Voy a ser breve. Lo de la publicidad en Google es surrealista.


Y veo que no solamente no soy un exagerado cuando digo que el campo de la seguridad informática está en un estado calamitoso. Qué va. Soy un optimista incurable.
Vayamos a los hechos. Publica El Mundo que una conferencia de desarrolladores de virus, “Cientos de expertos en seguridad proponen acabar con el formato PDF” . Y encima tendrán agujetas de tanto pensar, los tíos.
Veamos. En primer lugar, por lo que veo se trata de una conferencia sobre antivirus. No veo que el tema de la conferencia sea la seguridad informática, sino la mitigación de los problemas. Un tema importante, sin duda alguna, pero ¿tiene mucho sentido que quienes se dedican a mitigar incidentes digan que “hay que cargarse tal o cual cosa” sin, además proponer alternativa alguna? Por cierto, había por ahí bastante personal de Microsoft pululando. Un porcentaje apreciable de los ponentes, de hecho.
Para el lector no familiarizado con estas guerras, voy a reescribir el titular. Imaginemos que, en una convención de fabricantes de vendas, los asistentes publican un comunicado llamando a la abolición de los vehículos con ruedas, porque los motoristas y los ciclistas con muy vulnerables en caso de accidente. ¿Me he salido del tiesto? Ni medio milímetro.
Pero vayamos por partes. Es bien cierto que el formato de archivos PDF está dando bastante guerra últimamente. Pero ¿es PDF intrínsecamente inseguro? Ésta es la primera pregunta que debemos hacernos.
La verdad, un par de chapuzas sí tiene. Los de Adobe han sufrido más de una vez el síndrome del árbol de navidad. Y al querer añadir tropecientas tontadas a lo que era un fantástico formato final para páginas impresas, independiente de la impresora (no es tan obvio como parece, que se lo pregunten a los sufridos usuarios de Word) la han liado.
Ahora bien, ¿tiene sentido condenar el formato? Vamos a verlo. Aunque PDF es un formato diseñado por Adobe, éstos no son los únicos proveedores de programas que manejan PDFs. Desde hace muchos años hay proyectos completamente independientes, como GhostScript , sin duda el más conocido.
Si revisamos el historial de alertas de seguridad relacionadas con el formato PDF, veremos que en general afectan al software de Adobe, y solamente al de Adobe. Pero, un momento, ¿no hemos quedado en que el PDF es un desastre? Si los problemas fueran inhrentes al formato, entiendo que afectarían a todos los fabricantes. Pero resulta que no. Me ahorraré el chiste fácil.
Según dicen, es un estándar muy grande, “como Flash” (que de estándar tiene lo que un servidor de lagarterana del planeta Vulcano). Y por eso “atrae la atención”. Ah, ya. Obvio. Cualquier cosa que la gente use suele llamar la atención de los amigos de lo ajeno, eso no es nada nuevo. ¿No ha habido problemas relacionados con otras cosas? Pues claro.
A la hora de decir una cosa como ésa, proponer la abolición de un formato, lo primero que hay que hacer es delimitar muy bien el origen del problema. Por lo que veo, hay un producto de un fabricante (Acrobat Reader, de Adobe) que tiene muchos problemas.
Es cierto, ha habido un problema de una gravedad extrema que afectaba al iPhone, precisamente en el lector de PDFs. Pero, de manera asaz sorprendente, casi nadie se enteró en su momento, retratando el asunto como un simpático fallito que permitía a los sufridos usuarios salirse del campo de concentración de la malvada Apple. Todo por la causa. Una leve morcilla en una antena y te crucifican. Un problema crítico en el software y a la gente le parece simpático. Pero me estoy yendo por las ramas.
Tenemos un fabricante con problemas, que es Adobe. Tampoco les voy a llamar chapuceros porque están sufriendo un problema subyacente del que hablaremos en otra ocasión. Pero en definitiva se trata solamente de uno. ¿Es peligroso usar el software de PDF de otros fabricantes? Pues yo diría que no. ¿Entonces? ¿En qué quedamos? Si el criterio es la popularidad me temo que habrá que cargarse todo, empezando por Internet, que la interoperabilidad es mala, mucho. Sobre todo para ciertos fabricantes de software.
