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Zons y el turismo a lo loco

2011 octubre 3
por C.Ruiz

A veces, cuando el tiempo es bueno o muy malo me gusta salir de la ciudad y acercarme a alguno de los pueblos que hay en la ribera del Rin. Allí el paisaje, precioso, ofrece un horizonte llano salpicado de árboles e interminables prados verdes, con el río atravesando la llanura y surcado por innumerables barcos que lo cruzan transportando pasajeros o mercancías.

Hoy era uno de esos días radiantes que parecía haberse salido del programa de otoño, con un cielo azul precioso y temperaturas estivales. Esta prórroga me ha parecido una bendición, así que he aprovechado para dar un paseo por Zons, uno de los pueblos medievales mejor conservados, situado a mitad de camino entre Colonia y Düsseldorf.

No era la primera vez. Ya había visitado el lugar en otras ocasiones, sobre todo en invierno y con un paisaje muy diferente de perfiles fríos, pelados y húmedos que dejan la orilla al descubierto. En esos días el viento, que no encuentra nada a su paso, suele arreciar fuerte, azotando los árboles deshojados y cubiertos de nieve.

El pueblo es precioso y los alrededores únicos. A pesar de todo, recomiendo planear la visita con cautela. Cualquier día laborable puede ser perfecto, pero el fin de semana uno se puede encontrar con hordas de turistas que le arruinen el día. Pasear entre estrechas calles empedradas sorteando a los numerosos grupos que llegan en autobús a exprimir la visita al máximo, no es un plan idílico, os lo aseguro. Las iglesias, las magníficas casas y parques pierden relevancia cuando tienes que esquivar innumerables obstáculos para avanzar un par de metros.

Innumerables restaurantes, terrazas y tiendas de regalos están a disposición de los visitantes, la mayoría de los cuales prefiere corretear entre calles, dar un paseo en bici o tomar un buen helado.

Al final del paseo que conduce al aparcamiento, en una pequeña plaza fuera de las murallas, se reúnen muchos a escuchar a un trío latinoamericano que actúa siempre en el mismo lugar. Ahí he hecho hoy una pausa, estaban cantando algo del repertorio de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés y lo hacían realmente bien.

Mientras escuchaba no podía dejar de mirar al público, de lo más variopinto. La mayoría sentados en los bancos o encima del muro, a una distancia prudencial, desde la cual se pudiera disfrutar del concierto sin tener por ello que depositar un par de monedas. Nadie parecía interesado en pagar el buen rato que estaban pasando. Les veo concentrados en sus helados, en las enormes bolas de chocolate, fresa o vainilla que relamen con avidez, vigilantes, como si temieran que alguien se las arrebatara. Me pregunto si entenderán algo, si les llegará esa música tan íntima.

Dejo un par de monedas y regreso al coche. Mi visita ha durado exactamente 60 minutos. Me despido sabiendo que Zons no es amor de domingo.