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Íñigo Domínguez

Íñigo Domínguez

Arrivederci

 

Queridos lectores de este blog, si no lo saben ya se lo digo yo: me voy de Roma. Esto es una despedida y es el último artículo que les escribo por este conducto. Evidentemente no sé qué decir. He pasdo aquí 15 años, la mitad con este blog. Son días de despedidas y no se me dan nada bien. Por suerte no tengo tiempo para ellas porque debo resolver interminables papeleos. No te dejan ir así como así. Encima mientras estás a la espera al teléfono en la compañía eléctrica Acea te ponen Imagine, de John Lennon, que canta “imagina otro país”. Ya, eso es lo peor. El futuro en Italia, y en Roma, es algo imposible, que no se ve y resulta angustioso, piensas que en este país no se puede vivir, pero es que el presente, ese presente siempre tan lleno de problemas del que todos se lamentan, se hace mucho más intolerable cuando sabes que te tienes que ir, porque te das cuenta de que no te querrías ir. Es una trampa sin solución, y este país, esta ciudad, te atrapa. “Si, Roma ti frega, perche poi è bella”, me dice el quiosquero. Traducido: Roma te engaña, o te la juega, porque es que luego es bella. Es decir, te lamentas y la odias, pero al final estás enamorado de ella, te quejas, pero no la dejas.

Estos días la mirada es más intensa, y muy traicionera, porque uno se pone sentimental. Hasta la porquería de las calles me parece entrañable y lo más consolador es también lo más asfixiante: aquí no va a cambiar nada.

El otro día me encuentro en el portal a un vecino que sale con una bolsa llena de tarros de cristal vacíos. Le pregunto si va a tirarlos a la basura. Me dice que no, que son los que usa su madre para darle la salsa de tomate y va a devolvérselos. Pero es que este señor es ya mayorcito, es más, es el abuelo de una de las amigas del colegio de mis hijas. Sigue con sus costumbres y sigue siendo un niño.

El domingo en la plaza me encuentro a un niño vestido con el uniforme de la Roma, reluciente y apenas estrenado, con el número 10 y le pregunto para tomarle el pelo si es de la Lazio. Me grita la respuesta, porque ve que no he entendido nada: “¿Pero qué dices? ¡Hoy es el cumpleaños de Francesco Totti!”. Sí, la verdad es que sigo sin entender gran cosa. Dentro de unos años volveré y Totti seguirá jugando con cincuenta y pico, porque ya no es un fenómeno humano, sino histórico, como la ciudad.

Estoy con un amigo metido en política y vemos pasar un personaje del barrio, uno de esos individuos de toda la vida, sin oficio conocido, al que todo el mundo conoce, que pasa el día de aquí para allá. Mi amigo me cuenta que el otro día se le acercó y le contó que exactamente por sus características, por su mera condición de personaje del barrio, su aspiración era que el ayuntamiento le pagara un dinerillo. “Con 700 euros me conformaría”, le dijo en confianza. Porque es una garantía para la comunidad: vigila la calle, está atento a los niños, avisa si hay desperfectos, sabe lo que se mueve en el barrio. En sus palabras, tiene “control del territorio”. En su opinión podía prestar un buen servicio al Estado, que bien necesitado está. El detalle redondo de esta historia es que este hombre en los ochenta era un ‘soldatino’ de la Banda de la Magliana. Es decir, mantenía el “control del territorio” para este grupo criminal. Pero puede pasar del anti-Estado al Estado con toda tranquilidad.

El colegio público de mi hijo ha estado todo el mes de septiembre con horario solo hasta la una, con recreo y comedor incluido, por los eternos problemas de organización del personal. Luego, el primer día de horario completo, este lunes, se marcaron una asamblea sindical de dos horas. Qué recuerdos. El año pasado hubo una racha de huelgas y asambleas semanales de las que te avisaban el día antes, si te avisaban, y nunca te sabían decir si la iban a secundar o no, solo que la había y luego ya verían. Tenías que ir por la mañana a ver si hay suerte o qué. Un día hubo suerte y entraron los chavales. Los padres nos saludamos aliviados y desaparecimos en el tráfico de Roma, cada uno a su trabajo. Bien: a las 11.30 nos llamaron a todos para que fuéramos corriendo a buscarlos antes de las 12.00, porque la profesora de esa hora había decidido en el último momento unirse a la huelga.

