Será en el Calderón

Con el gol de Diego llegó la sentencia. Se nos escapaba entre los dedos la final de la Europa League. A muchos les dio por llorar. Y, sin embargo, nunca tuvimos tan buenas razones para recuperar el aliento y sacudirnos el desánimo. Sólo es necesario levantar la cabeza. Hacia los balcones, las ventanas, las fachadas de las instituciones, las puertas de los bares y los coches. Porque Bilbao sigue siendo el epicentro de la pasión rojiblanca. Ante la derrota en Rumanía, la villa invicta, engalanada y orgullosa de su equipo, también en los malos tiempos. Es esa comunión con nuestros colores la que enamora a los turistas y dispara la envidia de nuestros vecinos: es el ingrediente más único de nuestra receta a la hora de hacer fútbol.

El día de ayer, hasta bien entrada la noche, Bilbao se reconcilió con una estampa soñada tantas veces que resultaba familiar hasta para quienes no vivieron la última gabarra. Una ciudad donde cualquier callejón y una Bizkaia donde cualquier pueblo merece ser fotografiado para la historia. Con ese mismo ánimo y también con las mismas telas, nos mediremos al Barcelona en tres semanas. Porque esta fabulosa temporada no ha acabado. Porque nos vamos al Calderón a jugarnos la Copa con el mejor Barça de todos los tiempos. Una oportunidad con la que llevábamos soñando tres décadas, una ‘vendetta’ que esperábamos desde hace tres años, una carta al aire en 90 minutos para volver a sacar la gabarra.

Los que rondamos la treintena hemos debatido más de una vez si esta bendita quinta nuestra de parados y mileuristas llegaría a verla surcar la Ría alguna vez. Los mayores recordamos la última con ojos infantiles, pero muchos sólo han podido soñarla. Esta vez teníamos todo preparado para vivirla como la habíamos soñado tantas veces. Mantengan esa idea en la cabeza. Quizá lo logremos en veinte días y sea aún más épica de lo que nos atrevíamos a soñar. En pleno adiós de Guardiola y contra pronóstico.

A por la historia

Háganme caso. No se enfríen. Ya sé que el cielo se abrió con 0-1, que el 1-1 era muy bueno, que el 2-1 complica las cosas. Tengan fe, recuerdan que este Athletic de Bielsa emociona a nuestros mayores y eso era impensable hace muy poco. Que nos queda San Mamés,esa casa grande que compartimos. Y que allí será otra historia.

Marcó Aurtenetxe en un partido que no empezó fácil. Luego tuvimos esos diez minutos malos en los que el Sporting de Lisboa remontó. El palo de amorebieta y poco más. Acabamos el partido con prisas. Casi pidiendo la hora.

Si lo pensamos con calma, cuesta creer dónde estamos. A 90 minutos de otra final. Lejos de casa esta vez, en medio de Europa.  La oportunidad de hacer historia nunca estuvo tan cerca. Sólño una vez y enfrente estaba la Juve. Ahora será el Atlético. Es la nuestra.

Un zarpazo a la gloria de bandera

No fue el de Alemania un partido como el de Manchester. No hay tanto caviar en tiempos de crisis. Jugar de aquella manera tiene algo de sueño, de quimera. Por eso resulta tan increíble presenciarlo. Pero sí tuvo el viaje alemán la misma emoción desmedida, la pasión de ver resucitar a un equipo que perdía 2-1 y parecía noqueado. Esa transmutación imposible que llevamos a buen término con un increíble resultado que mejora el de Old Trafford.  Ahí es nada. Si el empate con goles ya sabía a noche mágica agazapada en el paladar a la espera del Jueves Santo, ahora no hay duda de que volveremos a vivir una noche mágica. Una más en esta gozada de temporada.

Sabíamos del Schalke de Raul que son tipos del lejano oeste, que primero desenfundan y luego preguntan. Les dimos un buen susto con el gol de Llorente en el minuto 20 –un doble rechace que nació en un disparo de Susaeta-. Nos disponíamos a celebrarlo pero no hubo tiempo. Raúl, siempre letal, hizo el empate en el minuto siguiente.

