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La rica bombillita

2012 julio 16
por Borja Marcos

Publica hoy El Correo una suerte de publirreportaje anunciando una “bombilla eterna”, incluyendo una entrevista a su “inventor” (eso dice el titular). El artículo menciona, cómo no, la celebérrima bombillita del parque de bomberos de Livermore (California) estrella invitada en el estúpido documental conspiranoico “obsolescencia programada”.

El tema la verdad se las trae. Sobre todo porque, muy en línea con las corrientes de “pensamiento” en boga actualmente, se mezclan montones de hechos sin demasiada relación entre sí, se agitan en una batidora, y se acaba “demostrando” que el motivo por el que España nunca gana Eurovisión es que los extraterrestres lo han prohibido.

Ruego paciencia al lector con este larguísimo rollo, porque quiero desgranar unas cuantas cosillas y forzosamente habrá que ir por partes.

Empecemos por las bombillas. El famoso invento de Edison supuso toda una revolución. Hasta la llegada de la bombilla, las fuentes de iluminación con las que se contaban se basaban en la combustión de algo. Podía ser aceite, algún gas, la mecha y la cera de una vela…

Hasta que llegó la bombilla eléctrica. Su funcionamiento es muy simple: tomamos un filamento por el que hacemos circular una corriente eléctrica. Si la corriente es lo suficientemente intensa, el filamento se calentará. Y como ya se sabe desde hace muchos, muchos años, todo cuerpo que esté a determinada temperatura emite radiación electromagnética. Si está lo suficientemente caliente, emitirá luz visible e incluso ultravioleta. Y eso es lo que hace la bombilla de toda la vida, aunque con una serie de problemas:

  • El filamento, muy caliente (unos 2800 grados Kelvin en el caso de una bombilla doméstica) se va evaporando lentamente y se debilita. Finalmente, la bombilla “se funde”.
  • Es enormemente ineficiente. Una bombilla convencional, de hecho, emite más energía infrarroja (es decir, calor) que luz visible.

¿Qué pasa entonces con la bombilla de Livermore? Pues es muy sencillo. En la filmación de televisión se ve el filamento rojo, lo que quiere decir que la luz es realmente poco intensa y que, además, no está ni mucho menos tan caliente como una bombilla doméstica. Así cualquiera, claro. Es decir, ¿sirve esa bombilla para algo, además de salir por la tele? Pues obviamente, no. Podemos ver su brillo si estamos en una zona oscura, pero nada más.

Si comparamos colores podemos ver un fenómeno curioso, de hecho: La bombilla de Livermore es más bien roja. La luz de una bombilla casera es más bien amarilla, y la luz solar es (si la comparamos con la de una bombilla) azul. ¿A qué se debe esto? A que cuanto más alta es la temperatura, más azulado es el color de la luz.

Un experimento sencillo: el lector puede coger una bombilla de linterna, por ejemplo de las que necesitan una pila de 4,5 V (de las de “petaca”) y alimentarla con dos pilas de 4,5 V en serie (o una de 9 V). ¿Qué pasará? La luz será mucho más intensa y más azulada, pero la bombilla durará mucho menos.

De hecho, para sorpresa de conspiranoicos varios, hay dos tipos de bombillas de filamento y halógenas: las que se emplean en cine y fotografía y las que se emplean en alumbrado doméstico y teatro.

¿Por qué la diferencia? Es una cuestión de prioridades:

  • En cine y fotografía la reproducción de color es fundamental. Se emplean bombillas de 3200 grados Kelvin.
  • En alumbrado doméstico y teatro, donde no importa tanto que la luz sea un pelín más amarillenta, se emplean bombillas de 2800 grados Kelvin, que, para espanto de los conspiranoicos, duran más que las de 3200.

