Es increíble cómo pasa el tiempo. Me descuido y llevo un montón de tiempo sin escribir ningún exabrupto, y no puede ser. Así que allá vamos: y esta vez la víctima afortunada es el mundillo Linux en general.
Quizás a más de uno le sorprenda por qué tengo tanta manía a Linux. La cosa viene de lejos. Por resumir, digamos que para alguien que lleva más de 20 años trabajando con sistemas Unix de varios pelajes, la cosa del Linux es sencillamente una abominación. Uno se encuentra con un sistema que parece Unix, lo que en principio crea ya una buena disposición de entrada, para a continuación sufrir una demoledora decepción: es un desastre. Incluso en muchos casos peor que Windows.
Y el caso es que considero necesario echar un vistazo de vez en cuando al estado de la cuestión. Con Microsoft de momento fuera de juego y sin saber aún si Hewlett-Packard va a resurgir de sus cenizas y lanzar algo interesante de verdad (WebOS) o la cosa se va a quedar en un arranque de caballo y parada de burro, la única alternativa a Apple ahora mismo es, por desgracia, algún Linux en alguna de sus distintas encarnaciones. Android en teléfonos o esa cosa que llaman media-tablets, Ubuntu u otro en Netbooks, etc. Un sistema en el que deposité muchas esperanzas, Chrome OS, de Google, de momento tiene muy mala pinta. Veremos si me sorprenden.
Llegados a este punto, como acabo de mentar a Apple, más de uno ya estará pensando “¡fanboi!” (sí, lo escriben terminado en “i” latina). De hecho, por dios, ¿cómo se me ocurre criticar a Linux cuando todos sabemos que es sin duda la salvación? Pues no, nada más lejos de la realidad. Cliente satisfecho, sí. Y también preocupado porque no veo ninguna alternativa que sea mínimamente decente.
Casualmente, además, estas navidades me tocó un flamante Netbook en un sorteo, así que pensé que era una oportunidad de oro para ver si, efectivamente, en el mundo Linux habían mejorado un poco las cosas. Aproveché, además, para probar un poco Windows 7, dado que, cómo no, traía una licencia “starter” instalada. Mi paciencia, por desgracia, no duró más de una tarde. Al día siguiente estaba ya mirando qué opciones me ofrecía Linux, en opinión de algunos tan injustamente desterrado del mercado masivo de Netbooks, sin duda por las arteras tácticas de Microsoft.
Iluso de mi.
Nota: téngase en cuenta en el relato que sigue que todo esto lo hice en modo usuario. Mi idea era comprobar si estos sistemas son útiles para un usuario normal, no profesional de la informática o que, sencillamente, no quiere ejercer de tal cada vez que quiere mandar un mail con la palabra “PATATA”. Algo que no debería ser ciencia espacial.
El primer obstáculo con el que me encontré fue la simple y llana instalación. Empezando por la descarga. Hoy día todos tenemos una colección de pendrives, así que es estúpido desperdiciar un CD en una instalación. Consulté, por tanto, las instrucciones de descarga y copia a un pendrive, y las seguí al pie de la letra. Resultado: no arrancó.
Y he ahí el primer acierto clamoroso. En realidad ya sabía que no arrancaría, pero hemos dicho que estaba en modo USER. En un mundo razonable, a un usuario le debería importar un pito que una imagen esté en formato ISO9660 o esté en formato de disco duro para arrancar de un pendrive. Pero no, en el mundo Linux un usuario tiene que preocuparse de estos detalles, aunque se la refanfinflen. Si no, parece que es un pringado que no merece alcancar el estado de gracia pingüinil.
Strike 1, que diría Sheldon en Big Bang Theory. Me pregunto cuánta gente no ha pasado de esta fase. Descargar imagen, copiar al pendrive, intentar arrancar, ver que no funciona, y descartarlo con un suspiro “pues será que Linux no funciona en este ordenador”.
Una vez grabado un CD, procedí a arrancar e instalar. El sistema elegido era Ubuntu para Netbooks. Y he de reconocer que en principio la instalación me causó una buena impresión. No ofrecía casi opciones. Aún está vívida en mi memoria mi primera instalación de Linux, allá por el año 94 ó 95, cuando el sistema (Slackware) no ofrecía una instalación básica, sino que me obligaba a instalar todo o, por el contrario, contestar si quería instalar cosas tan básicas como el “diff” y un tipo de letra Klingon para el TeX. Pero me estoy desviando.
Y aquí llego el Strike 2. El sistema me ofrecía una opción (no seleccionada por defecto) de “instalar paquetes propietarios“. Acompañado, además, de algún comentario disuasorio, como dando a entender que, bueno, eso no era buena idea. Como usuario que era en ese momento, seguí adelante. Y supongo que en este momento algún avispado lector habrá pensado: “toooma, te quedaste sin inalámbrica”.
Me pregunto también cuánta gente habrá desistido en esta fase. Pasado el inconveniente del pendrive, y una vez instalado, uno de los elementos más importantes de un netbook no funciona. A la porra. Vuelta a Windows, habrá dicho más de uno.
