El inconsciente colectivo

“La vida se me ha aparecido siempre como una planta que vive de su rizoma. Su vida propia no es perceptible, se esconde en el rizoma. Lo que es visible sobre la tierra dura sólo un verano. Luego se marchita. Es un fenómeno efímero. Si se medita el infinito devenir y perecer de la vida y de las culturas se recibe la impresión de la nada absoluta; pero yo no he perdido nunca el sentimiento de algo que vive y permanece bajo el eterno cambio. Lo que se ve es la flor, y ésta perece. El rizoma permanece.”
Jung, formulador del inconsciente colectivo, y gran escritor… Quinientos años antes, el emperador poeta Nezahualcoyotl insistía una y otra vez en lo efímero de la vida humana, y en la permanencia de la obra: “No acabarán mis flores, no cesarán mis cantos. Yo cantor los elevo, se reparten, se esparcen. Aun cuando las flores se marchitan y amarillecen, serán llevadas allá, al interior de la casa del ave de las plumas de oro.”

México sufre desde hace años una epidemia de miedo colectivo. El miedo a la pobreza, al secuestro, a la infección… Mi esposa insiste en desinfectar toda la verdura que comemos, sabiamente, y nunca bebe agua del grifo. Otros sí beben del grifo, y nunca les he visto enfermos en tres años. Algunos dicen que desde el terremoto de 1985, cuando todo el sistema hidráulico de la ciudad se rompió y se mezclaron aguas potables con aguas negras, el agua del DF es p`rácticamente venenosa. Lo cierto es que, según un empresario dedicado a la distribución de agua embotellada, es un agua de alta calidad. ¿Quién tiene razón? Y ya puestos, ¿quién se arriesga poblar sus intestinos con tenias y amebas?

El 4 de noviembre de 2008, a las 19.30h., un avión Learjet se estrellaba en el barrio más noble del Distrito Federal. El Presidente Felipe Calderón, que estaba inaugurando unas viviendas de protección social en Guadalajara, Estado de Jalisco, fue informado minutos después. “Póngame en contacto con el Secretario de Gobernación, a lo que su asistente contestió: “Señor, Juan Camilo iba en el avión”.

Un mes después de la tragedia que sacudió el país, después de que se filtraran a la prensa las últimas palabras de los pilotos del Learjet sin haber terminado con el análisis de las cajas negras, y tras semanas de conjeturas y debates de café y ascensor, comienza a definirse la “historia oficial”. Calderón fue entrevistado hace unos días por el periodista estrella de la televisión mexicana y en horario de máxima audiencia, para decir que “al principio, con el calor del momento, pensé en un atentado… Pero después las indagaciones no sugieren otra alternativa que no sea el accidente”. Punto y final a otro Expediente X en la historia de la política mexicana…

Juan Camilo Mouriño era uno de los hombres más cercanos al presidente, artífice de su campaña presidencial y negociador en los momentos más difíciles del sexenio de Calderón. Cuando el PAN ganó las elecciones, en medio de una fuerte polémica y acusaciones de robo electoral por parte de los perredistas de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), los diputados de este partido se conjuraron para impedir que el “presidente espúreo” (su insulto favorito) subiera al primer estrado de la Nación para prestar juramento. Para ello, los perredistas ocuparon durante días y noches el estrado de la Cámara de Diputados, prometiendo resistencia y pelea si el “espúreo” se atrevía a aparecer en San Lázaro. Mouriño negoció con el PRI, el tercer partido del país, para lograr el quórum necesario en la cámara, y que Calderón llegara al estrado y protestara servir, obedecer y proteger la Constitución. Calderón ganó su primera batalla, y el PRD nunca perdonó a Mouriño su brilante golpe de estrategia.

Dos años después, siendo Mouriño Secretario de Gobernación, López Obrador encabezó una agresiva campaña en medio contera él, anunciando que se disponía a presentar pruebas de corrupción y cohecho a favor de los negocios de su familia (dueños de empresas de transporte y distribución de gasolina en Campeche) cuando era alto funcionario de la Secretaría de Energía. AMLO se paseó por radiodifusoras y televisiones con unos papeles en las manos, unos contratos de concesión a favor de las empresas del padre de Mouriño, en las que Juan Camilo fungía como representante legal. AMLo y el PRD presentaron una denuncia formal por corrupción ante la Procuraduría General de la República, y se estableció una Comisión investigadora en San Lázaro. De las pesquisas del procurador y de la comisión no se extrajo ningún indicio de corrupción. Básicamente, eran los contratos de renovación de las concesiones de las gasolineras, y que el representante legal de la empresa debe firmar. Los contratos eran legales, y lo único que sucedió fue que Mouriño cayó en la trampa de la difamación (Difama, que algo queda, es una de las estrategias favoritas de la política mexicana). Los medio lo declararon difunto político, y comenzaron a correr rumores sobre un posible futuro como gobernador de Campeche.

