El plástico en el mar se está convirtiendo en un grave problema de contaminación en la actualidad. Entre otros daños, el plástico que flota en el mar mata a muchos animales porque lo confunden con su alimento, con sus presas, lo ingieren, se acumula en el tubo digestivo, sobre todo en el estómago, impide que el animal se alimente y acaba muriendo de hambre.
Por otra parte, una de las maneras de cuantificar la contaminación en cualquier hábitat es medirla en especies que la acumulan. A veces, la concentración del contaminante es tan pequeña que no la descubre un análisis químico. En cambio, los animales, en muchos casos, ingieren el contaminante y lo acumulan y, con ello, es más fácil detectarlo. Se hace, por ejemplo, con los metales pesados en mejillones o con compuestos orgánicos en el hígado de algunos peces.
En Holanda, el Grupo Holandés de Aves Marinas lleva recogiendo, desde los ochenta, las aves marinas muertas depositadas en la costa. Entre ellas destaca, por la presencia de plástico en su estómago, el fulmar (Fulmarus glacialis), ave marina oceánica, que solo se acerca a la costa para la cría, y de gran tamaño, que mide casi medio metro de la cabeza a la cola y más de un metro de extremo a extremo de las alas. Es típica de los océanos del hemisferio norte, Atlántico y Pacífico, y que, en Europa, tiene su límite sur en las costas de la Bretaña francesa.
Conocida entonces la capacidad de ingestión de plásticos del fulmar y su acumulación en el estómago, Jan van Franeker y su grupo, del Instituto de Recursos Marinos y Estudios del Ecosistema de Den Burg, en Holanda, proponen a esta especie como sistema de detección y cuantificación de plásticos en el mar. Nos dicen que han propuesto los organismos internacionales lo que se llama un Objetivo de Calidad Ecológica (EcoQO) para la presencia de plástico en el estómago del fulmar: la calidad ecológica es aceptable si no más del 10% de los fulmares de un determinado lugar tiene más de 0.1 gramos de plástico en el estómago.
Según los datos del grupo de van Franeker, el 95% de los 1295 fulmares recogidos entre 2003 y 2007 en las costas del Mar del Norte tienen plástico en el estómago y el nivel crítico (EcoQO) de 0.1 gramos lo sobrepasan el 58%, con algunas zonas en que lo sobrepasan el 78% de los cadáveres. En cuanto al tipo de plástico, con el tiempo ha ido disminuyendo el de origen industrial y aumentando el procedente de barcos de pesca y el de origen doméstico.
Poco tiempo después, el grupo de van Franeker publicó un estudio sobre el contenido en plástico de 58 fulmares recogidos en las costas de Islandia que les ha servido para validar la utilización del fulmar como sistema de detección de plástico en el mar. El 78% de los ejemplares tiene plástico en el estómago, la media es de 0.13 gramos y alrededor del 40% sobrepasa el nivel crítico (EcoQO) de 0.1 gramos. Más o menos, estos resultados indican que la contaminación por plástico en Islandia es la mitad de la detectada en Holanda.
Y casi a la vez, otro grupo, dirigido por Stephanie Avery-Gomm, de la Universidad de la Columbia Británica en Vancouver, en Canadá, publicó un trabajo sobre el contenido de plástico en el estómago de 67 fulmares recogidos en la costa oeste de Norteamérica, en concreto, en la Columbia Británica canadiense y en Oregon y Washington en Estados Unidos. El 92.5% de los animales tiene plástico en el estómago, con una media de 0.38 gramos, y el 54% sobrepasa el nivel crítico (EcoQO) de 0.1 gramos.
Este trabajo, con fulmares de la otra población de esta especie, la del Pacífico Norte, apoya los trabajos de Holanda e Islandia y, por tanto, la utilización de esta especie para detectar y cuantificar la contaminación con plástico en alta mar, en los océanos del hemisferio norte.