¿No es sorprendente? La industria podría vendernos bombillas de 3200 grados K para alumbrado doméstico, pero las vende de 2800 debido a que su vida útil es muy superior. Vaya conspiración de las narices. ¿Por qué no las venden más amarillas? Pues porque aunque durarían  más, la luz sería demasiado amarillenta y además desperdiciarían aún más energía. En este ejemplo, en cine y fotografía la menor duración de la bombilla es el mal menor. Pero no hay economía doméstica que aguante bombillas con pocas horas de vida útil, de ahí que se haya optado por la menor temperatura obteniendo una mayor duración.

Por supuesto hay otras fuentes de iluminación, pero cada una tiene sus ventajas e inconvenientes. Los fluorescentes, más eficientes que la clásica bombilla, llevan ya muchos años entre nosotros, por ejemplo. De hecho son la base de las “bombillas de bajo consumo” que ahora compramos, que sí son mucho más eficientes que una bombilla tradicional, aunque el propio tubo fluorescente sufre un desgaste también, y es clave la calidad de la electrónica contenida en el casquillo (sobre este punto volveremos más abajo).

Desde ya hace muchos años, además, existía otro tipo de fuente de luz, el llamado LED (diodo emisor de luz). Un dispositivo semiconductor que produce luz con una eficiencia impresionante. El problema es que costó décadas de investigación conseguir un LED verde o azul medio digno, y no digamos uno blanco. Montones de científicos se han aplicado en este problema con uñas y dientes y al final lo han conseguido. Podemos comprar LEDs azules e incluso blancos. Y los podemos utilizar como fuente de luz, cuando hasta hace nada solamente servían como pilotitos de señalización en cuadros de mando, no daban para más.

Como siempre, y aquí hay mucha confusión, de ninguna manera son todos iguales. Hay diodos LED muy eficientes que por desgracia son muy caros, y diodos LED más baratos pero que son mucho menos eficientes produciendo luz. Así pues, antes de comprar ningún tipo de fuente de iluminación LED es imprescindible asegurarse de que sirve para nuestros propósitos.

En el caso de las lámparas LED, sobre todo las diseñadas para reemplazar directamente una bombilla de 220 V, además, hay otro factor adicional que afecta a su fiabilidad y eficiencia: la electrónica utilizada para alimentar los LEDs. No se pueden alimentar a lo bruto a 220 V como una bombilla de filamento.

Y aquí nos encontramos con el segundo ingrediente de la conspiranoia. Sí es cierto que en general la calidad media de la electrónica que se vende ha caído mucho en los últimos 10 años. También es cierto que el precio medio ha bajado, y que el público demanda precios muy inferiores aunque sea a costa de la calidad de los componentes, convirtiendo de hecho los aparatos en consumibles de usar y tirar.

Me ha hecho gracia la obsesión del entrevistado con la temperatura de fusión del selenio, el silicio y el germanio, cuando los semiconductores son componentes electrónicos tremendamente fiables y los componentes menos fiables, y especialmente cuando el fabricante se ahorra unos céntimos, son unos cacharritos llamados condensadores. Constituyen un problema de tal magnitud que hay un foro en Internet dedicado única y exclusivamente a los condensadores chungos: http://www.badcaps.net. No en vano, las altas tasas de fallos entre, por ejemplo, televisores modernos de pantalla plana (que de por sí deberían ser mucho más fiables que los tradicionales de tubo) se deben a eso, a problemas con condensadores de mala calidad.

Tentado estoy de comprar unas cuantas bombillitas de esas publicitadas en el artículo, más que nada para ver de qué fabricantes son los condensadores que utilizan: en badcaps hay una lista blanca y una negra. Y sería interesante ver si, por ejemplo, han usado condensadores Rubycon (con “b”) o Rulycon (con “l”), que tienen una considerable diferencia en precio y durabilidad. El mismo ejercicio puede ser muy interesante si comparamos bombillas de LEDs de ésas de DX de a duro y otras más caras. Por supuesto, puede haber “fabricantes” deshonestos que compren la misma morralla de marca blanca china y la vendan como si estuviera ensamblada por ingenieros aerospaciales. Pero quitando excepciones, en electrónica muchas veces el precio está justificado.

