Supongo que es inevitable. Cuando se elige un libro de entre los cientos, incluso miles, que están a nuestro alcance, la mayoría de las veces es porque algo sabemos de él. A veces es porque el autor está entre nuestros favoritos, otras veces nos lo recomienda un amigo o alguna crítica de cuyo autor nos fiamos, otras por la publicidad que rodea su lanzamiento. En este caso se entremezclan todas estas razones. Fernando Aramburu es desde hace algunos años, un escritor al que sigo con curiosidad, cariño y admiración, y esta vez no ha pasado inadvertido el lanzamiento de su última obra (como creo que sucedió con “Viaje con Clara por Alemania” y “El vigilante del fiordo”). Este “Años lentos” viene acompañado con el anuncio de ser una novela sobre el terrorismo de ETA, sobre el adoctrinamiento de un sector de la población vasca a cargo de ciertos miembros del clero.
Y difiero. A mi modo de ver, y aunque la técnica de relato usada por Aramburu parece empujarnos a pensar que el protagonista de la historia es Julen, el militante etarra, y que la función del narrador no es sino la de ser testigo privilegiado de la vida de su primo, yo tengo la sensación de que no es así, de que esta postura es un trampantojo: el narrador no cuenta la peripecia de Julen, cuenta la suya propia, y aunque al que se presenta como autor parezca interesarse solo los datos biográficos de Julen, lo cierto es que aprovechando la añagaza de la confesión escrita del “navarro de los cojones”, es de los años lentos de la infancia del niño de lo que nosotros somos testigos.
Conocemos las andanzas de Julen a través del niño que fue su primo, y de lo que el posterior adulto aporta por conocimiento o suposición. Pero, sinceramente, tanto se me da que Julen estuviese militando en ETA o que formase parte de una banda de atracadores. La pertenencia a ETA añade cierto color a la historia, la dota de verosimilitud en la circunstancia espacio-temporal, pero, repito, a mi modo de ver no es Julen el protagonista. Quizás porque me parece un personaje excesivamente simple, plano, demasiado pazguato. O tal vez es que los jóvenes en los que está inspirado este personaje así lo fueron. Como un poco acartonado me parece don Victoriano, el cura.
Sin embargo, el resto de figuras que dan vida a esta novela me parecen pura carne. Empezando por el niño, del que desconocemos el nombre (no así los apellidos) y que se nos presenta como un nuevo Lazarillo, contándonos su infancia desafortunada desde una madurez mucho más acomodada. No nos la cuenta a nosotros, en realidad se la está narrando a un escritor, un tal Aramburu, con el que le unieron lejanos lazos de vecindad. Y sabiendo que no es él el foco de atención, que es su primo Julen el titular de la curiosidad del novelista. Que el niño es el protagonista de la novela lo tengo claro desde el momento en el que en mi ejemplar de “Años lentos” se incluye el librillo “Un niño en San Sebastián”, en el que, esta vez sí, Aramburu nos hace partícipes de los años lentos de su infancia y preadolescencia en Ibaeta. Una década separa su nacimiento del mío, pero nuestras infancias aún compartieron calle, pandillas numerosas, juegos bárbaros, escasa vigilancia materna y limitados recursos económicos. Como la del niño protagonista, pobre “huérfano” acogido por unos tíos huraños, parcos en palabras. El personaje del tío Vicente es de los más fascinantes de los construidos por Aramburu. Cobarde, débil, antipático. Y sin embargo, vemos toda su conmovedora humanidad en el amor que profesa a su nieta deficiente, en la angustia por la huida de su hijo. Pura contradicción, pura carne. ¡Y qué decir de la tía Maripuy, tan cariñosa, tan luchadora, pero tan esclava de las convenciones sociales, tan preocupada por las apariencias, tan vigilante de los suyos! Una mujer de su época, por desgracia, una época tan triste y tan lenta para ella. Y Mari Nieves, la prima, la fresca del barrio, la víctima de una sociedad que sacralizaba y despreciaba el sexo de las mujeres. Entre estos personajes, de los que sentimos el pálpito e incluso olemos el sudor, otros dos: el primo Julen y el cura. Más estereotipados, un tanto rígidos, no me desconciertan, no me estremecen o indignan como el resto. Quizás porque el autor conoce bien a los primeros, sus mecanismos de sentimiento y acción les son familiares, y no tanto los de estos. Que son más bien un cliché, cuyos resortes de pensamiento le son ajenos a Aramburu y por tanto los ha construido de oídas. Eso sí, nos dejan escenas impagables, como la de la subida al monte, entre lo risible y lo escalofriante. Obviamente, esto es solo una opinión personal, y como tal la reflejo. Julen no es sino un tonto con mala suerte, un chuleta que me trae ecos del protagonista de “El trompetista de Utopía”, un fanfarrón con nulo sentido crítico del que un cura de manual se aprovecha para adoctrinarle en la causa terrorista.
Construcción de personajes aparte, la novela llama la atención por su técnica y estructura. Aramburu se esconde y se muestra en un engaño ingenioso. Se alterna el relato autobiográfico del niño, con referencias expresas al sentido y destinatario de la narración con los apuntes del escritor al que va dirigido este escrito sobre la manera en que va a manipular y dar forma literaria a ese material. Aparece en estos apuntes, este esqueleto de la posterior novela, el Aramburu que tanto me hace reír, el Aramburu socarrón, incluso cínico, que se burla de sí mismo como escritor, tal y como se deja ver en “Viaje con Clara por Alemania”, y que nos recuerda a los no iniciados que la escritura es más un oficio que un arte, que los capítulos no salen de un tirón y que hay más de técnica que de inspiración en cada párrafo y línea.
Y puesto que lo más sustancial del episodio no lo escribe el novelista sino el protagonista real, y lo aportado por el autor no es más que una ficción descarada y a la vista de todos, y, para más inri, solo bosquejada, sin concluir, ¿dónde queda el mérito del autor? ¿a quién vamos a reclamar si algo no nos gusta? ¿al protagonista, que bastante tiene con contarnos sus tristes años lentos para además hacerlo bien? ¿al escritor, que no hace más que cedernos el material original y un boceto inconcluso? Aramburu, Aramburu, lo que es a mí, puede seguir tomándome el pelo de esta manera cuantas veces estime oportuno. Porque de nuevo, y a pesar de mis observaciones sobre el pseudoprotagonista, me parece un relato muy acertado sobre la infancia, sobre sus miedos, sobre la recreación posterior que hacemos de ella, sobre cómo vamos construyendo desde niños las convenciones sociales, los modos de pensar y de comportarse de la época, los engranajes de las relaciones familiares y sociales. Y sobre cómo de niños no siempre comprendemos lo que vivimos, pero a la larga lo hacemos. En esta novela es también importante el trasfondo social y político que se bosqueja, el complicado entramado, el mantillo que hizo posible la aparición de ETA. Aunque no sea esta una novela sobre tan espinoso asunto.