El Correo
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Categoría: Juegos Olímpicos
Bendita dependencia

El Barça es lo que es porque tiene a Leo Messi. El Real Madrid juega para Cristiano Ronaldo. Sin Michael Jordan, Phil Jackson no se hubiera comido un colín en los Bulls, Chicago no tendría ni un anillo y el Maestro Zen no sería venerado. Son perogrulladas que algunos emplean con la intención de criticar y hacer de menos los éxitos de clubes, deportistas o entrenadores con un currículo plagado de triunfos y hazañas, pero que no hacen más que darles la razón sin restarles una micra de valor a los méritos acumulados.
Si ‘la Pulga’ está considerada ya como el número uno de la historia del fútbol, es lógico que el equipo que tiene la suerte de contar con él se aferre a su ídolo para llegar a lo más alto. Cuando el mejor club del siglo XX ficha a una estrella que firma una media de más de un gol por partido, lo razonable es que confíe en él como pilar fundamental de presente y futuro. Cuando un técnico cuenta en su ‘roster’ con el incuestionable tótem del baloncesto mundial, su labor debe residir en rodearle de los complementos necesarios y dotar al equipo de los recursos tácticos adecuados para resaltar y explotar al máximo el mayor talento que se ha visto sobre una cancha de baloncesto.
Cuando una selección acude a un campeonato muy mermada por las bajas pero puede contar con el mejor jugador de todos los tiempos del país, cobra todo el sentido que base sus posibilidades de triunfo en un esquema de juego que pase necesariamente por las manos del líder.
En todos los casos, la principal consecuencia es la dependencia. Bendita dependencia. Todos firmarían supeditar la posibilidad de alcanzar la gloria en cualquier circunstancia a Messi, Ronaldo, Jordan o Pau Gasol.

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Espec'Chapu'lar

Era el más feliz de la pista. Con su trofeo de mejor jugador, brindaba con los brazos en alto con una afición que ha pasado de odiarle y sufrirlo durante años, a adorarle hasta convertirle en ídolo y seña en unos pocos meses.
Cuando en verano Andrés Nocioni decidió romper con su Baskonia -el club en el que se hizo un hombre, que le puso en la órbita de la NBA, y al que regresó como un insigne veterano- para cambiar Vitoria por Madrid, buscaba la última oportunidad de ganar en Europa. Como siempre, habló claro. Dijo que a su edad necesitaba formar parte de un equipo en el que no tuviera que estar tirando siempre del carro, y en el Caja Laboral era líder, corazón y salvavidas. El Real Madrid le ofrecía integrarse en una plantilla de calidad, ganadora y obsesionada (como él) con volver a reinar en la máxima competición continental tras veinte años de sequía y dos campañas ahogándose en la orilla de la final. No quería más minutos que nadie, ni el máximo protagonismo. Quería ganar. De lo otro ya se encargaba él. El Chapu se gana su puesto por derecho. Su ascendencia sobre sus compañeros se basa en exigirles el máximo pero siempre con él dando el ejemplo supremo de intensidad, trabajo y compromiso.
Con el de Santa Fe, el Real Madrid encontró ese extra de mala leche que le faltaba y sumaba al chico duro a un bloque que transmitía ‘buenismo’. No es que los jugadores blancos fueran poco competitivos, pero en los momentos importantes se echaba en falta a ese tipo que va a muerte a la batalla y encuentra el diamante en el barro, al que sonríe y disfruta en la pelea mientras los otros sufren, lloran y se lamentan. A su lado, incluso Felipe Reyes ha pasado, de parecer desasistido e ignorado en sus protestas, a contar con la mirada agresiva de un poste que intimida desde su posición de capitán y ya tótem histórico del club más grande de Europa.

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El primer chino en la Luna

Se retira Wang ZhiZhi, el pionero del gigante asiático en la NBA

Zhizhi pelea por la posición con su compatriota Yao Ming en un partido de su etapa en los Clippers.

Zhizhi pelea por la posición con su compatriota Yao Ming en un partido de su etapa en los Clippers.

