He vivido muchos años ocultando un terrible secreto, algo que me avergüenza y que me pesa en el pecho como una enorme montaña nevada: pesa mucho y está fría.
Es hora de quitarse las mascaras, de afrontar la realidad, de enfrentar los errores del pasado y sus conscuencias como un hombre y no como un niño escondiendose tras las faldas de su protectora madre.
Si esto en vez de una entrada de blog fuera un programa de televisión sería, sin lugar a dudas, “El diario de Patricia” y les pediría que me pixelaran la cara o me pusieran esa bonita “banda” negra en los ojos. Siempre he pensado que tiene que ser facilísimo reconocer a alguien al que solo le tapan los ojos con la cosa negra esa. Pero ¿yo que coño sabré? Si a Superman le funcionan una mierda de gafas me puedo esperar cualquier cosa…
Bueno, a lo que iba. Se que no soy el único hombre al que le ha pasado lo que os voy a contar. Y estoy completamente seguro de que no seré el último, pero como en su momento hizo David Beckam con la metrosexualidad “alguien tiene que ser el primero en mostrarlo al mundo”. Este es un momento dificil y tenso para mí. Entendedme y poneros en mi lugar antes de juzgarme, porque aquí va mi gran desdicha:
YO, IBAI, ME PERDÍ EN IKEA LA PRIMERA VEZ QUE FUI.
Fue uno de los peores momentos de mi vida. Pero mejor empiezo la historia por el principio:
Estaba a punto de mudarme a mi primer pisito de soltero, en el que comenzaba mi vida de “Rodriguez” sin madres nni padres, sin domingos de resaca con alubias para comer, sin preguntas capciosas sobre mi vida amorosa. Empezaba mi vida en el paraiso.
Como todo ciudadano “de pro” que se precie necesitaba una serie de articulos para el hogar por los que no tenía intención de pagar más de 4 duros. Veanse: lamparas, cojines, cubiertos, platos, sabanas y demás parafernalia “hogarística”. Con decisión, un maletero vacio y una cartera más vacia todavía, allí que me fui pa’l IKEA del Barakaldo.
Según entré me pareció normal y corriente, una gran superficie más como puede ser el Carrefour, Erosky o Mercadona (me encanta este nombre, M-E-R-C-A-D-O-N-A, suena genial jeje). En lo primero que reparé fue en las cajitas con lapiceros y ¿metros? que hay repartidas por todas la extensión del gigante Sueco. Como buen habitante de la peninsula Iberica solo podía hacer una cosa. Arramplé con todos los lapices que me cabian en las manos y/o/u bolsillos. Parecía un puto Hamster con los mofletes llenos de pipas. Pero en mi caso eran lapices y “trozos de papel de mierda que parecen metros” utilisisisimos herramientas de medición elaboradas con material biodegradable.
Todo “iva” (un 2% menos que ahora) bien, me sentía en la cima del mundo con mis lapices, que jamas usaría y que solo un tipo con las manos enanas o un niño pueden utilizar sin clavarselo hasta provocar sangre. Subí unas escaleras, mire a mi alrededor y es cuando todo se vuelve borroso.
Millones y millones de personas con bolsas de diferentes tamaños recorrian ese puto laberinto de tienda. Las parejas pasaban una detras de otra, sin parar. Era casi imposible acercarse a algo para mirarlo de cerca o ver el precio. Cuando alguien abandonaba el “metro cuadrado” en el que se encontraba admirando unos jarrones JODIDAMENTE HORRENDOS, no pasaban más de 2 ó 3 milesimas de segundo antes de que alguien ocupara su lugar revisando precios, mirando bolsas de “canicas” de colores o putas plantas secas de esas que parecen sacadas de la peli de “Alien”.
Aquello parecía la jodida guerra, dios mio que de gente. Me asusté, me aparté a una esquina y con la cabeza fría, calculadora y racional que me caracteriza, permanecí unos minutos analizando los escotes y las minifaldas de las mujeres que por allí pasaban. Que le vamos a hacer, soy “asín”, a algunos les relaja la música, a otros salir a correr y a mi no hay nada que me tranquilice más que unos cuantos pares de tetas.
