Inicio con este artículo una serie de historias sobre el MP de todos los mexicanos. Es el “emepé”, o Ministerio Público, el edificio público que generalmente comparte instalaciones con las Delegaciones (una suerte de ayuntamientos de barrio), y en el que trabajan los funcionarios de guardia del poder judicial mexicano, algó así como nuestra “Primera Instancia”.
Suele ser lugar común de amenaza (“te voy a llevar al emepé”); misterio (“el tema está en el emepé, pero no sé más”); broma etílica (“del antro al emepé”); susurro interesado (“ahí tengo yo un cuate en el emepé que nos puede ayudar”); titular de prensa (“El 90 por ciento de los Ministerios Públicos no aprueba los tests de capacidad”); etc, etc.
Un Señor muy respetable de la bella ciudad de Guadalajara conduce su camioneta de lujo una noche de sábado. En un control de alcoholemia, el caballlero es retenido y su vehículo registrado, no sin enfado y groserías por parte del ilustre tapatío. Un oficial de policía emerge de la guantera de la camioneta del Licenciado con una cajita de medicamentos en la mano. “Órale mi lic, ahora sí que vamos al emepé”. Al llegar al “emepé”, el funcionario es “informado” en voz baja y al oído por el agente, mientras el simpar jalisciense emite protesta tras protesta. “¡Cómo se atreven! Me arrestan por llevar un medicamento de mi esposa en el carro! ¡Se van a enterar de quién soy yo!”.
La “Licenciada” mira de arriba a abajo al volcánico señor, dedica un gesto de cómplice aprobación al policía (que desaparece sigilosamente), e invita al encausado a sentarse y relajarse. “¿Le puedo invitar a un café?”, ofrece respetuosa la “Licenciada”. “Vaya a chingar a su madre con su café”, responde el honorable.
“Verá, Sr. X”, prosigue la “emepé” sin inmutarse, “el medicamento que porta Vd. sirve para adelgazar, ¿no?”
“Así es. Para coger no es”, contesta furibundo el acusado.
“No, para coger no. Pero si se toma una de estas cada dos horas, pues el efecto es parecido… Son anfetaminas, y Usted, mi lic, lleva más de la dosis permitida por la Ley para consumo propio, así que ahora mismo lo voy a acusar de transporte y tráfico de estupefacientes. ¿Cómo ve?”.
El abogado del ilustre tapatío llega al poco, y en un aparte aconseja a su cliente que:
1. Pague unos 5,000 pesos para salir de allí.
2. Si no, entre que llega el Doctor, que declara que hay una receta, que se recupera la receta, que llega la mujer a pesarse en la romana de la gasolinera de al lado para demostrar que, en efecto, es una vaca Holstein y no es capaz de hacer dieta… mientras todo eso, la “emepé” le puede tener 48 horas detenido.
3. Y ahorita mismo te disculpas con la “emepé”, porque de lo contrario ni 5, ni 10, ni 20… Al reclusorio, y pechito con pechito con los “motorolos”.
El ilustre baja la cabeza, se disculpa, e ingenuo pregunta: “…y, dónde lo arreglamos”.
“Pues aquí mi lic, ¿dónde quiere? ¿En Los Pinos?”
Fin.