Hubo un tiempo en el que la puerta de acceso hacia la NBA estaba cerrada para todo aquel que no tuviera pasaporte estadounidense o hubiera pasado por el filtro de la NCAA. En la década de los 80, entre clásicos como Kareem Abdul-Jabbar, ‘Magic’ Johnson, Larry Bird o Julius Erving aparecieron nombres de orígenes novedosos y sorprendentes hasta entonces, como los del nigeriano Hakeem Olajuwon, los alemanes Detlef Schrempf y Uwe Blab, o los del enorme sudanés Manute Bol. La llegada de europeos sin pasado universitario era prácticamente una utopía. Sólo Georgi Glouchkov y Fernando Martín se atrevieron a cruzar el charco para pasar del estrellato en sus clubes de origen a calentar el banquillo en la liga americana.
Si en el Viejo Continente la diferencia de nivel parecía abismal, en Asia se miraba hacia Estados Unidos desde una distancia sideral, la existente entre hombres y dioses. Imaginar a un jugador de esos lares integrado en alguna de las franquicias de la NBA resultaba tan increíble como viajar a la Luna. Además, aquellos países que podían contar con algún representante con posibilidades remotas de alcanzar la meca del baloncesto solían contar con regímenes políticos restrictivos que eliminaban  cualquier sueño de tocar el cielo con las manos.

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Vanessa Mae dará la nota en Sochi

Vanessa Mae.

Vanessa Mae.

Entre récords, hazañas, dramas, medallas y héroes, en los Juegos Olímpicos también surgen anécdotas y deportistas que se convierten en protagonistas con comportamientos y acciones sorprendentes.
Así, el guineano Eric Moussambani pasó con apenas dos minutos en el agua de desconocido a estrella de Sídney 2000 tras nadar los 100 libres con una marca superior al récord mundial de los 200 metros. En Tokio, Dawn Fraser -ganadora de ocho medallas olímpicas entre 1956 y 1964- fue arrestada cuando la nadadora australiana intentaba robar una bandera japonesa del Palacio Imperial. También la mala suerte convirtió a David Möller en uno de los nombres propios de los Juegos de Invierno de Vancouver de hace cuatro años. El alemán se rompió un diente al morder la medalla de plata obtenida en luge.

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Adiós al corazón de ‘La Roja'

Cuando un deportista decide alargar su carrera deportiva más allá de lo habitual, resulta complicado saber tomar el camino adecuado de salida en el momento más conveniente sin caer en el error de llegar al punto en el que ya no puede elegir cuándo decir adiós y son otros los que empujan a tomar esa determinación que debería ser profundamente meditada y personal. Sólo unos pocos privilegiados tienen la fortuna de marcar en el calendario la fecha de su despedida en el día que ellos consideran oportuno.
A Amaya Valdemoro se le rasgó la vida a la vez que sus muñecas se fracturaban contra el suelo el 12 de octubre de 2011 en el pabellón Cerro del Telégrafo de Rivas-Vaciamadrid. Con 35 años el destino se burlaba de su suerte y le dejaba sin herramientas para seguir jugando y disfrutando de su gran pasión desde que, cuando apenas era una chiquilla, decidió cambiar su sueño de convertirse en campeona olímpica de los 1.500 metros en atletismo por el baloncesto. Y, lo más duro, le retiraba de la peor forma, con una lesión casi esperpéntica por lo extraña, excepcional, dolorosa y traumática, sin darle la posibilidad de escoger el momento de su última canasta.

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Pau suma y sigue

Pau Gasol juega ante Dirk Nowitzki.

Pau Gasol juega ante Dirk Nowitzki.

A Pau Gasol le han perdido siempre las formas. Las buenas formas. No se llevan en estos tiempos los tipos educados y de buenas maneras. Y menos en la NBA, el súmmum de la individualidad, del espectáculo y de los excesos. En la mejor liga del mundo es más fácil perdonar la polémica, una salida de tono, algún abuso o desorden poco profesional y demostraciones de exagerado amor propio y soberbia que la corrección absoluta, las declaraciones adecuadas y mesuradas o la búsqueda de la efectividad por encima del artificio.

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