Fui dispuesto a quemar las instalaciones. Encontré allí padres y madres desesperados con idéntica disposición, jurando en arameo. Había una unanimidad total y enfurecida en montar un pollo monumental. Hubo dos fenómenos asombrosos. El primero es que estaban todos. Es decir, todos los padres, de las profesiones más variadas, habían podido dejar el trabajo a media mañana de repente, y que sea lo que Dios quiera. El segundo es que cuando salieron los críos, me puse en cabeza a dirigir la rebelión para protestar y al girarme estaba completamente solo, habían huido todos. Mi diálogo con la maestra que sacó a los niños fue inolvidable. Tras protestar enérgicamente, me explicó que la maestra del siguiente turno al final se había levantado, se lo había pensado con un capuccino y había decidido secundar la huelga. Le pregunté cómo eso era posible y me dijeron que tenían derecho. Es más, que no tenían ni que habernos avisado para ir a coger a los niños y eso ya había sido una deferencia. Le dije que todo me resultaba incomprensible y dijo la siguiente frase, que quedó esculpida en el aire mientras la pronunciaba:

-Hombre, tenga en cuenta que el objetivo de la huelga es crear el máximo malestar social.

Como si no tuviéramos bastante, pensé yo, y esta hija de puta de profesora de mi hijo se levanta pensando por la mañana de qué manera me puede joder lo máximo posible.

Una amiga y vecina es mitad italiana y mitad neoyorquina. Se vino a vivir a Roma hace unos años. Me contó el otro día cómo fue la última reunión de la comunidad de vecinos del edificio, que es una casa de locos. Nadie paga las cuotas, discuten por los más nimios detalles, han acumulado una deuda descomunal. Las reuniones suelen ser penosas. Yo me libro porque estoy de alquiler, pero oigo los gritos desde mi casa. Mi amiga, que con su arraigado sentido de comunidad estadounidense se pega con las paredes para intentar cambiar algo, me dijo que salió profundamente deprimida. Porque cada cual va a lo suyo, es incapaz de pensar más allá del mes siguiente y en general predomina una profunda ignorancia, en la que destacan un par de jefecillos, los que más gritan o se dan más aires, a los que se unen mansamente los demás. “Me avergoncé de ser italiana”, me dijo. Sí, no es descabellado pensar en esta comunidad de vecinos como una pequeña metáfora de Italia. Luchar aquí contra los elementos es una guerra continua, y te preguntas si tiene sentido hacerla porque no la vas a ganar, la pierdes siempre. No sabes si admirar como sabiduría ancestral el cinismo e inmovilidad de los romanos o maldecirlos por su conformismo.

Me entristece dejar de tratar al señor gruñón del ultramarinos de abajo, justo ahora que por fin, después de cuatro años de malas caras, estábamos alcanzando un grado de confianza en el que yo creo que ya casi podía llegar al menos a insultarme.

Hay de todo, claro. La conserje de otro colegio, el de mis hijas, aplica una deliciosa filosofía a la campanilla que marca la hora de entrada en el edificio. No suena siempre a la misma hora, automáticamente y de forma programada, sino que la toca ella, y lo hace en función del número de niños que han entrado, no por la hora exacta. Es decir, cuando cree que ya han llegado casi todos, según el retraso general del día, hace sonar el timbre. Es un timbre fluctuante, una hora elástica, sensible a las dificultades humanas.

Ayer mismo escuché un diálogo increíble mientras comía en una trattoria del Ghetto. Eran dos señoras bastante mayores, viejas amigas, parecían del barrio, muy romanas. Hablaban de sus cosas, de chismes, de dinero, lo típico. Pero tras una pausa una va y dice: “¿Sabes? El otro día había un mosquito en la habitación y zas, me lo cargué. Entonces pensé: para este mosquito seguro que soy un ser prácticamente eterno, porque en su minúscula existencia ni es capaz de concebir un tiempo para él tan largo, y para mí matarle fue como rascarme, no me causó la más mínima reflexión. Entonces pensé que tal vez yo sea un mosquito para un ser superior al que mi vida le importa un pimiento y un día, zas, me mata”.

-Ah, estamos hablando de una entidad externa, dijo la otra mujer.

-Sí, a la fuerza.

-Ya, ¿y qué quieres hacer? Es así.

-Ya.

Y se ventilaron la botella de vino.

Italia y los italianos son inaffidabili, poco de fiar, una palabra muy suya. Es mejor no esperar nada, porque quedas decepcionado. Pero a cambio suceden cosas que no te esperas. Y yo adoro las sorpresas, son la sal de la vida. Hay una generosidad y cercanía humana muy espontánea, con un fatalismo vital único, falto de dramatismo. Estos días ceno con amigos y con todos me pregunto por qué demonios no nos hemos visto más, ahora que no nos vamos a ver más. También me pasa con ustedes, pero espero que nos sigamos viendo.

Un abrazo y arrivederci


Final de Roma (1972), de Federico Fellini.

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