Clases de inglés, refrigerios y contradicciones
Hoy a las 12 en punto y coincidiendo con las campanadas de la iglesia “Antoniter Kirche” algunos alumnos han interrumpido el ritmo de la clase sacando de sus mochilas los tupperware con la comida del mediodía. La profesora, que debe gozar del autocontrol británico de sus ancestros, no ha movido ni un músculo de la cara y ha seguido con la clase sin darse por aludida, mientras los más hambrientos desenvolvían viandas y empezaban a dar cuenta del pollo frito, las hamburguesas, o la ensalada de patata.
La mujer que estaba sentada a mi lado y que hasta entonces me caía muy bien, ha destapado un recipiente con un bocadillo de salami que ha salido de su encierro dispersando los olores por horas contenidos y llenando la clase de un aroma que mareaba.
Como estábamos discutiendo sobre algunos temas, en concreto organizando un importante “meeting”, la dinámica de trabajo ha tenido que adaptarse a las nuevas circunstancias y yo, que encima hacía de “chairlady”, en lugar de poner orden en aquel desconcierto, he tenido que acoplarme al ritmo de sus bocados. El que traga habla.
Para evitar morir deshidratados, la mayoría tenían varias botellas de litro sobre la mesa, agua con gas, coca-cola o fanta, vasos con café, termos y algún que otro envase de cartón con zumos y batido de chocolate o plátano con pajita incluida, ya sabéis, sorbo aquí, sorbo allá. Con este paisaje no he podido concentrarme, una cosa así me la hubiera esperado en cualquier sitio menos en éste. Pero qué queréis que os diga, prefiero las sorpresas, casi siempre.
Si esto se pone así de interesante el primer día, creo que promete, aprenderé de antropología lo suficiente como para escribir un tratado. Algún postor?.