*Avery-Gomm, S. y 5 colaboradores. 2012. Northern fulmars as biological monitors of trends of plastic pollution in the Eastern North Pacific. Marine Pollution Bulletin doi:10.1016/j.marpolbul.2012.04.017
*Kühn, S. & J.A. van Franeker. 2012. Plastic ingestion by the Northern fulmar (Fulmarus glacialis) in Iceland. Marine Pollution Bulletin 64: 1252-1254.
*van Franeker, J.A. y 14 colaboradores. 2011. Monitoring plastic ingestion by the Northern fulmar Fulmarus glacialis in the North Sea. Environmental Pollution 159: 2009-2015.
En un paisaje urbano de cemento, cristal, hierro, asfalto, tráfico y ruido, un poco de verde, un jardín, unas flores, unos árboles, césped, siempre se agradece. Y no solo porque alegra la vista y el ánimo, sino también, como nos dicen Thomas Pugh y su grupo, de la Universidad de Lancaster, en Inglaterra, porque la vegetación contribuye a retirar contaminación del entorno urbano.
La contaminación atmosférica causa más de un millón de muertes al año en todo el mundo. Es más abundante y peligrosa en las ciudades y, además, en el Primer Mundo, sobre todo debido al tráfico. Los contaminantes más peligrosos son el dióxido de nitrógeno (NO2), el ozono, el dióxido de sulfuro y la materia particulada de tamaño microscópico, llamada PM. Todos estos contaminantes causan o agravan las enfermedades cardiovasculares y respiratorias. La concentración de los contaminantes se puede reducir controlando las emisiones, provocando su dispersión y dilución, y aumenta la deposición sobre diversas superficies. Y aquí intervienen las plantas pues su superficie externa presenta una tasa de deposición mucho más alta que las superficies más duras, habituales en el suelo urbanizado y en los edificios de las ciudades.
Pugh ha trabajado con dos de estos contaminantes, dióxido de nitrógeno y materia particulada menos de 10 micrómetros (PM10; un micrómetro es la milésima parte de un milímetro). Ambos proceden, sobre todo, de las emisiones de los vehículos. En Londres, el 40% del dióxido de nitrógeno atmosférico es producido por los coches y el 80% del PM10 tiene el mismo origen. Los autores desarrollan un modelo del movimiento de los contaminantes por las calles de la ciudad, según la velocidad del viento, la altura de los edificios y la anchura de la calle.
Hasta este estudio se consideraba que la vegetación contribuía, por deposición, a la disminución de hasta un 5% de la contaminación atmosférica. Pero el modelo de Pugh propone que su contribución es ocho veces mayor, hasta un 40% para el dióxido de nitrógeno, cuando la vegetación, por ejemplo de hiedra, recubre las paredes o forma muros a lo largo de la calle. Con la materia particulada la eficacia es todavía mayor pues retiraría hasta el 60% de la presente en la atmósfera. Los árboles también son eficaces pero el resultado final es más difícil de calcular pues el movimiento del aire a su alrededor es más turbulento y complicado. Además, al no formar una cubierta continua de vegetación desde el suelo a la copa, la contaminación puede escapar entre el suelo y las ramas.
*Pugh, T.A.M. y 3 colaboradores. 2012. Effectiveness of green infrastructure for improvement of air quality in urban street canyons. Environmental Science and Technology 46: 7692-7699.
Llega el verano, suben las temperaturas, los bosques están llenos de plantas crecidas en primavera, llueve menos y aquí están, como todos los años, los incendios forestales. Y, está claro, no olvidemos a los pirómanos, a los accidentes y a los irresponsables. Miles de hectáreas quemadas, con bosque y con matorral, y cada vez más en zonas abandonadas y sin cuidados por el descenso de la población rural. Los incendios forestales, además del peligro que suponen para personas y haciendas, nos angustian por la destrucción, por el derroche de naturaleza y belleza que representan. Comparar la imagen de un bosque en plenitud con su imagen después de un incendio apena a cualquiera que tenga con un mínimo de sensibilidad. Y todo ello aunque no conocemos todavía, con precisión, la extensión e importancia de los incendios forestales en la historia de nuestra especie. Incluso no sabemos si hay más o menos incendios según el clima, la vegetación, la topografía o las propias actividades humanas. Jennifer Marlon y su grupo, de la Universidad de Wisconsin en Madison, han hecho una primera aproximación al estudio de estos temas en el Oeste americano y sus conclusiones son, como poco, sorprendentes.
