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TSUNAMI EMOCIONAL

2012 mayo 7

Equilibrio Emocional

“El diablo puso en venta sus herramientas: Odio, Celos, Envidia, Engaño… y  todos los implementos del Mal. Había un instrumento, el Desaliento, muy gastado de tanto usarlo y cuyo precio era el más alto.

“¿Por qué es tan caro?” le preguntaron.

“Porque ese instrumento me es más útil que cualquier otro; puedo entrar en la conciencia de un ser humano cuando todos los demás me fallan, y una vez dentro, por medio del desaliento, puedo hacer de esa persona lo que se me antoja. Está muy gastado porque lo uso casi con todo el mundo, y como muy pocas personas saben que me pertenece, puedo abusar de él”. (Autor desconocido).

 Bajo presión nuestro cerebro cae en una trampa paradójica: el sistema límbico activa el envío de sangre a los músculos y la producción de hormonas, para atacar o huir; dejando en segundo plano al córtex. Una estrategia claramente errónea ante retos que requieran más inteligencia que fuerza.

El torrente bioquímico arrastra conductas alteradas y categorizaciones mentales extremas, que elevan la fuerza del tsunami (todo / siempre / nunca / nada / a otros / a ):

  • Todo-Nada: Cegados en su perspectiva, los lóbulos prefrontales contemplan la dificultad como abrumadora totalidad, con un aterrador vacío de solución inmediata. La visión es catastrófica y el obstáculo se convierte en un problema irresoluble.
  • Siempre-Nunca: Importa y mucho la intensidad del dolor que padezcamos pero más aún su duración. Tener un problema inmenso -que afecta a todo- es muy grave; pero empeora al percibirse como eterno y con una salida que, si existe, jamás llegará.
  • Otros-yo: ¿Puede empeorarse el cuadro aún más? Sí, con la autoinculpación. Pobre del que se hiper-responsabiliza de todo. Por lejos que vaya, y tiempo que pase, su dolor le consumirá: ¡todo, siempre, me sale mal! o ¡nada, nunca, me sale bien!

Estas tres categorías mentales –Amplitud, Permanencia y Personalización- aumentan la fuerza de la amenaza hasta caer en el desánimo,  lo que nos lleva ante las puertas del Infierno en cuyo dintel Dante leyó: “Abandonad, los que entráis, toda esperanza”. Cerrada la visión y encerrados en nosotros mismos, el olvido de talentos y experiencias positivas genera un anulador sentimiento de desamparo e indefensión.

Como en todo tsunami, las aguas deberían volver a su cauce si no lo impedimos nosotros; porque a falta de problemas reales el estado mental negativo perpetúa el autosabotaje inicial, conduciéndonos al estrés crónico y finalmente a la depresión.

Recuperar el equilibrio no es la meta, sino el punto de partida. Para recuperar perspectiva, talento y confianza, hemos de desarmar al cerebro límbico y restaurar el control del córtex. ¿Cómo? No te pares, no ataques, no huyas. Respira, relájate, sonríe, pide ayuda y trabaja duro, pensando:

A mí, siempre, todo me sale bien.

 

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