Hacía mucho tiempo que no volvía a la casa de Ercilla en la que vivían las cuatro hermanas solteras de mi padre. Dos de ellas murieron hace tiempo y las dos gemelas, que van a cumplir noventa y tres este mismo año, se trasladaron a una residencia hace ya tres veranos. La casa está vendida y hay que abandonar el barco, pero antes es necesario sacar de allí un montón de recuerdos y de enseres sin más valor que el sentimental, que va a ser repartido entre 27 sobrinos.
Cuando mi hermano pequeño y yo llegamos a la reunión, ya estaban en faena los representantes de las demás familias, Aquello, realmente, parecía el reparto del motín tras la victoria del pirata Barbanegra sobre un navío cargado de oro. Había muebles, cuberterías, vajillas, retratos de los antepasados y varios artículos de plata. Pero el objeto de deseo de todos los presentes era un Quijote impreso hace más de cien años del que mi padre me hablaba cuando era pequeño y de cuya existencia, al parecer, tenían noticia todos mis primos.
La edición constaba de siete tomos, creo recordar, con infinidad de grabados en su interior y en perfecto estado de conservación. A pesar de haber vivido en esa casa hasta que cumplí los doce años, yo no lo había visto hasta el momento del sorteo; estaba en los fondos de una librería un tanto desordenada, que contenía otros libros también muy antiguos. Ni que decir tiene que no me tocó el Quijote ni de refilón.
Había algo que, sin embargo, no pareció interesar a nadie salvo a mi hermano y a mí. En el interior de una gran caja de colores se amontonaban un buen número de álbumes de fotos que mis tías gemelas querían conservar junto a ellas. A través de cientos y cientos de fotografías se podía contemplar el paso del tiempo a lo largo de más de ochenta años. La evolución en la forma de vestir; la constancia de que también mis tíos fueron jóvenes –el hermano mayor de mi padre nació en 1898-; las bodas de los hermanos casados, de sobrinos y de los hijos de los sobrinos… La historia fotografiada de una época de la que yo formo parte. Esa es, quizá, la herencia más apreciable. Mucho me temo, sin embargo, que ese documento histórico se destruya cuando mis tías desaparezcan y cada uno de los sobrinos coja al menos las fotos en las que aparece retratado

