Amazon y Santa Rita
Imagine el lector que ha comprado un coche. Y, en un alarde de curiosidad, ha estado revolviendo en el motor mirando cómo están conectados los sistemas electrónicos. Hasta aquí, seguro que no describo nada raro.
Ahora, imagine que lleva el coche a su revisión periódica al concesionario y, para su sorpresa, con un estilo kafkiano total, le informan de que el coche ha sido confiscado y su contenido destruído por violar una cláusula del contrato de venta que impide la “ingeniería inversa”.
Suena surrealista, ¿no? Veamos la cosa punto por punto:
- Contrato que limita el uso del coche que puede hacer quien lo ha comprado. No es una cesión en alquiler.
- Destrucción del contenido
- Confiscación
Por si fuera poco, le informan educadamente de que no cumple las condiciones para ser cliente de la marca, y que le desean de todo corazón que sea capaz de encontrar un vendedor adecuado. No le devuelven ni una pela, claro está.
Y el caso es que juraría que, por mucho que en las condiciones del contrato de venta apareciera una cláusula justificando semejante atropello, cualquier juez la declararía abusiva y, por tanto, nula.
Suena a disparate, ¿verdad? Y de los gordos. Pues algo comparable le ha sucedido, dicen, a una mujer noruega con su lector de libros electrónicos Kindle, de Amazon. De la noche a la mañana se ha encontrado con la cuenta bloqueada, el contenido del lector borrado (aparentemente) a distancia por Amazon. Y todos los intentos por arreglar el asunto se han estrellado contra un muro de cemento. Los agentes de atención al cliente se limitaban a informarle, mediante un mensaje genérico, de que su cuenta se había relacionado de alguna manera con otra que había violado los términos de la licencia y la habían cancelado. Punto pelota.
No se cuál habrá sido el caso, no conozco a la afectada, pero si esto es cierto el incidente es para poner los pelos de punta a cualquiera. Dan ganas de olvidarse del libro electrónico y, o bien piratearlos directamente, dado que comprarlos parece ser una práctica de riesgo, o bien volver al papel.
Teorizan por ahí con un problema de derechos. Que la víctima es noruega y compró lo que no Debía (mayúscula surrealista intencionada) en la tienda inglesa. Y es que los editores aún no se han enterado de que dar la vuelta al mundo en 80 días era una proeza hace muchos, muchísimos años. Y ahora es de lo más normal comprar una cosa en la tienda de la esquina o en Singapur. Pero insisten en andar con la tontería de los derechos por zonas. No obstante, tampoco deben haberse enterado de que en la Unión Europea existe el comercio intracomunitario y, por tanto, todos los países de la Unión son prácticamente como uno solo.
Insisto en que no tengo ni idea en cuál habrá sido el motivo (que bien puede ser un fallo en un sistema automatizado de detección de fraudes), pero hay una cosa que aun así es completamente inaceptable: el que una compañía, por el hecho de tener la posibilidad de hacerlo, se tome la justicia por su mano (ver caso del coche más arriba) y “decida” retirar el contenido y mandar al usuario a tomar viento fresco.
No se trata, además de un caso aislado. Que se lo pregunten si no a Mikel Agirregabiria, a quien, de la noche a la mañana, y a pesar de ser un cliente de pago, Google canceló la cuenta sin más explicaciones.
No es la primera vez que hacen una de éstas, como ya comenté en su día en el blog, cuando de golpe y porrazo, para pitorreo generalizado del personal (menos los afectados, claro) vaporizaron las obras de George Orwell de los Kindle de sus clientes. El mismísimo Bezos se disculpó en público diciendo que fue una estupidez, pero por lo que veo de poco sirvió el mea culpa. Ahora parece, según The Register, que han restaurado el servicio a la afectada, pero no han dado ningún tipo de explicación.
En fin, creo que urge que estas compañías entiendan que no estamos en el salvaje oeste, y que lo de tomarse la justicia por su mano es inaceptable en un país democrático. Por supuesto puedo entender un corte de servicio en un caso realmente grave que amenace el buen funcionamiento de la infraestrctura. Pero ¿en un caso como éste, y habiendo cobrado las compras de libros, además del aparato? Inaceptable. Y si no, que las autoridades hagan su trabajo por una vez y empiecen a anular contratos surrealistas. Sólo falta que, como en el sketch de los Monty Python, aparezcan unos tipos a llevarse mi hígado.
Como cliente de Amazon desde hace muchos años, más o menos desde su fundación, aún estoy esperando una explicación coherente y racional, junto con una exposición de medidas y políticas que conviertan esto en un incidente aislado e imposible de repetir, aunque me temo que peco de optimista. Me temo que cancelaré mi cuenta y, literalmente, que les den. A tomar el pelo a otra parte.


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