas de la labor tienen sentido en sí mismas, son bellas y armoniosas, ni colores ni motivos son extravagantes, guardan armonía tanto dentro de cada pieza como en el conjunto.  Las piezas se unen con cuidado, buscando simetría y estudiando la colocación, que no es baladí, pues a veces se busca continuar una gama de color y otras se persigue el contraste, y una pieza solo alcanza su sentido cuando está inmersa en el dibujo general.  Voy leyendo de esta manera cada capítulo.  Y me doy cuenta de que cada uno es un relato en sí mismo, podría tener sentido completo y no precisar de continuación.  Está dotado de sentido y de belleza, una belleza teñida de poesía y de nostalgia, pero alcanza pleno significado y complejidad cuando se contempla dentro del conjunto.

Un narrador va desgranando los antecedentes y consecuencias de un episodio acaecido en los suburbios de la Barcelona de posguerra y que protagoniza la señora Mir, una cuarentona pizpireta.  La mirada del autor va narrando una anécdota sentimental protagonizada por Victoria Mir y por el enigmático Alonso.  Pero no son los actores de esta trama los verdaderos protagonistas de la novela, sino el joven Ringo, testigo privilegiado de los hechos y con un papel circunstancial en ellos.

Me gustan los protagonistas adolescentes.  Nos muestran su personalidad en ciernes, a punto de consolidarse, son siempre una promesa de sí mismos.  Y así es Ringo, voraz lector de aventuras de héroes de una pieza en escenarios lejanos y exóticos, aventuras que le ayudan a huir de una realidad oscura y sobrecogedora: miseria moral, pobreza, humillación, una vida dura que no tiene visos de mejora, un entorno hostil.  Y en ese medio encuentra su peculiar vía de escape: primero la lectura, en paralelo la invención y dramatización de aventuras estrafalarias y llenas de acción, para luego encaminarse a la escritura, con una visión poética de lo cotidiano.

Desde los cristales velados con vaho del bar Rosales la vida pasa ante los ojos de Ringo.  Y cuando levanta la vista de las páginas de su libro, una realidad que no llega a ser novelesca, pero que no está exenta de tragedia, se despliega ante su mirada.  Contempla las idas y venidas de la señora Mir, de su hija Violeta, de sus amigos, incluso de sus padres, que guardan un misterio y un secreto en su presente y su pasado.

Sueña el joven Ringo, con otra vida mejor y otra ciudad más acogedora, y recoge sus sueños en una caligrafía minuciosa y observadora, porque entiende que solo novelando lo conocido podrá llegar a trascender y superar un presente poco prometedor.  El joven Ringo es capaz de descubrir poesía y de imaginar a partir de elementos sin sentido en un paisaje cotidiano.  Pero sospecho que hablando de Ringo estamos hablando del joven Marsé.  Creo que esta vez no se esconde.  Y hay muchas cosas de Marsé en este joven Ringo.  Desde la pirueta del destino que le colocó en su familia hasta su orígenes humildes, su s lecturas juveniles plagadas de héroes y aventuras, su amor por el cine (compartido con toda su generación), sus primeros trabajos,…. Todo acerca a Marsé a Ringo, y viceversa.  Y quizás quiera recordar Marsé a ese muchacho al que la vida aún no había determinado, cuando todo podía aún suceder, y las circunstancias y la lógica hubieran podido truncar esos sueños de adolescente, y toda esa cuidadosa y sentida caligrafía hubiesen podido perderse por el desagüe de la realidad, como se coló por la alcantarilla la carta fatal en torno a la que se desarrolla la trama de la señora Mir.

Vuelve a dar en la tecla Marsé, pegado a la realidad, a la suya, con unos personajes que son héroes, aunque no a la manera clásica, que mantienen su dignidad y su pasión por la vida aun en condiciones siniestras.  Se nota que Marsé habla de lo que conoce, de personas de carne y hueso, que existieron o que hubiesen podido existir, a las que cubre con el piadoso halo de la poesía.  Eso es lo que más me atrae del libro, su mirada poética, el lirismo en ciertas descripciones y pasajes, la visión nostálgica del pasado sin un ápice de complacencia.

“Los dominios del lobo” de Javier Marías (Debols!llo)

No llegan a cuatro los meses que para mí separan las lecturas, en orden inverso, de la primera y la última obra de Javier Marías.  Es curiosa esta ruptura del tiempo, pues entre ambas media realmente una distancia de cuarenta años, toda una vida, prácticamente la mía.  Y no es solo tiempo lo que separa ambas obras.

