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La vida italiana de Chet Baker

2009 octubre 24
por Íñigo Domínguez

Hoy vamos a contar historias, que ya está bien de Berlusconi y de desgracias. Es una historia muy buena, lástima que sea impublicable. Pasa mucho últimamente, pero menos mal que para eso están los blogs. Va de Chet Baker. Si les apetece, pueden escuchar esto mientras siguen leyendo:

No sé si a ustedes les gusta Chet Baker o si lo conocen, pero si no es así explicaremos sumariamente que era un chico delgado y melancólico que tocaba la trompeta con una languidez que parecía que se estuviera desangrando. Chet Baker, que nunca tuvo una casa, es un personaje de hoteles y prisiones. Los alternaba con los conciertos. Era adicto a la heroína y a la cocaína, y a fármacos diversos. En 1960 cayó en una cárcel, en Italia. En Lucca (en la foto lo tenemos en el hotel Universal de la ciudad).

El 31 de julio de ese año lo encontraron tirado en el baño de una gasolinera de Lucca tras meterse un chute. Entró en la cárcel en agosto de 1960 y salió en diciembre de 1961. Un año y cuatro meses. Su arresto fue un gran escándalo, porque la combinación de artista y heroína entonces era muy novedosa en Italia. Chet ya era famoso y le aplicaron una pena severa, a modo de ejemplo. Pero enseguida entró en escena la vena italiana, gracias al cielo, esa humanidad que abre espacios a lo mágico. En estas palabras se condensa toda la grandeza de Italia: «En la cárcel estaba prohibido tener instrumentos musicales, pero en su caso se hizo una excepción. Porque el hijo del director era amigo nuestro. Le dijimos: ‘Mario, Chet es un gran artista, es un pecado que la música sea privada de este talento. Intenta echarle una mano, intenta hablar con tu padre, a ver si puede hacerle un favor…». «Ci parlerò», dijo Mario (Hablaré con él). Cualquiera que conozca Italia sabe, al oír esa expresión, que estaba hecho. «Volvió y nos dijo: chicos, lo he conseguido. Desde hoy, Chet podrá tener su trompeta… È stata una bella conquista», relata un vecino de Lucca, músico de jazz.

Chet tuvo la suerte de que en Lucca, una pequeña y hermosa ciudad toscana que hoy tiene 80.000 habitantes pero entonces muchos menos, había una activa colonia de aficionados y músicos de jazz. La noticia del arresto de Baker en su pueblo fue un bombazo. No se lo podían creer y fueron al juicio a ver a su ídolo. Pero hicieron algo más. Consiguieron meterle una trompeta en la cárcel. Chet Baker tenía permiso para tocar dos horas cada tarde y la prisión se paraba para escucharle. Pero también la gente del pueblo iba a los muros de la cárcel para el concierto vespertino, como un ritual cotidiano. Imagino que alguno llevaría la silla.

“Nos subíamos a la muralla y su celda estaba muy abajo. Entre la altura y la distancia no se oía muy bien y además a esa hora soplaba el viento de poniente. Pero iba toda Lucca, no sólo a escuchar, sino a hacerle sentir nuestra compañía. Era sensacional, en el cielo de la tarde se expandía la música, una cosa mágica que se me ha quedado en la memoria”, cuenta una de aquellas personas. Los que eran amigos del hijo del alcaide subían a su casa, a un estudio en el último piso. “Al atardecer se oía la música, llegaban las notas bellísimas, sentimentales… Desde allí se oía muy bien y nos sentábamos en los sillones a escucharle. Era bellísimo, y pensando que tocaba en una celda, y que sufría por eso, era aún más emocionante”, recuerda otro.