En el artículo de El Mundo aparece otra perlita curiosa, así como de refilón. Hablan del desastre de Adobe comparado con los titánicos trabajos acometidos por Microsoft para exorcizar sus demonios. Titánicos han sido, es cierto. Que han mejorado su situación, y mucho, es un hecho, a Dios gracias. Pero tengo aún una mosca revoloteando en la oreja. Se suponía que las fantásticas medidas de seguridad de Windows Vista y Windows 7 imposibilitaban, realmente dificultaban, la explotación de fallos de seguridad. Pero ¿entonces? Si es así ¿por qué sigue siendo peligroso ejecutar Acrobat Reader, de Adobe, en Windows? No lo entiendo.
En el fondo, además, va siendo hora de cuestionarse por qué están ocurriendo estas cosas, y por qué un programador de aplicaciones tiene que preocuparse de la seguridad. Se supone que estas labores son del sistema operativo. Pero, ¡oh! Eso es un rollete academicista, “teoría” me dirá algún partidario de convertir las carreras universitarias en certificaciones de fabricantes. Mitiguemos y vendamos antivirus, anti intrusos, anti evasiones y anti leches.
Imaginemos un país con un grupo terrorista operando. ¿Qué diríamos si el gobierno, en lugar de tratar de desarticularlo, se limitara a pagar más escoltas y a regalar seguros de hospitalización e inculso mortuorios a las víctimas? Pues eso es lo que está ocurriendo. Ni más, ni menos.
Esta vez voy a hablar de un tema particular, pero que en mayor o menor medida resultará familiar a cualquiera que alguna vez haya tenido que hacer un trámite con una operadora de telefonía móvil. Creo que no he visto nada tan kafkiano en mi vida, y eso que he visitad la Puerta de Tannhauser alguna que otra vez. Pero vayamos a los hechos.
Allá por principios de julio, una tía mía se rompió la cadera, por lo que tuvieron que ingresarle en el hospital. Dado que se iba a tirar unos días con la operación de la cadera, más quién sabe cuánto entre recuperación y demás hierbas, decidí que era una buena idea que tuviera acceso a Internet. Iluso de mí, decidí contratar un acceso de datos a través de Vodafone.
En primer lugar, el trámite fue de locos. A pesar de estar armado de la documentación de mi tía, unos extractos bancarios, alguna que otra factura reciente suya de Vodafone, su teléfono, y, en fin, todo, todo y todo, no había manera de que hicieran el trámite. Me decían que tenían que hablar con ella. Cosa muy complicada porque es muy sorda. Insistían además en que tenía que presentarse en persona en un distribuidor de Vodafone para hacer el trámite. Ya les dije que si teníamos que llevarle en camilla.
Tras unas cuantas horas de llame a este número, llame a este otro, se me ocurrió hacer el pedido a través de la tienda online. Mucho más sencillo, le di de alta a través de la tienda oline, pedí el cacharro con sus puntos, y bla, bla, bla.
Dos semanas después recibí por fin el cacharrillo que le había pedido, un MiFi. Pero, ¡ay! los caminos de Vodafone son tortuosos y kafkianos, y no nos ha sido concedido a los simples mortales el don de los trámites sencillos. No mandaban la tarjeta SIM para el contrato de datos asociado al cacharro.
Así que, vuelta a empezar. Llamada, por aquí, llamada por allá. Llame aquí, llame allá. Al final, otra vez, “tiene que presentarse en persona en una tienda”. Y de nada servía intentar razonar y preguntar qué hacen con los clientes enfermos, si los mandan al cuerno o qué.
Mientras tanto, que la historia tiene hasta sus hilos paralelos, se me ocurrió probar el MiFi con mi tarjeta SIM (de un contrato de datos que tengo con ellos) y, ¡lo que faltaba! Cacharro defectuoso. Una vez más el tortuoso camino del cliente tratando de resolver un problema. Llamé y me dijeron que pasara por un distribuidor de Vodafone. A Bilbao me dirigí, armado con todo el follón de papeles, el cacharrito, etc, etc. Y ¿qué pasó en el distribuidor?
a) Me dijeron que allí no, que llamara a otro número
b) Me cambiaron el cacharro.
Bien, ¿cuál será la respuesta correcta? La duda ofende. Eso tras una hora de cola porque coincidí con la majarada del lanzamiento del iPhone 4 y en la tienda había unos cuantos aspirantes a iPhonizados. Eso sí, al menos hice un contrato de datos para mi tía a mi nombre. Parece que no había otra forma.
Mañana del día siguiente. Me armo de valor y llamo al número del servicio técnico que me habían proporcionado. Allí pasé una media hora explicando por qué sabía a ciencia cierta que el cacharro estaba roto. Sencillo, resulta que tengo uno idéntico, que funciona, y éste con mi tarjeta SIM decía que si quieres arroz, Catalina. Convencidos de que la cosa no andaba bien, me dieron un número de caso y me comunicaron que me llamarían para recoger el cacharro defectuoso, lo estudiarían en su laboratorio, y me enviarían uno nuevo o el mismo reparado.
