Tras el cristal de la ventanilla tan sólo se adivinaban unas pequeñas luces. Era ya de noche. A esa hora en la que algunas personas vuelven de regreso al hogar tras una larga jornada de trabajo. Otras, tras un recorrido por diferentes medios de transporte junto a su compañera de piso y otras, tras una actividad para ampliar un CV que les acompañará el resto de sus vidas.
Éramos cuatro personas. Cuatro en medio de muchas más. Pero mi atención tan sólo se centraba en nosotros cuatro. Ése era mi círculo en un vagón de metro, de regreso a casa, ya entrada la noche. Miento, éramos cinco. Lola también cuenta como personaje.
No me gusta escuchar las conversaciones en el tren, en el bus. No me gustan porque en su inmensa mayoría son conversaciones demasiado privadas como para hacerlas públicas en voz alta y sin el consentimiento de aquellos que no quieren ni oir ni escuchar nada. Pero en esta ocasión la conversación me fue atrapando a la vez que nuestro cículo se fue haciendo más íntimo. No recuerdo al resto de pasajeros, ya no me interesaban. Mi atención se centraba en el espacio y contenido de dos asientos de metro enfrentados a otros dos. De mi lado: codo con codo. Del otro: en algunos momentos nuestras rodillas y pies se chocaban. Un micromundo muy surrealista.
Al principio del viaje: estaba sentada una chica joven. Lola y yo llegamos y desplegamos nuestro protocolo. Una vez ya sentadas, la tercera persona se aproximó: otra chica joven. Ellas se conocían y ya comenzaron una conversación sobre sus actividades. La primera chica era de color. Su aspecto era muy exótico y atractivo.
La conversación se centraría en la danza, pero en disciplinas muy diferentes…

La chica de color: se había decantado por el circo y preparaba su cuerpo para el trapecio, barra, cuerda y cinta…
.
Sus explicaciones cada vez eran más apasionadas. El tipo de ejercicios, la importancia de la espalda. Al tiempo que hablaba, su cuerpo iba adoptando diferentes posturas. Señalaba los diferentes hematomas que tenía en piernas y brazos. Estábamos solos sin estarlo. La otra chica: comenzó a expresarse también con su cuerpo. Lola miraba a un lado y a otro pero no se movía, estaba tan alucinada como yo. Éramos tres y nuestras vidas parecían y de seguro eran… muy diferentes.
En la siguiente estación: un chico se incorporó a nuestro espacio. Un chico alto, joven, rubio y guapo. LLevaba un atuendo un poco alternativo, muy alejado de hombre con corbata. Se ayudaba de dos muletas para caminar ya que llevaba una pierna totalmente vendada. Lola le saludó, a lo que inmediatamente pregunté:
-te molesta?
-no, no te preocupes, contestó. El tuteo me agradó.
El grupo no podía ser más surrealista, incluída yo misma.
La conversación continuaba y ahora era aquel chico el que también se interesaba por ella. Todos nos ibamos atrapando. El trapecio y la cinta parecerían indispensables en nuestras vidas a raíz de aquel momento, dada la energía e ilusión que aquella chica nos transmitía.
Lola miraba a un lado y a otro. En este momento comenzó a interesarse por mi compañero de asiento y él respondía acariciándola en la cabeza. Fue en este momento cuando me fijé que llevaba una de esas pulseras blancas con tu nombre escrito en letras negras de los ingresos hospitalarios. En mi película interior ya deduje que le habían dado el alta y volvía de regreso a su casa.
De esta manera los momentos se sucedían y vistos desde fuera por el resto de pasajeros… haríamos un conjunto curioso.
Mi compañero echó su mano derecha hacia atrás, buscaba en su cintura. En ese momento sacó una navaja considerable y tras abrirla mientras yo alucinaba, cortó aquella pulsera hospitalaria. Luego guardó la navaja en el mismo lugar secreto y la pulsera en un bolsillo.
En ese instante pensé interiormente: lo que nos faltaba¡¡¡. Menos mal que no le molesta la perra.
Las dos chicas continuaban la conversación y en ese punto ambas concluyeron entre risas que tenían mucho más en común…
los pies planos y la dificultad para arquearlos…

Fotografías de Michael Papendieck.
Y rebobinando la escena del principio: fue el chico el que llegó en primer lugar a su estación de destino para desaparecer caminando con sus muletas. Luego, fue una de las chicas, la que había llegado en tercer lugar. Lola y yo nos bajamos en nuestra estación y al mirar hacia atrás vimos que el metro se alejaba, quedando la chica de color mirando por la ventanilla…
A veces los círculos tan reducidos en los que nos movemos no nos dejan ver la existencia de vidas tan interesantes y diferentes…
”