¿Se imaginan cómo serían esos crepúsculos en la cárcel de Lucca? El lamento de la trompeta se colaría libremente por todos los rincones de la prisión, entre los barrotes de las celdas. Los guardias interrumpirían la ronda pensativos en los pasillos. Los reclusos cerrarían los ojos dulcemente mirando al techo, soñando con sus infancias, sus amores o las despedidas, acurrucados en las mantas. Como con la música de Billie Holliday, una caricia con la que uno se hace pequeñito, mengua y desaparece. Apostaría que cambió completamente la atmósfera de la prisión.

No sé ustedes, pero yo hubiera asaltado un estanco para que me metieran en la cárcel.

También estoy seguro de que Chet Baker ganó peso, con la pasta y la buena comida, los horarios regulares, la vida tranquila, un entorno afable y familiar, el aire del campo. Y la admiración general, porque en Italia un artista es sagrado, no como en España, donde cualquier forma de sobresalir de la multitud está mal vista. Supongo que por un primitivo reflejo feudal, de súbditos. En una cárcel de Londres o Colorado se habría muerto de asco. En sus memorias, ‘As though I had wings’, Chet Baker cuenta su paso por muchas prisiones y en todas las demás le trataron a patadas. Quién sabe qué vida hubiera tenido Chet Baker si se hubiera italianizado un poco más, si se hubiera aficionado a la pasta y hubiera echado un poco de raíces. Había posibilidades: conoció a su futura mujer, Carol, en Milán, tenía muchos amigos, aprendió el italiano. Pero quién sabe si su música habría sido igual.

Baker, que era un duro, no cuenta mucho en sus memorias sobre su estancia en la prisión de Lucca, pero de lo que esboza da la idea. Jugaba al ajedrez con un ex-traficante de armas yugoslavo y andaba siempre discutiendo con el padre Ricci, el cura de la prisión, porque le censuraba las cartas que escribía a su novia. Además le quitaba las fotos de Playboy que le enviaba ella. Carol le mandó una carta todos los días durante un año. Se hizo amigo de dos guardias, que se las arreglaban para dejarle a solas con Carol en las visitas y que pudieran hacer el amor.

Cuando salió, esa misma noche, sus admiradores organizaron un concierto y alquilaron nada menos que el Teatro Comunale de Lucca. Una fiesta de aclamación por su regreso a la libertad. Tocaron gratis y le regalaron toda la recaudación, para que pudiera empezar su nueva vida, porque salió sin una lira en el bolsillo. Tocó con la banda más importante de la ciudad, de Giovanni Tommaso, Franco Mondini, Antonello Vannucchi y Amedeo Tommasi. Estos músicos eran el corazón de ‘Los cuatro de Lucca’, un grupo de jazz que tuvo su fama. Eran cinco, pero uno lo dejó por un puesto en la RAI. Ensayaban en un sótano de Palazzo Raffaelli, en plaza San Giovanni. Baker mantuvo con ellos una relación especial y tocaron varias veces juntos. Los vemos a todos en la imagen.

Al salir de la cárcel Chet estaba rejuvenecido, limpio, desintoxicado. En la celda había compuesto 32 canciones. Volvió a tocar por Italia, tuvo conciertos, grabó discos. Pero antes de seguir, aquí damos un paso atrás, para recordar los años anteriores de Baker en Italia. Porque Chet Baker, joven, atractivo, seductor, también tuvo su dolce vita. Veánlo tumbado y canturreando bajo los pinos de Villa Borghese.

Esta rareza se llama ‘Urlatori alla sbarra’ (Lucio Fulci, 1960), un olvidable musical juvenil con Adriano Celentano y Mina que describía de forma candorosa el fenómeno de los ‘teddy boys’, con sus ‘blue jeans’ y el ‘rock and roll’. En fin, la revolución que venía de América. Era una pandilla juvenil en la que estaba Chet Baker, porque ya andaba desde 1956 por Roma viviendo la ‘dolce vita’. Tocaba en clubes selectos, como ‘La Bussola’, en la playa de Viareggio, y tenía un círculo VIP de suministradores de droga y recetas falsas. Como siempre andaba mal de dinero hacía bandas sonoras para películas y documentales, improvisando melodías con la trompeta. Era la música de moda del momento. En 1959, asómbrense, firmó la banda sonora de ‘Audace colpo dei soliti ignoti’ (Nanny Loy), la segunda parte de la obra maestra ‘I soliti ignoti’ (Monicelli, 1958). También le ofrecían papeles en el cine y Hollywood le había tentado, pero él iba a su bola. En diciembre de 1959 ya entró en una clínica de desintoxicación de Viareggio y, como hemos visto, acabó en el trullo.