Después de unos cuantos “madre mía, ¿pero donde vas sin ordeñar tia?” todo volvió a la normalidad. Fui capaz de recorrer la tienda y llenar mi bolsa con articulos de primera necesidad. Botes de cristal, cubiertos, platos, pinzas y servilletas. Seguro que algo más calló, pero ahora no lo recuerdo. Cuando ya me había pateado lo equivalente al puto camino de santiago decidí que era hora de marchar de aquel sitio infernal. Ese momento fue cuando todo mi mundo se desplomó.
No encontraba la salida, ni la normal ni la de emergencia. Me recorrí la tienda dos o tres veces, cada vez más confuso y más cansado. En el suelo había flechas pintadas, yo, como buen lector de mapas que soy, las seguía religiosamente, hasta que me encontraba con una que me mandaba hacía atrás. ESTABA FLIPANDO, ¿QUE COJONES LES PASA A LOS SUECOS? Mucho reloj mucha leche y no saben poner un caminito más facil de seguir. Joder, que hay que ser el puto Magallanes para salir de ahí.
Cuando habían pasado 45 minutos aproximadamente (desde el momento en el que me di cuenta que no sabía salir de allí) empecé a plantearme la posibilidad de preguntarle a alguien de la tienda por donde se salía. Pero por mis cojones que no. No pregunté cuando me perdí en Alemania voy a preguntar para salir del puto IKEA. Que otra cosa no, pero orgullo y tontería me sobran jeje.
Estaba muy nervioso, sudoroso, cansado. Andaba como un zombi buscando una salida, mirando carteles que solo me enviaban a “alfombras”, “sección de cocina”, “cortinas”, “estores” (¿que es un puto estore?, aun no lo se). Caminaba sin rumbo fijo pensando en como sería el titular de mi muerte “Anormal perdido muere en IKEA entre los colchones “piscolasticos” y el suelo machimbrado de nivel 5″.
Entonces se me encendió una bombillita en la cabeza (de bajo consumo por supuesto) y tuve una idea genial. Esperé agazapado en una esquina mimetizándome con el ambiente, transformandome en parte del moviliario de IKEA. Nadie podía verme, nadie sabía que estaba allí. Era una sombra, un fantasma invisible, un NINJA realizando una misión, pasando desapercibido al resto de ojos humanos. Aguzé el oido hasta limites sobrehumanos, todos mis sentidos alerta, parecía el puto “Daredevil” (que peli más mala por cierto). Entonces lo escuché: “Cari, vamonos a casa que ya tenemos todo lo que necesitamos”. Abrí los ojos y como una pantera negra aceché a mi presa. Siguiendo su aroma, sus pasos y su enorme carro lleno de macetas.
Gracias a unos anónimos salvavidas conseguí llegar a la zona de ¿almacen? ¿pero que mierda es esta? Había pasado 20 putas veces por allí y como veía enormes estructuras metalicas llenas de cajas de cartón y cosas forradas pensé que era el almacen del maldito sitio. Pues no, resulta que se sale por ahí. ¡¡Tocate los cojones Mariloles!! INCREIBLE LO TONTO QUE PUEDO LLEGAR A SER. Miré hacía arriba y un cartel como “Wisconsin” de grande rezaba: “Salida a cajas” (o algo así). SOY LO MÁS TONTO DEL PLANETA.
Estuve a punto de poner una hoja de reclamaciones por la localización tan “extraña” de las cajas. Pero seguramente que los de IKEA me habrían puesto una hoja a mí por “estupidez total” y en la OCU ya no pueden ni verme. Así que pagué, me comí un perrito caliente que sabía a “pota de perro fresca” y me fui de allí corriendo y llorando como una niña que se ha pelado las rodillas.
Recordad amigos. IKEA es el infierno y sus trabajadores son el demonio.
Un abrazo a todos y un beso a todas.
Ibai