En la primera mitad, el Athletic chocó contra una defensa contundente como un muro medieval. Se salvó la galopada de Llorente que acabó con un disparo desde el suelo -se marchó alto- y la jugada en que Muniain encontró el hueco para dejársela a De Marcos y éste sirvió un centro maravilloso al que no llegó el nuestro eterno referente del ataque, el de Rincón de Soto. Ellos asediaron a córners al Athletic.

Tras el descanso, y antes de la gloria, hicimos una breve incursión en el sentido del humor alemán. En perfecto castellano, su afición mostró una pancarta donde se leía: “Entradas a noventa euros. Un euro por minuto. El fútbol no es sexo teléfonico”. Ya se quejaron en Manchester por el precio de las entradas que envía el club.

Raúl en el Veltins Arena es un héroe. Se le aplauden hasta las carreras para recuperar un balón en defensa. Se corea su nombre a cada rato. Y no defraudó. Marcó también el segundo con una bonita volea en el minuto 59. Nos heló la sangre. Parecía que despertábamos del sueño. Pero volvió Llorente –nunca se había marchado- y empató con un memorable cabezazo. Y luego De Marcos puso en el luminoso las cifras que parpadeaban en Old Trafford. Y el Athletic, en su hermoso delirio, seguía al ataque. Gozó de ocasiones para golear. El Schalke, que creía aprendida la lección del Manchester, miraba incrédulo sus zarpazos consecutivos. Y Muniain hizo el cuarto (2-4). Se terminaron las palabras y estallaron los gritos. Un pie en la semifinal de la Europa League. Si todavía no ha sacado la bandera al balcón, hágalo ahora. Nos sobran los motivos. Más que nunca.

Un Athletic de época

No solíamos decirlo pero, en el fondo, nos molestaba. Las camisetas de otros equipos en el patio del colegio, el compañero de curro que dice que es del Barça porque le gusta el fútbol,  el sobrino que elige al Manchester en la Play. Ese tiempo ya ha pasado. Hoy podemos decir sin miedo que tenemos, de nuevo, un Athletic ganador, un equipo de época. Orgulloso, aguerrido, que juega desde atrás con elegancia y cabeza pero no renuncia a la raza que lo caracteriza. Un Athletic que ha superado a uno de los grandes de la Premier jugando mejor 180 minutos.

Ambiente de gala, éxtasis rojiblanco, pasión desmedida. Elijan ustedes. Bilbao volvió a  ser una fiesta a la altura de la histórica cita europea. Banderas en los balcones, cánticos en Pozas, bufandas al viento en San Mamés. Recibimiento de lujo para los aficionados británicos tras el recital que ofrecimos en la ida.

Y arrancó el partido. Al cuarto de hora, el Athletic pudo rematar a los diablos rojos. Muniain golpeó el palo -un sobresalto- y entonces De Marcos envió fuera un balón a placer -gritos de desesperación y Bielsa al borde del infarto-. Veinte minutos: tocamos y tocamos. San Mamés sigue entregado a una de las mejores causas de los últimos años. El balón bombeado por Amorebieta llega manso hasta el arma precisa que Llorente atesora en su pie derecho. El balón cruza ante la mirada impotente de De Gea con engañosa facilidad: 1-0. Locura. Más locura.

Pocos minutos después, Giggs remataba de cabeza pero golpeaba en la defensa rojiblanca. Aún no lo sabía o no acababa de entenderlo: en días como hoy es impenetrable. Esa fue la tónica hasta el descanso y tras él. A 40 minutos de hacer historia, Iraola creyó ser Maradona. Lo fue por unos instantes. Regateó a uno, a dos, a tres, hasta el área pequeña, sin despeinarse. Quizá falló. Qué más dará. El baño adquiría proporciones inefables.

Cuando De Marcos marcó el segundo, las cámaras mostraron a Llorente aplaudiendo desde el banquillo. Disfrutando del Athletic, como uno más. Como Bizkaia entera. Como los que se fueron sin marcharse del todo y que ayer estuvieron, a  su manera, en San Mamés. Hasta en los confines del mundo gritaron gol. Luego el Manchester marcó el de la honra en una de las pocas ocasiones que tuvo (2-1). No cambió nada. El partido acabó como un sueño exquisito.