Entonces ¿por qué algunos cambian de ordenador o de móvil cada poco tiempo? Los móviles, por ejemplo, son aparatos que soportan un maltrato tremendo, y aun así sobreviven. La mayoría de la gente los cambia porque sale al mercado uno más avanzado y porque la estrategia comercial del operador de telefonía de turno consiste en mantener tarifas altas y regalar espejitos y baratijas a los clientes (es decir, teléfonos nuevos) todos los años para mantenerles contentos.

Lo que hace que mucha gente considere obsoleto un producto no es necesariamente que deje de funcionar. Hoy en día se considera algo obsoleto cuando se puede comprar un modelo mejor. Y en un sector como la informática, donde cada año se consigue una mejora sustancial de prestaciones y capacidad, el último grito de hoy será dentro de un año un modesto murmullo en comparación con el último berrido del momento.

Tomemos un mercado más maduro. ¿Un microscopio (óptico, convencional) de hace 30 años está obsoleto comparado con un modelo actual? Pues no. En la mayor parte de los casos y, claro está, si está bien mantenido, no se distinguiría demasiada diferencia. Lo mismo pasa con unos prismáticos o con un micrófono. Por ejemplo, es un hecho que en grandes estudios de grabación siguen empleando micrófonos con más de 40 años. Es un ejemplo comparable a los violines Stradivarius.

Recuerdo una conversación hace tiempo en la que decía que aunque usaba ordenadores algo más caros que la media los utilizo durante 5 – 8 años. La respuesta de mi interlocutor fue que prefería comprar los más baratos y cambiar todos los años para no padecer un ordenador “lento” a partir del primer año.

¿En qué quedamos? ¿No eran las malvadas transnacionales las que los hacían obsoletos?

P.D: Mis más sinceras disculpas por el lamentable formato de este artículo, pero el editor de esta plataforma sigue siendo in-ma-ne-ja-ble.

  • Rackham the Red

    Muy interesante y claro. Por cierto, sólo un apunte tonto. El Stradivarius fue ya el punto máximo en fabricación de violines. Después de, digamos “este modelo”, los siguientes avances se han tenido que hacer para violines eléctricos, con funcionamiento de gramola (caso de los Stroh) o simplemente con un sensor en el puente para captar el sonido de forma más efectiva. Otra opción ha sido la búsqueda de nuevos materiales que abaraten el coste o formas de producción en serie (violines chinos) que si bien no son Stradivarius, suenan razonablemente y cuestan un módico precio.
    Y ahora es cuando viene la pregunta. Si en violines, digamos que hemos llegado un punto muerto, y que en madera ya no hay más evolución (lo que no descarta otras vías de fabricación en otros materiales o con otras concepciones de forma) ¿pasa/pasará lo mismo con los ordenadores? Con las bombillas creo que nos ha quedado claro, lo mismo que con el microscopio. Lo pregunto porque he podido ver que se pasó de aquellos chismes con DOS y tarjeta gráfica hércules hasta llegar a, por ejemplo, mi mac de pantalla plana. Y en los últimos años no he notado unas diferencias tan notables como cuando pasé de DOS al windows. Más memoria, más programas, más rapidez, dispositivos periféricos inalámbricos… Pero no he visto nada fuera de serie. ¿O simplemente no me he fijado con atención?

    (y si, llevo dos años en silencio, uno maldiciendo el paro y la crisis, y otro dedicada a un máster, pero soy el mismo pirata de hace tiempo)

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  • Maiguel

    Solo una pequeña corrección: No se dice “2800 grados Kelvin” sino “2800 Kelvin”. Cuando yo estaba en BUP ese error era merecedor de suspenso directamente ;)

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