Cuando salió de la cárcel grabó en Roma ‘Chet is back!’ (Chet ha vuelto). Y sí que volvió, pero volvió a las andadas. Empezó bien, con una novia que le quería, con un mundo artístico que le apreciaba, con conciertos por el país. Aunque, naturalmente, le robaron la trompeta en Nápoles. Otra curiosidad: tocó con Romano Mussolini, tercer hijo del dictador y reputado pianista de jazz, una música que empezó a amar a escondidas, porque estaba prohibida por el régimen de su padre. Tras la guerra le pesaba el apellido, algo bastante comprensible, y se hacía llamar Romano Full y cosas así. Pero en los sesenta salió del armario y también él volvió. Mussolini is back, se podría decir. En Italia también estás cosas son posibles. Su grupo era Romano Mussolini All Stars. Fin del inciso. Es que me hace gracia esta historia. Y más si les cuento que se casó con la hermana de Sofía Loren, pero vamos a dejarlo. A Baker le arrestaron cuando iba a tocar con él en Rimini. Al salir de la cárcel volvieron a hacer conciertos juntos.

Baker incluso abrió su propio club en Milán, el ‘Chet Baker Jazz Club’, un local pequeño y acogedor. Es decir, pensaba establecerse en Italia. Cuenta en sus memorias que al final de la noche, tras los ensayos, juntaban las mesas y cenaban todos juntos spaghetti, músicos y camareros. Luego jugaban hasta las tantas al póker y black jack. Se alojaba en el hotel Virgilio. Pero una semana antes de la inauguración volvió a meterse en líos. Desapareció unos días y fue detenido en Alemania. Deportado a Suiza ya no le dejaron entrar en Italia. Su novia tuvo que encargarse de hacer las maletas y llevarle las cosas, aunque se quedó sin su Alfa Romeo. Luego se fueron a París. Los cinco años siguientes se los pasó dando tumbos por Europa y Estados Unidos. Le detenían, le deportaban, entre medias hacía conciertos. Esta carrera terminó en 1966 en San Francisco donde le dieron una paliza y le rompieron todos los dientes. La muerte para un trompetista. Desapareció en la nada durante tres años.

Hay una historia, que no sé si es cierta, de cómo regresó. A mí me gusta porque, por esos azares misteriosos, se comunica con la de Lucca: la resurrección empieza en una gasolinera. En ese periodo oscuro, despojado de sus dientes, se volvió un ser anónimo que trabajaba en una estación de servicio, con turnos de 16 horas. Hasta que un día le reconoció un fan, que terminó por apadrinarle para pagarle una dentadura y que volviera a tocar. Dizzy Gillespie, un viejo amigo, también le echó una mano. Chet aprendió de nuevo a tocar la trompeta con dientes postizos. Chet is back, otra vez. Y así siguió adelante, como un fantasma regresado del averno.

Ahora, una consideración banal sobre lo que mencioné al principio. He comentado esta historia italiana de Chet con unos cuantos colegas periodistas de distintos medios y a todos les parece muy bonita, pero a ninguno, ni en sus mejores sueños, les darían el tiempo y el dinero para irse unos días a Lucca, buscar a estas personas, hablar con ellas, visitar esos lugares y contarla bien. Al llamar, en algunos casos, deberían empezar por explicarle a su jefe, no ya quién es Chet Baker, sino qué es una trompeta. Después les preguntarían si se habían vuelto locos y, como mucho, a lo mejor les daban el visto bueno como favor personal. A sus jefes, o a sus diarios, seguramente les falta poesía, imaginación y además dicen que les falta dinero. Lo curioso es que antes se podía y eran empresas menos sofisticadas. En fin, ya saben que de vez en cuando cuento estas cosas para que vean cómo está el patio, y para poner mi granito de arena en esto de proponer salidas a la crisis de la prensa.

