Es curioso. Debe ser cierto lo del síndrome de Peter Pan. Algunos no crecen ni a golpes. Y si no, que se lo pregunten a los próceres de la industria cultural, empeñados en agarrarse al famoso refrán “el que no llora no mama” cual lactante a un pezón. Por si fuera poco, más que agarrarse lo muerden con saña mientras lloran a moco tendido.
Los últimos en apuntarse a la llorada son, cómo no, el mundo editorial. Ahora están “alarmados” por la llegada del libro electrónico y sobre todo del iPad. Y es que hay algo que digieren muy mal: Los cambios.
Esto ya viene de lejos. Recuerdo que a principios de los 90, antes de la llegada del gran público a Internet, un buen día explicaba en Bilbao a una librera atónita que era ridículo pretender cobrarme 12.000 ptas por un libro que en Londres se vendía por 25 libras y que, para colmo, me dieran un plazo de 3 meses. Pidiéndolo yo mismo por fax o por teléfono a una librería inglesa lo recibía en casa en una semana. “¡Es es imposible!” llegó a decirme. Así estaban las cosas en el mercado del libro.
Y así están. De hecho creo que han ido a peor. En mi opinión la raíz del problema está en que la industria cultural, y especialmente la española, está muy mal acostumbrada. Eso de la globalización era cosa de otros. Dentro de un orden, claro. Si les sale más barato imprimir en China, ¿quién se lo va a impedir? Lo que desde luego hay que impedir a toda costa es que un traidor compre un libro fuera del chiringuito porque le sale más barato. ¿A dónde vamos a ir a parar?
Quizás el caso de España sea el más llamativo de los países de nuestro entorno. Creo que estamos a la cola de Europa en cuanto a conocimiento de idiomas. No hay más que ver el prodigio de gobernantes que tenemos, muchos de ellos funcionarios preparados para la ventanilla nacional y punto pelota. Fiel reflejo de la sociedad. Y esto, claro, crea un mercado cautivo fantástico. Sudamérica está muy lejos.
No voy a justificar de ninguna manera la caradura de muchos usuarios. Pero ¿alguien se digna venderme un capítulo de una serie? Si vivo en EEUU, sí. Si vivo en España, no. ¿Puedo comprar música en la tienda online de Amazon si vivo en España? No. Los ejemplos son incontables. Y no creo que sea porque a Amazon no le de la gana.
Es imposible afirmarlo con certeza, pero estoy convencido de que la pertinaz ceguera de la industria ha favorecido, y de qué manera, el desastre de piratería que hay ahora mismo. Porque, sí, ciertamente me parece un desastre. Aparte de las repercusiones económicas, tanto películas como música o libros se han devaluado enormemente. Y, perrillas aparte, esta trivialización me parece mucho más preocupante. La gente descarga de manera compulsiva cosas que en muchos casos nunca verá, leerá o escuchará. En el caso de los libros, la gente se los intercambia en paquetes de 1000. ¿Cuánta gente ha llegado a tener en su casa más de 100 libros? ¿Cuánta gente ha leído más de 50?
Sin embargo, parece que el mundo editorial ha sido incapaz de escarmentar en cabeza ajena. En lugar de ver el libro electrónico como una buena oportunidad para aumentar las ventas con unos costes muy reducidos, no. Es una amenaza.
Dicen que equipos como el iPad son una amenaza. Curioso. Precisamente, cuando salió el iPhone hubo gente de los círculos libertario-guays e incluso algún periodista que criticaban a Apple por “establecer una cultura del pago”. No recuerdo dónde, un periodista decía que “lo primero que tuve que hacer al activar el iPad fue dar un número de tarjeta de crédito”. Como si pagar por un programa fuera algo intrínsecamente malo. Caray, si incluso lanzaron simultáneamente una tienda de libros. ¿Hay algo accesible desde España? Pues no, solamente veo contenido en el dominio público.
Desde el mismo iPad maléfico se puede acceder sin problemas a la tienda de Amazon, Kindle. También estandarte de la “cultura del pago”. ¿Dónde están las editoriales españolas? Pues en ninguna parte, es decir, en una plataforma que han montado cuyo modelo no acabo de entender. Los únicos que sí parecen haberse dado cuenta de la oportunidad son los periódicos. A través de Kindle es posible suscribirse a los periódicos de Vocento, Prisa, Unidad Editorial… Yo diría que los editores de periódicos, que ya tienen más experiencia en estas lides, están identificando estas nuevas plataformas como oportunidades.
Desde luego, el libro electrónico ofrece ventajas para la editorial. No hay costes de impresión ni distribución. En el caso del Kindle y el iPad, equipados con conexión inalámbrica, se pueden comprar publicaciones de manera instantánea desde el mismo dispositivo. Se aprieta el botón y en cuestión de un minuto tenemos la publicación disponible. Nada de compras de impulso frustradas por no haber ejemplares disponibles. Y en el caso del iPad, hablamos del que de momento es el único dispositivo en esa categoría que los analistos llaman “media tablets”, con un 95,5 % del mercado según dicen (confieso no tener ni idea de cuál es ese 4,5 %). ¿Y no se han molestado en estar presentes en ese mercado? Demencial.
Con retraso, y mucho, varias editoriales han montado una plataforma de venta de libros digitales. Pero, fieles a sus viejas costumbres, juegan al “pa tí sí, pa tí no”, como no podía ser menos. ¿Existe alguna industria más que ande haciendo el indio con acuerdos comerciales como hace la industria cultural? Hasta la Comisión Europea dijo en su día que las restricciones intracomunitarias que impone la industria musical son contrarias al Tratado de la Unión. ¿Ha servido de algo? No, porque lloriquean como industria amenazada que dicen ser, y esperan saltarse la ley impunemente o, mejor aún, que les hagan una ley a medida que les sostenga la economía del chiringuito.
He dicho que escarmentar en cabeza ajena no es el fuerte de las editoriales, cierto. Pero hay algo que sí han aprendido de la industria audiovisual: sigue con tus chapucillas de chiringuito de siempre, y, eso sí, llora, llora mucho, que te darán la leche gratis. A este paso tener una impresora en casa, por la que ya hay que pagar canon, va a ser más peligroso que tener una vietnamita en tiempos de la dictadura.
En fin, deberíamos cambiar el nombre del Ministerio de Cultura. ¿Por qué no proponemos alternativas los comentarios, votamos el mejor y mandamos una propuesta?
Yo voto por “Ministerio de Plañidura”.