A menudo creo que los lectores, frente a ciertos autores, se dividen en dos clases irreconciliables: los que aman/odian a Auster, Marías, Muñoz Molina, Pérez-Reverte,… Determinados escritores suscitan sentimientos contrapuestos en ellos, y es difícil que cualquiera de los citados deje frío a un lector. “Se es” de Muñoz Molina o te parece un tostón insufrible. No hay término medio. Te angustian los párrafos largos y los recovecos narrativos de Marías o los defines como una espiral perfecta de narración. En el caso de Pérez-Reverte, a esta imposibilidad metafísica de indiferencia literaria se une su carácter de personaje público, con exposición semanal en una columna en la que busca descaradamente crear polémica, diríamos que muta en un alter ego cuyo objetivo es golpear a nuestro estómago sin dejar de dirigirse a nuestro intelecto. Y la dualidad se multiplica en tanto que en su obra va alternando novelas de diversa temática con las pertenecientes a la serie de Las aventuras del Capitán Alatriste.
Venga, voy a confesarme. “Yo soy muy de Reverte”. Me gusta el tono canalla y chulesco de su columna semanal, y aunque no siempre comparta su opinión, su “fondo”, me divierte leer sus desmelenes, me reconozco en su tono a veces irónico a veces desmesurado, me regocijan sus formas, su descaro, su total impudicia y su apego por llamar a las cosas por su nombre (aunque en ocasiones yo le daría otro). Y en cuanto a su obra literaria, como mínimo me parece honesta. Creo que es un hábil narrador de historias y crea unos personajes sólidos, aunque en mi opinión no logra una línea homogénea en cuanto a calidad. Ambienta con maestría, y, sin embargo, no me siento apabullada con despliegues de datos, referencias históricas y sociales,… la documentación queda soterrada, implícita, pero hace que me sienta segura de que cada detalle, cada apunte que se incorpora a la acción tiene una sólida fundamentación.
Este “El puente de los asesinos” es ya la séptima entrega de las correrías del capitán Alatriste. A estas alturas de la serie, pocas sorpresas puede darnos ya Reverte. El personaje es ya un viejo conocido del lector, sabemos de sus orígenes, aventuras y motivaciones, así como los de su fiel compañero y presunto narrador de los episodios biográficos tanto suyos como del capitán. Y, por añadidura, ya no puedo imaginarme a Alatriste sino con los rasgos de Viggo Mortensen (aunque a veces se me fundan Alatriste con Aragorn y viceversa). No se trata ya de descubrir sus resortes psicológicos. Ya sabemos qué y a quién nos vamos a encontrar. Aventuras en una época tan gloriosa como cruel y personajes de diverso jaez y casi siempre complicados dentro de la simplicidad de sus impulsos vitales. Y yo seguiré leyendo a Alatriste por el placer de tener entre manos una buena aventura de capa y espada, por el gusto de volver a oír los ecos de las palabras y giros del Siglo de Oro, por el placer de encontrarme a Quevedo como poeta y conspirador interesado, porque sé que voy a sumergirme de la mano de un autor sólido en un época oscura, terrible y bella. Porque Alatriste es una lección de historia de España en la que olemos el sudor y nos manchamos con la sangre de unos soldados míseros y despiadados, más allá de que también se nos muestre el tablero de operaciones. Pero sobre todo, porque me entretiene, y me hace recordar que eso es leer: dejarte llevar por las andanzas de unos personajes de carne y hueso en una trama con visos de verosimilitud y enfrascarte en sus acciones y en sus emociones. Todo lo demás, adorno y palabrería.