Han reconstruido las variaciones a largo plazo en el número de incendios a partir de los sedimentos de cenizas, recogidos en el fondo de lagos, depositados en los últimos 3000 años. Las muestras proceden de 48 lugares de las Montañas Rocosas y de los estados del Pacífico. Para datos más recientes, de los últimos 1800 años, han utilizado los anillos de crecimiento de los árboles y la historia escrita.
La mayor parte de los cambios en la frecuencia e intensidad de los incendios se explican por la temperatura, las sequías y la actividad humana. La tendencia general en los últimos 3000 años es una disminución lenta pero continua en el número e intensidad de incendios, es decir, en la cantidad de ceniza depositada en los sedimentos del fondo de los lagos. Los niveles más bajos se encuentran en la Pequeña Edad del Hielo, entre los siglos XV y XVIII, y en el siglo XX. Los máximos aparecen en la Edad Media, entre los siglos X y XIII, y al principio del siglo XIX. Desde entonces hasta la actualidad, durante gran parte del siglo XIX y el siglo XX, estamos en un mínimo, seguramente porque venimos de los muchos incendios de principios del XIX y, también, por la actividad humana con cría de ganado, fragmentación de los grandes bosques por el desarrollo de la agricultura y por la salvaguarda de los bosques durante la segunda mitad del siglo XX. Pero el resultado final es el mencionado: ahora mismo, en el Oeste americano, hay un “déficit” de incendios forestales y, según los autores de este trabajo, los grandes incendios de los últimos años están comenzando a cubrir ese “déficit”.
*Marlon, J.R. y 11 colaboradores. 2012. Long-term perspective on wildfires in the westernUSA. Proceedings of the National Academy of Sciences USA doi:10.1073/pnas.1112839109
Paós el verano pero queda el recuerdo de las plagas de medusas. Sol, buena temperatura y todos a la playa. Y, como todos los años, nos acompañan las medusas y sus dolorosas picaduras. De nuevo se convierten en noticia de primera página. Los bañistas se quejan, y muchos aseguran que, según lo que recuerdan, nunca ha habido tantas medusas. La causa es, como para muchas otras cosas, el calentamiento global. Es el aumento de la temperatura del agua de mar lo que favorece la reproducción de las medusas. Algo así han encontrado Priscilla Licandro y sus colegas, de la Fundación para las Ciencias del Océano Sir Alister Hardy de Plymouth, en Inglaterra, en la medusa Pelagia noctiluca, que se encuentra en las aguas cálidas del Atlántico y el Mediterráneo que rodean la Península Ibérica. Además, es una medusa con una picadura muy dolorosa.
Para detectar los cambios en la población de esta medusa, los autores han revisado las muestras de plancton recogidas entre 1958 y 2007 en el Atlántico, más otras procedentes del Mediterráneo occidental, todas ellas cercanas a las costas de la península. Los resultados de la revisión demuestran que la medusa ha aumentado en número y, también, en la cantidad de explosiones de población, que son las que ahuyentan a los bañistas y llegan a los medios, y, dentro de cada explosión, el número de ejemplares es también mayor. Son más numerosas desde 1998 y, para los autores, la causa principal es la pesca intensiva de peces de interés comercial que, a la vez, son depredadores de las medusas. Así, al haber menos depredadores, hay más presas, o sea, hay menos peces y, por tanto, hay más medusas. Además, los autores sugieren que también el calentamiento global y el aumento de la temperatura del mar intervienen en la explosión de la población.
Esta medusa, la Pelagia noctiluca, es una especie de aguas cálidas y quizá por ello el aumento de la temperatura del agua beneficie su reproducción. Por ello, como han hecho Lucas Brotz y su grupo, de la Universidad de la Columbia Británica en Vancouver, Canadá, es necesario extender el estudio de las poblaciones de medusas lo más posible en hábitats y especies.
