El 15 de septiembre es la noche del grito de independencia en México. Se trata de la fiesta nacional, y México, tan necesitado de refuerzos emocionales, lo celebra masivamente en los zócalos de todas las ciudades. A las 23.00h., 110 millones de gargantas se coordinan para gritar “¡ Viva México!”, para luego proseguir la fiesta hasta la madrugada bien sustentados con pozole (una poderosa sopa de carne de cerdo, maíz, cebolla, rábano, orégano y chile piquín) y tequila. Pero el pasado lunes, el grito de independencia en el zócalo de la ciudad de Michoacán se convirtió en alarido de horror. Unos desconocidos, disfrazados de policías, lanzaron una granada a la multitud que provocó la muerte a ocho personas y heridas y mutilaciones a una veintena más. Los medios de comunicación, los analistas, los políticos, los ciudadanos, ya no detienen sus lenguas al pronunciar la palabra “terrorismo”, aunque ligeramente adaptada a las circunstancias: “narcoterrorismo”.
Durante setenta años, el PRI gobernó el país apoyado en los siguientes pilares: un sistema electoral que regía a su mejor acomodo para ganar sistemáticamente todas las elecciones por mayoría absoluta; un control férreo de los sindicatos de trabajadores; un sistema de clientelismo para mantener a raya a medios de comunicación y a la clase empresarial; y un diálogo subterráneo con los señores del narcotráfico. Durante decenios, los gobernantes mexicanos mantuvieron una política de “laissez faire, laissez passer” con el narco, a cambio de paz en las calles, y, por qué no, alguna que otra “obra social” (carreteras, pavimentado de calles e infraestructuras son aportaciones de los carteles al sistema, sobre todo en el norte de la República).
Pero en el año 2000, con el relevo del PRI por parte del conservador PAN y su estrella mediática Vicente Fox, este equilibrio comienza resquebrajarse. Fox no quiso, no supo, o no pudo, mantener esta relación de fuerzas, y los señores de la mota y la coca reaccionaron “indignados” ante la insólita “ingerencia” del gobierno federal en “sus asuntos”. Sin embargo, el sexenio de Fox no pasó de ser un “quiero y no puedo”, inmovilizado por un congreso opositor en el que no contaba con mayoría, y por unas pétreas estructuras administrativas, políticas y sindicales heredadas de setenta años de priismo. El también panista Felipe Calderón, sucesor de Fox y actual presidente, llegó a la silla del Palacio Nacional como disidente dentro de su propio partido. Pronto desveló los ejes de su política: empleo, educación y seguridad.
Si Fox rompió los lazos con el narco, aunque no llegó a actuar contra él de forma contundente, Calderón tiró por la calle de en medio, y para superar la corrupción policial, sacó al ejército a la calle. Los mexicanos asisten aún atónitos a la presencia de militares en retenes de seguridad en calles y carreteras, hecho insólito y preocupante en un país que aún se cura las heridas de la matanza de estudiantes en Tlatelolco en 1968. Los carteles del Golfo y del Pacífico comenzaron lanzando advertencias públicas en forma de pancartas: “No se meta donde no le llaman, Felipillo”. Pronto pasaron a matar policías, siendo la decapitación su método favorito. Las cabezas eran enviadas en paquetes postales con mensajes, o directamente depositadas a las puertas de las comisarías. Una noche, unos desconocidos hicieron rodar varias cabezas humanas a los pies de una muchedumbre que atestaba la pista de baile de una discoteca. El narco se estaba “comunicando” con el gobierno, rotos ya los canales tradicionales. La respuesta de Calderón fue el refuerzo de la colaboración de México con los Estados Unidos y la recepción de miles de millones de dólares para la compra de equipos y armas, acompañada de varias detenciones de cabecillas importantes de los carteles.
Hasta el pasado lunes, el narco había dirigido sus acciones hacia miembros rivales de otras bandas, policías, soldados y algún que otro representante popular con enlaces sospechosos. El ataque de Michoacán fue indiscriminado, contra civiles. El mensaje, subliminal, está en la elección de la ciudad del atentado: es la cuna de Felipe Calderón y uno de los bastiones del PAN. México entra así, oficialmente, en la lista de países que sufren el terrorismo. ¿Será este el legado de Felipe Calderón?
Muchos coinciden en que el PRI, agazapado y contemplativo ante el desgaste del gobierno panista, es el gran beneficiario político de esta situación. Hoy, el principal temor de los mexicanos es ser secuestrados. El crimen organizado se infiltra profundamente en las estructuras policiales. El reciente caso de Fernando Martí, joven de catorce años, hijo de un magnate de la distribución de artículos deportivos, que fue secuestrado y asesinado por una banda encabezada y compuesta por policías, es la gota que derrama el vaso de un grupo de poder importante: la oligarquía empresarial.
Voces populares, y algún alto cargo policial con el que he podido hablar, piden el retorno al sistema férreo de los setentas: lucha total y “sin preguntas” contra los secuestradores; diálogo clandestino con el narco para que sólo se maten entre ellos.
En este ruido de sables, el PRI encabeza las encuestas para volver a ocupar la residencia de Los Pinos en 2012.

