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de parejas disparejas y de otras hierbas

2011 octubre 19
por C.Ruiz

No sé exactamente qué hace Dieter, pero me cuenta que ha vivido los últimos cinco años en Vietnam. Ahora está en Colonia por razones que no explica muy bien y en las que yo misma prefiero no ahondar. El gobierno vietnamita le ha retirado el visado y lo ha  enviado de vuelta a Alemania. No es nada criminal – la palabra en sí ya me pone los pelos de punta- , ha sido por un malentendido, dice con cautela. Su castigo tiene caducidad, a partir de enero podrá solicitar de nuevo el regreso y verá que pasa, por su cara, me parece que no tiene todas consigo. Entiendo sus nervios, allí ha dejado a su mujer y dos niños pequeños que como pasen mucho tiempo sin ver a su padre, no le van a reconocer cuando vuelva.

En Hanoi se ganaba la vida cultivando plátanos e importando algunos productos chinos, entre ellos unos químicos para fumigar, que asegura que matan todo lo que pillan. En este punto de la conversación, empiezo a imaginarme mil motivos para su expulsión, sobre todo si pienso en otros “made in China”, como aquellas zapatillas de goma que provocaban unas llagas espantosas en los pies o un spray de carnaval que tiñó los mocos de mi sobrina de rojo bermellón y que por poco causan un cataclismo emocional.

La mujer de Dieter es vietnamita, proveniente de una familia muy pobre de un poblado a las afueras de la capital. No sé por qué, pero cuando me habló de ella me la imaginé como un cisne de ojos rasgados, pero en la foto que me mostró, sólo apareció un patito feo.

Uno de los motivos por los que tengo que volver de inmediato, me dice, es por el dinero. Mi mujer proviene de un entorno que no conoce la moneda, los productos se cambian, no se compran. Si necesitan arroz, ofrecen leche, si quieren fruta, pagan con coles, ¿me entiendes? dice moviendo las manos en señal de trueque.  Así que cuando le envío el dinero para el alquiler y la manutención, continua desahogándose, se lo gasta en un par de horas y ya no sé que hacer, dice con la cara colorada, para explicarle que debe organizarse. La semana pasada, le pidió a un amigo británico que hablara con ella pero no ha conseguido que entre en razón, Pei Kan es muy orgullosa, afirma compungido.

En este punto y aunque me muero de curiosidad no pregunto, no quiero que se vea obligado a darme explicaciones de cómo gasta el dinero su mujer. ¿Y el idioma?, ¿cómo os entendéis, le pregunto? Como podemos, me dice bastante conforme, yo conozco algo de su idioma y lo mezclo con el inglés, aunque ella apenas lo habla.

Me quedó con un montón de preguntas que no le haré nunca. No es la primera vez que me encuentro con un hombre alemán, que se ha casado con una mujer con la que no puede entenderse y de la que le separa un abismo cultural. Debe resultarles muy exótico, o quizá muy fácil, ¡la de broncas que se deben ahorrar!, porque si algo tienen las alemanas es que son un rato peleonas y además no preparan la cena, ni planchan camisas. Ahora, discutir sobre la crisis mundial saben, y ahorrar también y además muy bien.

La foto está sacada de esta página de terra.pe