Una vez más abandoné mi “modo usuario” y rearranqué la instalación, decidido esta vez a seleccionar la bárbara y atroz opción del “software propietario”, a ver si sonaba la flauta. Y sonó. Esta vez me encontré con que sí tenía inalámbrica. Aun así, me pudo la curiosidad y me encontré un signo más de estupidez licenciológica. Cómo no. En el registro de errores del sistema (al que me dirigí para ver qué modelo de controlador inalámbrico tenía) me encontré varios mensajes de aviso, como si fueran gravísimos errores, que me advertían de que el controlador de marras subvertía la virnigidad licenciológica del núcleo.
En fin, no me voy a extender esto, pero imagine el lector la que se liaría si en la etiqueta de un alimento se encontrara una advervencia como ésta: “ATENCIÓN: SI A USTED LE GUSTAN LOS PERROS, SEPA QUE ESTE PRODUCTO HA SIDO ELABORADO POR PERSONAL ENTRE EL CUAL SE ENCUENTRAN AMANTES DE LOS GATOS.”
Suena ridículo, ¿eh? Claro que sí. Pero es así como ve el mundo un adepto de la Iglesia de la Licenciología. Uno le cuenta algo así como “estoy probando un programa que está muy bien, hace esto, esto y lo otro”. Y el licenciólogo, antes que cualquier otra cosa pregunta: “Pero eso, ¿qué licencia tiene?” Así, como suena.
Llevábamos ya dos strikes. Instrucciones de instalación deficientes y estupidez licenciológica en la instalación. Pero al menos conseguí instalarlo y me hice el propósito de utilizarlo un par de días, a ver qué tal me defendía con él.
Y llegamos al strike 3. Realmente hay que empeñarse, y con ahinco, en abrazar la fe verdadera del Linux. Era sencillamente insufrible. Un netbook es un portátil muy pequeño donde en general uno tampoco va a hacer cosas muy complicadas. Pero los responsables de la cosa no parecen haberlo entendido. Llegué a extrañar Windows, que de hecho me había sacado de quicio.
Descartado Ubuntu (un CD a la basura) probé Kubuntu. Siempre me pareció ridícula la guerrita Gnome/KDE. Pero es que además ambos han parido monstruos. Ni siquiera voy a comentarlo, de puro demencial.
Estaba ya preguntándome si, después de todo, sería capaz de encontrar un sistema que me permitiera usar un Netbook como un simple usuario, cuando me encontré con algo que parecía prometedor: Jolicloud.
Después del fiasco, todo hay que decirlo, había bajado mi listón de usuario considerablemente, y directamente grabé un CD con la imagen. Instalé y en principio me sorprendió agradablemente. Tiene un escritorio limpio, pensado para llevar un puñadito de aplicaciones, que es para lo que sirve un Netbook, y no complicarse mucho la vida. De hecho, me recordó vagamente a lo que quiere llegar a ser el (de momento) vaporoso Chrome OS.
Los problemas empezaron en cuanto traté de utilizarlo. Ya se que muchos usuarios de Linux, lo he repetido hasta la saciedad, ven su sistema como un divertido bonsai electrónico. Instalan programas, borran programas, actualizan programas, vuelven a empezar. Pero en la vida de casi todo ordenador llega el momento en el que, vaya, es necesario utilizarlo para algo.
Y aquí llegó el escándalo. El navegador de Google, Chrome, cascaba al acceder ¡a la propia página de Google! Otra de las aplicaciones, el acceso directo al correo electrónico de Google, tenía la curiosa obsesión de fallar de vez en cuando. Mientras desde otros ordenadores de la red podía acceder a Gmail sin problemas, el pobrecico Jolicloud se quedeba reintentando, reintentando, reintentando, hasta que unos minutos después me decía que Gmail no funcionaba y que probara a refrescar. Refrescaba, y, ¡voila! por fin volvía a la vida. Aunque, ¿tiene sentido tener que esperar 5 minutos para poder acceder al correo? Yo diría que no.
Así ha quedado la cosa, esperando a que apareciera algo interesante, hasta que hoy ha salido una nueva versión del Jolicloud, rebautizado ahora como Joli OS. La versión 1.2. Ni corto ni perezoso, he ido a la sección del escritorio donde se instalan las actualizaciones, he seleccionado “comprobar”, me ha dicho que tenía 155 actualizaciones pendientes, he dicho que actualice, se ha quedado “actualizando” un minuto, me ha dicho que mi sistema “ya está sincronizado”
Y así me he quedado, en un eterno bucle, tratando de actualizar el sistema. Selecciono la actualización, confirmo, dice que está todo, pero por supuesto no lo está, y todo esto sin el más mínimo mensaje de error. Se hace el sueco con una sonrisa de oreja a oreja. Al final buscando por Google me he encontrado con gente que ha tenido estos problemas y ha tenido que abrir un terminal, y ejecutar una cosa llamada “update-manager” a mano, cosa que acabo de hacer. Lo que me pregunto es si funcionará, porque me ha advertido sobre la imposibilidad de verificar la integridad de los paquetes, y bla, bla, bla. Intuitivo, vamos.
Hasta aquí mi nosecuantésimo intento con algún Linux. Hasta ahora en todos los casos he pinchdo en hueso. Y, claro, mientras voy haciendo estos experimentos, con los que llevo hoy unas dos horas entre pitos y flautas, no dejo de preguntarme cómo es posible que la comunidad del Linux se sorprenda de que los usuarios les hayan dado la espalda.
“Que coman bollos” dijo María Antonieta días antes de ser decapitada. Quizás también era usuaria de Linux. ¿Estaba patentada la guillotina?