Díganselo a los niños de los colegios. Al compañero. Al sobrino. Estamos orgullosos del Athletic y de haber cruzado el desierto junto a nuestro equipo. Somos los mismos que llenamos San Mamés aquella tarde contra el Levante. Los que lloraron en Valencia y pasaron frío en Miranda, los que llenaron las plazas de Manchester. Somos los de siempre. Somos del Athletic. Orain ta beti… ¡Aupa Athletic!

Old Trafford, a nuestros pies

El Athletic ha conquistado esta noche Old Trafford. Con sus armas de siempre y con su juego de ahora. Con su afición entregada, enloquecida en la grada. Con esa mirada de genio loco que ponen los valientes en sus citas con la historia. Manchester ha caído a sus pies. Convencida calle a calle por la pasión desmedida de los miles de aficionados rojiblancos. Qué espectáculo. A excepción de la finales, ningún equipo de la liga española ha desplazado más aficionados en Europa. Y entregada al fútbol radiante, luminoso, desplegado por la escuadra de Bielsa.

El paso por Old Trafford se ha convertido en el sitio de Manchester. Un gol de Rooney fue la única alegría de los locales. El disparo de Chicharito lo detuvo Iraizoz pero nada pudo hacer con el remate a bocajarro de Rooney. Esos dos delanteros son letales. Fue una de las pocas ocasiones del Manchester en la primera mitad y les bastó para abrir el marcador. Muniain, con una bella vaselina sobre de Gea y más tarde Susaeta advirtieron a los británicos que quedaba mucho partido. Pero fue Llorente, al borde del descanso, quien desató la locura en la grada rojiblanca. Su testarazo a la red a pase de Susaeta entra en la historia con mayúsculas de un Club con mayúsculas.

Y es que el Athletic primero tuteó, como soñábamos, a una de las camisetas con más solera del mundo. Y luego se mostró superior en todos los terrenos, se quedó con el balón -los datos de posesión a mitad de partido rozaban la humillación-, desplegó su mayor contundencia en defensa, creó juego de un modo emocionante y creativo, asfixió a su rival, lo redujo y sacudió su meta hasta que pudo recoger el fruto. Mereció ganar. Mereció golear. Mereció el mayor premio en su cita con la historia. Fue De Marcos el encargado de certificar la victoria en nuestro impresionante paso por el ‘Teatro de los Sueños’.

Old Trafford enmudeció para escuchar los gritos del delirio rojiblanco. Cánticos de victoria. Yo estuve allí, pensarán muchos. Ni siquiera entonces, a veinte minutos de la gloria, se arredró el Athletic. Siempre al ataque, siempre jugando con criterio. De pronto, marcó Muniain y estalló el delirio. Ni siquiera importó que el Manchester recortara la ventaja de penalti dejando el definitivo 2-3. Ya nada importaba. La victoria era nuestra. Y la historia también.

El Athletic vuela a Manchester

Ya estamos en octavos de la Europa League. Los pupilos de Bielsa, clasificados para la final de Copa y bien ubicados en la tabla de la Liga, redondean ahora la temporada con un auténtico regalo para la afición: un Athletic-Manchester en Europa. Un partido para olvidarse del mundo y disfrutar. El pase se ha decidido en San Mamés en un partido trabado y trabajoso contra el Lokomotiv. El Athletic derrochó sudor con generosidad y se vio abocado a un final épico al acabar con diez jugadores y con Llorente tocado tras pisar mal. Y, con todo, logró un 1-0 que sabe a gloria.

En la primera parte, los rojiblancos mandaron en el juego pero no lograron su objetivo de romper la ventaja rusa de la ida (2-1 en Moscú). Llorente desaprovechó la mejor ocasión de los locales al no poder rematar un gran centro de Iraola. El Lokomotiv, con una creciente sensación de peligro al acercarse a la meta de Iraizoz, gozó de algunas buenas ocasiones,  siempre capitaneado en ataque por Caicedo.