Yo sé esta historia por un amigo. Mi amigo, Angelo Van Schaik, es un periodista ‘freelance’, lo que son las cosas. Fue a Lucca y Florencia varias veces. Habló con el policía que encontró a Chet Baker en la gasolinera, con el hijo de unos de los funcionarios de la prisión, con los que le consiguieron la trompeta, con músicos que tocaban con él entonces… Hizo dos programas de una hora, con deliciosa música de Chet Baker de fondo, contando la historia, con las voces y los ruidos. Las declaraciones que he puesto arriba salen de ahí. Se oye el limpiaparabrisas del coche del policía mientras le cuenta la historia, el teléfono de la comisaría donde fue conducido, los cerrojos de la prisión donde estuvo encerrado. A mi amigo hasta le leyeron la ficha de Baker: «Ojos claros, nariz regular,…». Tampoco en la radio española, que yo sepa, se hacen ya cosas así, y todos recordamos lo bonita que era la radio cuando era bonita. Es un programa precioso, para ponerlo de fondo incluso aunque no entiendan nada porque está en holandés -mi amigo es holandés-, pero habla muy poco y hay testimonios en italiano. Lo pueden escuchar aquí, y también tienen fotos de la cárcel y mucho más.

Mi amigo es, entre otras cosas, un periodista de investigación musical, una cosa muy curiosa. No periodista musical de esos que ponen estrellitas a los discos copiándolos del ‘Mojo’. Se fue a Sicilia a buscar a los antepasados de Frank Zappa y ahora anda tras el origen de la canción ‘O sole mio’… Y también encontró un misterio en la historia italiana de Chet Baker, un ‘giallo’, porque si no tampoco sería italiana: por lo visto existen grabaciones de esas veladas de la cárcel. Ha encontrado a un tipo, un vecino de Lucca emigrado a Estados Unidos y que ahora es productor de cine, que dice que existen. Habló con él por teléfono y asegura que las ha oído y que incluso las tiene, pero no sabe dónde, en alguna caja en casa de su madre. Pero en Lucca nadie sabe nada y dicen que es imposible, que no había técnica para grabarlo. Misterio (É giallo).

Chet Baker murió en Amsterdam. Se cayó de la ventana de su hotel, no se sabe muy bien cómo, pero parece claro que estaba drogado. He oído otra versión: le habían echado del hotel e intentó escalar por la fachada para entrar en su habitación y recuperar su trompeta. Era una relación muy intensa, la más intensa, la de este hombre y un artilugio de metal. A veces basta una sola cosa para vivir.

Un epílogo. Baker tardó trece años en volver a Italia. Fue en 1975. Se le quería mucho y pasaba de vez en cuando a hacer conciertos. Pero la dolce vita quedaba muy lejos. Tal vez es un sueño que todos tenemos o vivimos alguna vez. Lo que queda después es la vita, la vida:


Me ha salido un poco triste, pero es que en Roma llovía. En cuanto caen cuatro gotas me suena esta música en la cabeza. Sin embargo, si uno se fija, en la música de Chet Baker no hay angustia, sino una profunda serenidad, como la aceptación de un destino. Transmite un desapego infinito, lleno de ternura, y las cosas pierden su importancia. Cómo podía salir un sonido tan puro y tan dulce de tanto caos es un misterio. Perdonen, pero tengo debilidad por los perdedores. A lo mejor porque así se va haciendo uno a la idea. De todas maneras no tengo claro que Chet Baker fuera un perdedor, nunca se rindió. Siempre volvía. Y la verdad es que nunca se ha ido.

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