En “Los dominios del lobo” el joven Marías pone un océano de distancia entre su realidad y la de sus personajes, y los sitúa en los bajos fondos de unos Estados Unidos que no son sino un decorado cinematográfico.  Y estos personajes también lo son.  De cine y de novela negra: gánsteres, matones, vampiresa rubias, chicas bien que pagan a sicarios, familias ricas venidas a menos, jefes del hampa reconvertidos en hombres de negocio, actores de Hollywood en apuros, ladronzuelos que buscan tesoros escondidos en el profundo sur del Tío Tom o de Faulkner,….  Diríamos que el joven Marías ha visto muchas pelis y leído mucha novela negra.  Y en efecto, así nos lo confiesa cuando en el prólogo de la edición nos sitúa en la gestación un tanto rocambolesca de este libro: un verano parisino, escapado de casa a los diecisiete años, sacando unos francos actuando en la calle y vendo cine, casi todo americano.  Como él bien apunta, no era necesario ir a los Estados Unidos para escribir esta novela, pues es una Norteamérica literaria y cinematográfica su fuente e inspiración, no la verdadera.  Así que tenemos un doble extrañamiento, el joven Marías escribe en París y sobre un país no sólo lejano, también irreal.  ¿No quiere o no se atreve a abordar su realidad cercana?  Parece que muchos críticos así lo han reflejado y habla de un deseo de alejarse de una sociedad a la vez gris y convulsa, como debía ser aquella sociedad y realdad española del tardofranquismo.  Quizás no haga falta explicaciones enrevesadas, aunque no sea esta una disquisición absurda.  Marías nunca hizo después novela social, pegada a la realidad del momento.  Sus historias no se encasillan en un contexto histórico determinado, su personajes son entre ácratas y exiliados, las obras de Marías tratan de sentimiento y relaciones humanas, y estos trascienden cualquier anclaje temporal.

A mi modo de ver, una característica separa este debut de Marías de lo que será su obra de madurez.  A mí me gusta Marías por la morosidad de la acción.  Se deleita en el detalle, en el matiz, no descansa hasta pulir las múltiples facetas, reorganiza los hechos desde distintos puntos de vista, analiza el lenguaje de los personajes hasta extraer de una expresión aparentemente ingenua todo un estado de ánimo o una declaración de intenciones.  Forzosamente la acción se ralentiza, y deja de ser importante lo que pasa, los hechos e sí mismos, pues Marías tiene la habilidad de que las circunstancias, casuística y antecedentes de una anécdota aparentemente intrascendente se conviertan e la trama como tal.  Es decir, Marías no se ve obligado a narrar, a desarrollar argumentos complicados con personajes que se entrelazan y maniobras que se suceden para mantener vivo el interés del lector.  Su fabulación es de otro tipo.  En “Los dominios del lobo” el joven Marías sí se inclina por contar, de manera que se suceden cuadros de personajes que se van engarzado entre ello y vamos a sr testigos de acciones trepidantes y estrambóticas, siguiendo la estela del cine negro. Sin embargo, no hay un discurso lineal, se trata más bien de superposición de ramificaciones, de anécdotas que tienen sentido en sí mismas, pero que pocas veces están completas y que se van encadenando.  Por tanto hay acción, a raudales, pero no en un sentido académico y clásico: no hay principio, ni nudo, ni desenlace.  O sí, pero no están muy claros.  No hay jerarquía entre los actos y a veces tampoco relación de causa – efecto. El joven Marías empieza a narrar historias por el mero placer de contar, sin que sea necesario que pase algo, se recrea en ciertos aspectos, apenas esboza otros.  Intuyo que paulatinamente irá refinando ese gusto por contar despegándose de lo accidental.

En el epílogo (junto con el prólogo, de imprescindible lectura) confiesa el autor que esta es la mejor de sus novelas.  Quiero pensar que lo afirma recordando los buenos momentos que pasó escribiéndola, sin presión, sin obligación, como un reto o un juego, como modo de afirmación personal.  Y por la satisfacción que le pudo brindar su publicación, por el espaldarazo que le dio en su decisión de convertirse en escritor.  Creo que no es su mejor novela y que no deja ver al escritor en el que luego se convirtió. Y tengo tal observación como un mérito de Marías, quien evolucionó desde “Los dominios del lobo”, extrajo enseñanzas que le permitieron llegar a la cumbre de la literatura contemporánea española desde una correcta y estrafalaria novela de gánsteres.

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