La segunda mitad se enrareció tras la expulsión de Amorebieta por una falta a destiempo cuando ya tenía una amarilla. Sin embargo, todo cambió en el minuto siguiente, cuando Muniain  envió a la red un balón que Llorente dejó muerto en el segundo palo. Entrando desde atrás, marcó uno de esos goles de ímpetu y rabia que han caracterizado la historia del club. Quedaba media hora. Un infierno de tiempo. Algunos abogaban por regresar al espíritu del patadón  durante media hora. Pero no. El Athletic siguió al ataque. Sufríamos tanto que celebrábamos los córners. Y el árbitro, al final, pitó el final. Un alivio enorme, semejante al regalo que le acompaña: Manchester-Athletic en Old Trafford, Athletic-Manchester en San Mamés.

Vuelve el rey de Copas

San Mamés ha vuelto vivir hoy una de sus mágicas noches coperas y el Athletic entra por la puerta grande en la final. Goleando a un Mirandés que luchó hasta el último aliento los hombres de Bielsa completaron el sueño de devolver a nuestro equipo donde solía, entre los mejores, entre los reyes de Copas. Poco importa que haya sido un Segunda B su último rival. Nadie lo recordará si logramos hacernos con la victoria ante el Barcelona o el Valencia. Pero si el Athletic volvió a  mostrar su mejor cara, también la afición de San Mamés rememoró su mejor versión llevando en volandas al equipo de Bielsa, dejando a un lado la entidad de un rival que se marcha con la cabeza muy alta y después de haber despertado admiración por media España. Bilbao, Bizkaia entera, volvieron a dar la talla, como siempre. Así, con una vaselina de Llorente en la memoria, con el regusto de una goleada por 6-2 y con el respaldo de la mejor afición… así nos vamos a por el Valencia o el Barcelona. A la final y a por la Copa. Nuestra Copa.

El olor del Athletic

Cuando los vecinos sacan las banderas rojiblancas a sus ventanas. Los bares de Pozas compran pan para bocadillos como si no hubiera mañana. Y los taberneros del Casco rebuscan en el almacén a la espera de una nochevieja a mitad de febrero. Hay mayoría de camisas rojiblancas en el trabajo. Los chavales han pasado la noche a las puertas de San Mamés, no hay frío que valga. Los ejecutivos cancelan las reuniones de última hora de la tarde. En el instituto se dibujan los colores del Athletic bajo el jersey y nuestra camiseta luce en todos los patios de Bizkaia. Sientes un extraño nerviosismo desde que te levantas. Los que están fuera de Bilbao sufren irremediables ataques de melancolía. Tus amigos tienen sus estados del Facebook más alterados que nunca. TicketBis ofrece un dineral por tu carné. Pero no te lo planteas.

A la tarde, los socios llegan a currar con una bolsa sospechosa. Los mayores preparan las ropas de abrigo y consultan temerosos el termómetro del balcón. Algo parece decirte en todas partes: hoy es el día. Huele a Athletic en toda la ciudad. Se palpa, se siente y se respira Athletic. La confirmación la deja una anciana que hace la compra en Santutxu. Camina despacio y muy abrigada pero se inclina para apoyar las bolsas en el suelo, recupera el resuello, y grita al vecino desde la otra acera: “¡Aupa Athletic!” Y añade: “Hoy hay que ganar”. Pues eso.

Josemi Goldaracena, beti aurrera

Hay hombres que crean afición. Transmiten una pasión desmedida que se contagia como un virus benéfico que una vez inoculado nos acompaña para siempre. Acabo de enterarme de la pérdida de uno de ellos: el sacerdote jesuita Josemi Goldaracena. Permitidme que acerque un apunte a este blog personal porque Josemi, además de un gran hombre y un excelente profesor, era aficionado del Athletic  -socio, si no recuerdo mal- y uno de los pilares junto al Padre Mendibelzua del Loyola Indautxu. Es decir, pura historia del fútbol base vizcaíno, de la que rara vez llega a los titulares de los periódicos pero que marca la vida de generaciones enteras. Desde ese club, desde su tarima e incluso desde el altar de alguna capilla, Goldaracena nos enseñó la importancia de la fe en el fútbol y también en la vida. Nos trajo a la memoria las hazañas remotas de los ‘once aldeanos’, y nos mostró cómo los equipos humildes son los que merecen mayor admiración. Todo ello, regado con un desaforado bilbaínismo y algunas dosis de provocación. Así atraía las miradas de aquellos jóvenes a los que apasionaba con su discurso. Y luego, cuando sentía que ya había captado nuestra atención, nos dejaba caer algunas grandes enseñanzas. Tenerle delante resultaba inolvidable.