Todos los rumores fueron acallados aquella tarde de noviembre, o más bien, fueron sustituídos por otros. Junto a Mouriño viajaba el “zar antidrogas” José Luis Santiago Vasconcelos. Hombre fuerte del ejecutivo en la guerra contra la droga, reconocido por militares (el ejército le obsequió un funeral marcial con honores), y muy probablemente hombre de confianza la CIA y la DEA en México, Vasconcelos ya no dirigía la unidad especial de investigación de delincuencia organizada (SIEDO), pero su sombra seguía siendo larga y pesada, y su nombre sonaba como candidato a sustituir a Mouriño al frente de la Secretaría de Gobernación. Demasiadas casualidades.

El narco ya no dialoga con el gobierno, como lo hizo durante setenta años de priismo. Hoy la guerra es abierta, y comienza a derivar hacia actos de terrorismo como el lanzamiento de granadas contra civiles en una plaza pública de Michoacán el pasado 15 de septiembre. Vivo en Polanco, a escasos 500 metros del lugar en el que cayó el avión. Sobre el barrio vuelan aviones cada dos minutos en su maniobra de acercamiento por el Oeste al aeropuerto internacional. El caos fue total aquella tarde, todas las calles principales de Polanco estaban bloqueadas, con ambulancias, patrullas y camiones de bomberos en trasiego continuo. Cuando se supo que el Secretario de Gobernación viajaba en el avión con parte de su equipo, el inconsciente colectivo jungiano despertó en sospechas de ataque del narco. Hasta el Presidente, cuando se dirigió a la nación una hora después del “avionazo”, tenía dificultades para reprimir su ira. Ni en el primer discurso, ni en el del día después, Calderón mencionó nunca la palabra “accidente”. “Seguiremos luchando más que nunca por el país”, dijo emocionado dos horas después de la muerte de su amigo.

La investigación fue encomendada a Luis Téllez, secretario de Comunicaciones y Transportes y destacado economista, pero al que se le desconocían sus dotes de investigador criminal. Las sospechas seguían bullendo en el inconsciente colectivo, y cuando el presentador estrella de la TV dijo que “el avión había caído en llamas” en el telediario de la noche, el país entró en shock. Investigadores estadounidenses de la Agencia Federal de Aviación, del FBI, y los mismos especialistas británicos que participaron en las investigaciones tras el accidente del avión de Spanair en Barajas, llegaron al día siguiente al lugar de los hechos. Las cajas negras fueron rescatadas y enviadas a Estados Unidos para su análisis, y aunque aún no hay informe oficial, sí se filtró a la prensa las grabaciones de cabina. Al parecer, los pilotos forcejean con una turbulencia del avión que les precede (un B777 de Mexicana procedente de Buenos Aires) en la maniobra de acercamiento. Incapaces de dominar el aparato, lo último que registra la grabación es un “Diosito…” desesperado.

A partir de aquí, acusaciones de que los pilotos eran novatos; o que no lo eran, pero eran unos conocidos imprudentes que no respetaban la distancia de seguridad; que si había dos helicópteros sospechosos en ruta de intercepción con el Learjet de Mouriño; que si testigos vieron una llamarada azul invadiendo la cabina del avión cuando este caía… todo es muy confuso. Pero de nuevo, el inconsciente colectivo mexicano dice: demasiada casualidad. El informe oficial fragua la teoría del accidente, inducido por la entrada del Learjet en la turbulencia de otro avión.

La lista de magnicidios en la historia mexicana es tan larga como la cola de fieles que acuden a la basílica de la Virgen de Guadalupe el 12 de diciembre. Si Mouriño hubiera muerto por un ataque del narco, México se enfrentaría a una crisis nacional de dimensiones desconocidas. Colombia tiene mucho que contar al respecto (el cartel de Medellín derribó un avión de pasajeros y mató a más de 160 personas para eliminar a un funcionario público demasiado celoso de su trabajo). ¿Qué pasaría con todo el dinero que ha prometido EE.UU. para contribuir en la lucha contra el narco, si los legisladores mexicanos, tan celosos de proteger las fronteras patrias frente al imperialista del Norte, tuvieran la sospecha de que podemos acabar en un “plan Colombia” con tropas de élite americanas actuando en suelo mexicano? ¿Y qué pasaría con un gobierno que puede proteger a sus ministros? ¿Cómo puede prometer que protegerá a sus ciudadanos?

Al menos, el accidente ha servido para reiniciar el debate sobre la construcción de un aeropuerto en las afueras de la ciudad…

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