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ENVIDIA

2011 noviembre 26

Una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga; ésta huía rápido y con miedo de la feroz depredadora, pero la serpiente no pensaba desistir.

Huyó un día, y ella no desistía. Dos días y nada. En el tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga paró y dijo a la serpiente:

-¿Puedo hacerte tres preguntas?

-No acostumbro dar esta concesión a nadie, pero como te voy a devorar, puedes preguntar.

-¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?

-No.

-¿Yo te hice algún mal?

-No.

-Entonces, ¿por qué quieres acabar conmigo?

-Porque no soporto verte brillar.

 (Anthony de Mello, S. J.)

 Mi  amigo Tofol, un poeta-filósofo de  la vida, me comentó en cierta ocasión: 

  “Durante la infancia, en el mismo colegio en que todos hemos aprendido algo, el “tonto”,  el que no aprende ni a la de tres, no te cae mal; simplemente te ríes de él. El que te cae mal, sin que te haya hecho nada, es el “lumbrera”, el que lo aprueba   todo con sobresaliente. ¿Por que? Simplemente, por envidia.

Uno de los valores básicos humanos es la justicia. De ella se deriva la paz y la concordia. De  su ausencia surge la violencia (mucho se ha matado en su nombre).

Pero la justicia no es sólo cuestión de un equilibrio objetivo entre contribución y retribución. Lo subjetivo es también muy importante.

La envidia (una forma de agresión, más mental que física), surge en las personas que no soportan el brillo de otras, a quienes atacan con cinismo y crítica. Significa alegrase del mal ajeno y entristecerse por su bien. Es una pérfida deformación del natural sentido de justicia que todos tenemos; y que anida en quienes menos aportan y merecen.

Recurren a minusvalorar el mérito de otros, para no ser infelices por el distinto reparto de fortuna y reconocimiento.

En nuestras empresas celebramos poco los éxitos ajenos y en cambio se invierten enormes cantidades de tiempo y energía en burlarse de los errores de los menos capacitados o inspirados. Así mismo, se critican las ideas más afortunadas, interpretándolas como fruto de una negativa ambición, o profetizando lo inútil del intento. Difícil trabajar y desarrollar el talento, en  un clima así.

Es signo de espíritus mediocres esta conducta, y señal de un alma grande darse cuenta a tiempo y cambiarlo.

La cura a este veneno está, curiosamente, en convertir la envidia en admiración y… difundirla. Porque si la envidia encoge, la admiración expande nuestra visión de la vida.

Progresemos, reconociendo los méritos ajenos y disculpando sus errores; dedicándonos después a hacer realidad nuestros propios sueños y objetivos.

En palabras de Teresa de Calcula: “la persona más peligrosa, la envidiosa”.

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