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César Coca

Divergencias

Fútbol e intelectuales

Vaya por adelante que a mí me gusta el fútbol. Me gustaba cuando estaba
en el colegio, y eso que no era fácil jugar en un patio con unas cien
personas y varios balones volando en varias direcciones. Me gustaba
también cuando jugaba al futbito. Y ahora también me gusta, tanto que
soy capaz de emocionarme viendo un partido de infantiles.
    A mí, desde luego, no pillan por ahí. No caso con el estereotipo
de cultureta que de joven se encerraba en el armario para leer a
Proust. Ahora, por lo que sea, muchos escritores e intelectuales se
declaran de este de o de aquel otro equipo. Es más, hay una cierta presión para que uno se declare de este o del otro equipo, y si alguien no lo hace, se le mira mal.
    Está mal decir que toda la fanfarria del fútbol crea
energúmenos, o poner en un lugar destacado que la noche en que ganó el
Barça la liga hubo cincuenta detenidos. Los llamados intelectuales hablan de fútbol en la tertulia y se ponen de parte de los colores, se niegan a decir todo lo que rodea a este deporte y todo el mundo sabe.
    Se ponen del lado de la hinchada para no parecer un
bicho raro, quizá un provecto marxista totalmente ido de la realidad.
Fue un marxista a quien le costaba levantar la voz ante las brutales
realidades de los países comunistas quien dio carta de naturaleza
intelectual a la hinchada.
    A mí me parece bien que uno sea del equipo que
quiera ser, pero, si alguien habla como intelectual, debe contar lo que
atañe a una cierta razón pública, no lo que hincha las venas privadas
de los aficiones, que hoy parecen cuestión de Estado. Otro tanto pasa
con los políticos. Hoy se sabe de qué equipo es el presidente del
Gobierno. Por contra,  hasta donde yo sé, Suárez nunca dijo si era
del Ávila, del Cebreros, del Real o del Atlético Madrid. Pasaba lo
mismo con Felipe González, que nunca hizo bandera ni de Sevilla ni del
Betis.
    Y dicho todo esto, disfrutad del Mundial.

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