Y pasó un día.
Y otro
Y otro
Y otro
Y otro más
Y más
Y más.
Recibí una llamada, comunicándome que iban a mandar a la agencia de transportes a recogerlo y preguntando el horario. “Esto es una oficina y además hay personal de 7 de la mañana a 11 de a noche”, contesté. “De acuerdo, mañana pasará el mensajero”.
Y pasó otro día
Y otro
Y otro
Y otro más.
Y volvieron a llamar, interesándose por el paquete, explicándome que pasaría el mensajero. Ya les hice notar que en teoría eso iba a ocurrir la semana anterior. Pero en fin. Que vale, que pasaran, que aquí estaba con todo listo en posición de revista.
Y pasó otro día.
Y otro más
Y otro más
Y aún otro más.
¡Y por fin algo cambió! Pero esta vez dijeron que el de la agencia de transportes afirmaba haber estado en la oficina y que le habían dicho que el paquete no estaba preparado. Cosa complicada, porque al menos aún no me han diagnosticado doble personalidad.
Explicado el asunto a la amable señorita del servicio técnico, quedamos en que me mandaban al mensajero otra vez. No se, lo mismo era Miguel Strogoff viniendo a caballo desde Siberia, a saber. Porque aún pasaron varios días. Por fin el 11 de agosto llegó el mensajero. No iba a caballo sino en furgoneta, y tampoco tenia aspecto de cosaco. Le entregué el cacharro, lo metió en un sobre, y me entregó un Papel. Al cabo de pocos días recibí una llamada del “laboratorio” de Vodafone, confirmando que efectivamente el cacharro estaba roto y comunicándome que me enviaban otro “inmediatamente”.
El verano siguió su curso, y casi me había olvidado del asunto, porque afortunadamente tenía por ahí un pinganillo USB con el que mi tía está arreglándose. Hasta que, visto que ha pasado más de un mes desde que devolví el trasto, y no he vuelto a saber nada, me he armado de valor y he decidido llamar.
Iluso de mí, llamo al servicio técnico y tras 20 minutos de “deme el número”, “el código”, etc, me comunican que vaya a la otra ventanilla, o sea, a otro número de teléfono. Llamo al otro número, y, ¡tachaaaaaan! “No podemos hacer esta consulta porque tenemos una incidencia técnica, por favor llame más tarde”.
En fin, seguiré añadiendo cosas a esta saga, porque veo que aún no se ha terminado. No obstante, me gustaría proponer algunas reflexiones sobre este misterioso y truculento negocio de la telefonía móvil.
La primera: ¿Ustedes tienen una política de responsabilidad social corporativa? Porque me da la sensación, visto lo que ha pasado con mi tía, de que a los enfermos y minusválidos, literalmente, que les den pomada. Ni que decir tiene que en uno de los casos llegé a osar pasarle el teléfono a mi tía, 75 años, alemana, y bastante sorda, y, como era normal, fue imposible que se entendiera con los del centro de llamadas. Es absolutamente inaceptable.
La segunda: Tengo verdadera curiosidad por las condiciones laborales de su personal de atención al cliente. En total me he tirado unas cuantas horas al teléfono con ellos, fácilmente OCHO. Mi padre otras tantas. A no ser que el centro de llamadas esté en un campo de trabajo de Corea del Norte, esas horas de centro de llamadas tendrán un coste. Digamos 10 euros. ¿Les ha costado 160 euros estar al teléfono conmigo?
Si es así, sinceramente, háganselo mirar. Creo que sus últimos resultados económicos no han sido muy allá que digamos. Visto lo visto, no me extraña. Cualquier trámite elemental se convierte en sinfín de llamadas.
De momento, sepan que un cliente con 13 años de antigüedad se ha dado de baja y se ha ido con la música a otra parte. Y en cuanto mi tía vuelva a casa daré de baja, obviamente, el contrato de datos de autos.
Atentamente,
Borja Marcos.
No deja de sorprenderme el cinismo (o la estupidez) de la industria musical. La última lindeza, cómo no, es que ven a Google como su “salvador” frente al “monopolio” de Apple en la venta de música.