Los de mi año recordamos con cariño aquellas convivencias en que entró en la sala donde le esperábamos y exclamó: “¡¡Dios es tonto!!”. A aquel grito entre la sorpresa general le siguió un apagón, que sospecho que propició varias vocaciones en mi quinta. Era el modo que tenía Josemi de explicarnos que “Dios nos ama, hagamos lo que hagamos”, cuando hacemos bien las cosas y cuando nos equivocamos, siempre. Pero pocos sacerdotes se habrían atrevido a explicarlo de un modo tan gráfico. O aquellas inolvidables misas que detenía cada cinco minutos con comentarios futbolísticos sobre el Loyola y el Athletic: “Vamos a pedir perdón, especialmente alguno que el sábado no botó ni un córner en condiciones”. Y luego miraba al interesado, por si quedaban dudas. Siempre con una cercanía, un humor y un cariño inolvidables.

Por eso, hoy se me ha encogido el alma al saber que ha muerto el gran Josemi Goldaracena. El mismo que nos escribía a cientos de alumnos –miles, seguramente- una felicitación navideña todos los años. El apasionado del Athletic que nos enseñó a soñar con finales como esa a la que echaremos el guante la semana que viene (paradojas de las fechas). Y el que, tras cada conversación, tras cada clase, nos miraba a los ojos y nos decía: “Eh, beti aurrera”. Siempre hacia adelante. Descansa en paz, maestro.

Despertar a los sueños de Copa

Acabo de llegar a casa tras un largo día de trabajo pero me resisto a irme a la cama sin dejar unas líneas por aquí. El Athletic, nuestro Athletic, se ha he metido en la semifinal de la Copa. Ahí es nada. Es un hecho irrefutable que nuestra participación copera ha resultado más asequible de lo previsto –sólo el Mallorca nos ha enseñado el carné de un Primera-, pero eso no debería restar valor a la oportunidad que se nos brinda. Hoy mismo he visto el partido junto a un buen compañero de trabajo y de sufrimientos rojiblancos, socios los dos y defensores a capa y espada de nuestro club. El bilbaíno medio, ya saben. El caso es que cuando corría el minuto 85, con la tranquilidad de la holgada diferencia de goles, ha puesto rumbo a casa. Era normal, la ventaja de la ida, un Mallorca incapaz de cruzar a nuestro campo en medio de un estadio semidesierto y el tono soso del partido –aderezado con un bote tonto que nos ha regalado un gol-, no dejaban lugar a dudas. Pero, no lo olviden, hoy hemos vuelto a las semifinales de la Copa, nuestra Copa. Es la misma eliminatoria en la que nos dejamos los cuernos con el Betis en 2005 e idéntica a aquella que nos llevó al orgasmo colectivo tras ganar al Sevilla en 2009. Ahí estamos.

Nuestro rival es ese Mirandés que enamora, con el cuchillo en la boca abriéndose paso a dentelladas entre los ‘primeras’,  y por eso necesitamos recuperar la tensión con la que habríamos afrontado una cita así en los últimos años. Conscientes de que hay al menos una generación de aficionados rojiblancos que aún ve la Copa como un sueño por vivir. Urge recuperar el espíritu de Valencia. Pasar página entre los de Caparrós y los de Bielsa, olvidar por un rato el pesimismo de estos tiempos de crisis y volver a ver Bilbao, Bizkaia entera, vestida de rojo y blanco. Sacando días libres de donde no los haya y empeñando los colchones. Camino de la final.

Hay que ser conscientes de lo que nos jugamos, aunque sea ante un Segunda B que, eso sí, se ha ganado más que nadie su puesto de honor. Estoy seguro de que lo haremos. El Athletic es así. Se crece ante la historia. Puede incluso que la suerte nos brinde una revancha ante el Barcelona de los récords. Pero eso será más tarde. Por el momento, este martes, una semifinal. Nada menos.

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