La afición heredada

Quizá no sea exagerado decir que los aficionados del Athletic se extienden por los cinco continentes. No es raro encontrarles, repletos de ánimo y optimismo, gritando ‘Athletic UEFAra’ en la grada de Mestalla o devorando asfalto por las carreteras españolas. La camiseta rojiblanca une a Vizcaya, quizá más que cualquier otra cosa, en un orgullo común. Por eso se respira estos días un alivio generalizado al ver ir saliendo del pozo, poco a poco, con seriedad en defensa y pocas exquisiteces, al Athletic de Clemente.

Quizá era eso lo que sentía el guía de mediana edad con el que subí este fin de semana las cuestas del Sacromonte granadino. Disfrazado de bandolero, iba desgranando con el acento de la tierra las idas y venidas de moros, cristianos y judíos por aquellas veredas. Y era un espectáculo sin igual imaginarlo, como me había confesado él mismo poco antes, frente al televisor cada domingo, vibrando con los quiebros de Etxeberria y reclamando su tapa al tabernero. Había heredado la afición de su abuelo, que “era del centro de Bilbao. Y del Athletic, a muerte, claro”. No podía ser de otra manera.

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