Parece que desde el maldito mundial (reconozco que suscribo al 100% la frase que leí por ahí que dice “la profesión de futbolista está, sin duda, entre las que menos aportan a la sociedad”) la vida marina ha conseguido captar parte de la atención del público y, por ende, de la prensa. Por desgracia y como era de esperar (el fútbol es como una especie de rey Midas, pero no convierte las cosas en oro precisamente) la atención ahora se torna negativa. Me refiero, cómo no, al artículo publicado por el Sr. Zarracina en la edición de hoy de El Correo, con el desafortunado título de “Comida para Peces” .
Posdatas:
Punto “g” de garete, me refiero. Si el usuario está en una zona con señal relativamente débil y pone el dedo en el fatídico punto, la llamada se puede cortar. Según la prensa, que últimamente parece contratar pulpos en lugar de periodistas, la cosa parece tremenda, una auténtica hecatombe. Y como ahora está “in” meterse con Apple (si yo fuera Jobs evitaría escrupulosamente pasar cerca de parques, colegios o niñódromos) ahora resulta que la cosa es una inmensa chapuza.
Parece que hay un clamor ensordecedor. Pero ¿de verdad? Quitando un puñado de blogs y los habituales moluscos de la prensa, parece no ser para tanto. Ayer Steve Jobs dio una conferencia de prensa que arrojó unos datos ciertamente estremecedores: poquísima gente (un 1,55% de los usuarios) ha llamado a quejarse por problemas de cobertura, y dicen que les han devuelto poquísimos. Incluso menos que en el caso del modelo anterior, el 3GS.
¿De qué se trata entonces? Vayamos por partes. Una de las grandes novedades del último modelo, el 4, es el diseño de la antena. Los teléfonos móviles actuales llevan la antena dentro, debajo de la tapa trasera. Apple sin embargo ha optado por algo diferente: han diseñado el teléfono en forma de dos “tapas” (una es la pantalla, la otra la tapa trasera) y entre ellas han situado un “marco” metálico, de acero inoxidable, que además resulta ser la antena. Antena que, recordemos, no es una sino trina: tiene que manejar la red inalámbrica y el Bluetooth (ambos están en las mismas frecuencias, así que valen por 1), el GPS, y la parte de móvil.

Y el punto “G” (de garete, insisto) se puede ver en la parte inferior izquierda de la foto. El marco de acero está dividido en dos elementos, y hay una separación de unos 2 mm. entre los dos elementos. Si se pone el dedo en el fatídico punto, el dedo conecta las dos antenas entre sí. El efecto, dicho en términos accesibles, es que la antena “se desequilibra” y eso reduce su rendimiento.
La solución parece ser utilizar una funda. Al rodear la carcasa no solamente se impide el contacto eléctrico; además se mantiene el dedo relativamente alejado de la antena, lo que previene el problema del “cortocircuito”. Lo entrecomillo porque no es necesario un cortocircuito estricto para causar problemas.
¿Podrían haberlo evitado con una capa de barniz, por ejemplo, de epoxy? Pues quizás no. La capa de barniz es fina, de unas micras, y seguramente no separa el dedo de la antena lo suficiente como para evitar que se produzca una capacidad parásita entre el dedo y la antena.
Se me ocurren dos soluciones: Reducir el perímetro del marco metálico, dejando, digamos, 2 ó 3 mm alrededor que se cubran con un plástico, de manera que la antena quede aislada y además el dedo juguetón se mantenga a distancia, o bien aumentar la longitud del “hueco G” hasta 1,5 cm. o algo así, y rellenar el espacio con una pieza de plástico. Todo esto, claro está, a no ser que vuelvan al diseño clásico de la antena debajo de la tapa trasera, pero dudo que hagan eso.
De todas formas, ¿realmente es tanto problema? Cuando la señal no es fuerte, no conozco ningún teléfono con el que no haya que prestar atención a la forma de agarrarlo. El vetusto Nokia 6021 que uso, GSM de los viejos, tiene problemas según a qué lado de la cabeza me lo pongo si estoy en una habitación de casa donde tengo una cobertura marginal. ¿El motivo? No, no tengo una placa metálica en el cráneo: necesita estar orientado hacia la puerta. Si interpongo la cabeza en medio, la señal se va.
Si realmente las quejas son tan pocas, el rendimiento es mucho mejor que en los modelos anteriores, y solamente tiene importancia en zonas con un nivel de señal bajo, yo diría que se trata de otro “hescándalo” (“h” intencionada) más de los que últimamente está de moda publicar.
Steve, pide audiencia al Pulpo Sapientísimo, y seguro que te rediseña la antena. No le des más vueltas. Y si no recomienda al personal que enrolle una de esas pulseritas detectoras de superdotados. Seguro que se “reequilibra” la antena.

