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CODICIA

2011 diciembre 18

“Cuando se carece de la disciplina interna que produce serenidad mental, no importan las posesiones o condiciones externas, ya que estas nunca proporcionarán a la persona la sensación de alegría y felicidad que busca. Por otro lado, si se posee esta cualidad interna, la serenidad mental y estabilidad interior, es posible tener una vida gozosa; aunque falten las posesiones materiales que uno consideraría normalmente necesarias para alcanzar la felicidad”. Dalai Lama.

Somos seres “expectantes”, ambiciosos de una vida que siempre ha de ir a más y mejor;  con la triste condena de que una vez que alcanzamos la meta, dejamos de querer lo que queríamos porque ya lo tenemos; deseando una vez más aquello de lo que carecemos.

Pero no sólo el final es frustrante, también lo es todo el proceso previo de comparación; mareados en un tiovivo de opciones que giran en torno a cambiantes valores en boga. No nos referimos sólo a cuestiones de consumo, pues incluimos proyectos, estatus, pareja, amigos y la propia imagen que elegimos para vivir mejor.

Como cambiando la percepción cambia la experiencia, antes de empeñarse en lograr algo conviene considerar tres perspectivas:

 1)  El propio punto de vista, centrado en el interés individual, condicionado por el temor a perder  y  la  ansiedad  por  ganar. Difícilmente encontraremos una alternativa que nos deje plenamente satisfechos, porque:

  • En decisiones a corto plazo nos inquieta pensar que la elección tomada quizá no fue la mejor, ante la infinidad de opciones que no pudimos tener en cuenta; o quizá deberíamos haber esperado más, a la oferta que en breve superará a la actual.
  • En las de medio plazo, la perseverancia en  un proceso de búsqueda y comparación nos agota, sumergidos en un entorno de información abrumadora. Será complicado encontrar algo que compense la ruinosa inversión de tiempo y esfuerzo.
  • A largo plazo, nos atormentará todo lo que dejamos sin hacer, debido a precipitaciones y a esperas. Al final de su vida demasiadas personas suman más errores y omisiones que aciertos.

 2)  El punto de vista de otros –aliados y oponentes- no añade mucho valor, ya que los amigos se identificarán con nosotros y se limitarán a apoyarnos en nuestra  justificación; mientras que los enemigos pondrán el dedo en la llaga y nos enfurecerán con sus críticas a todo lo nuestro. Seguiremos sin salir del “ego” y su paralelo “alter ego”.

 3)  La tercera perspectiva es un “no yo”, que carece de ambiciosa comparación. También la ansiedad por el máximo control se desvanece y se crea una visión donde lo ingrato se acepta y lo grato se disfruta y se agradece. Podemos invertir la ambición, que, según Marco Aurelio, “es un vicio, pero puede ser madre de la virtud”:

Desea no desear, para valorar mejor lo que eres y lo que tienes.

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