Por tanto, inician una revisión de los datos sobre la abundancia de medusas en los 66 Grandes Ecosistemas Marinos descritos en todo el planeta. Para 45 de ellos hay datos fiables sobre medusas desde 1950 hasta la actualidad. Las tendencias que encuentran las definen como creciente, estable o decreciente. En 28 de los 45 ecosistemas, la tendencia es creciente, o sea, en el 62% de los ecosistemas los datos indican que las poblaciones de medusas están aumentando desde 1950 hasta ahora.
Los datos revisados corresponden a ecosistemas que van de fríos a cálidos y a especies propias de aguas frías o cálidas. Hay de todo y, como ejemplo, nos puede servir que en el Golfo de Vizcaya, entre Bretaña y el norte de la Península Ibérica, la tendencia de las poblaciones de medusas es creciente; en Galicia y Portugal, las poblaciones se mantienen estables; y en la costa mediterránea, la tendencia es, de nuevo, creciente. En realidad, de los 63 ecosistemas revisados, solo en 3 las medusas disminuyen: en la corriente de Humboldt, en la costa de Sudamérica hacia el Pacífico; en la costa oeste de Groenlandia; y en la corriente de Oyashio, al norte del Japón. En los 60 ecosistemas restantes, las poblaciones de medusas o se mantienen estables o crecen.
Hasta ahora todo parece claro: hemos visto un estudio de una especie de medusa cuya población crece y una revisión a nivel planetario que da que una mayoría de las poblaciones de medusas crecen. Pero, poco después de publicarse el trabajo de Lucas Brotz, apareció otro estudio cuyas conclusiones son muy diferentes. Lo firman Richard Condon y su grupo del Laboratorio del Mar de la Isla Delfín, en Alabama, Estados Unidos.
Lo primero que detectan los autores es que, a partir de datos obtenidos en Google News, se encuentra que las medusas interesan mucho a los medios de comunicación. Las citas en Google News se multiplican por cinco entre las décadas 1981-1990 y la 2001-2010. Como ven, no está claro si las poblaciones de medes crecen pero es indiscutible que el interés social por las medusas sí lo hace, y además en cantidad. Ya ven, son más visibles que nunca.
Además, Condon y sus colaboradores están recopilando, desde 2010, todas las citas sobre medusas y similares que se han publicado en todo el mundo. Con ello están elaborando una base de datos (JEDI, Jellyfish Database Initiative) que les ha servido para llegar a las conclusiones de este artículo. Han revisado, como hacía Brotz, la tendencia de las poblaciones de medusas. La conclusión para Condon es evidente: la creencia en que las poblaciones de medusas están creciendo no tiene ninguna base científica. En su base de datos no hay tendencias a largo plazo que indiquen que las poblaciones de medusas estén aumentando. Se habla más de ellas, pero parece que no hay más medusas.
*Brotz, L. y 4 colaboradores. 2012. Increasing jellyfish populations: trends in Large Marine Ecosystems. Hydrobiologia DOI:10.1007/s10750-012-1039-7
*Condon, R.H. y 16 colaboradores. 2012. Questioning the rise of gelatinous zooplankton in the world’s oceans. BioScience 62: 160-169.
*Licandro, P. y 7 colaboradores. 2010. A blooming jellyfish in the northeast Atlantic and Mediterranean. Biology Letters doi:10.1098/rsbl.2010.0150
Es el cambio climático, con su calentamiento global, y cada vez con un consenso mayor de que lo ha provocado el hombre, el causante del aumento del nivel del mar que, durante el siglo XXI, seguirá subiendo con consecuencias que se predicen catastróficas para nuestro modo de vivir. También se asegura que ese calentamiento global, o sea, la subida de la temperatura, es la que provoca la fusión de los hielos de los polos y de las montañas y el agua que se produce es la causa del aumento del nivel del mar. Pero Yadu Pokhrei y su grupo, de la Universidad de Tokio, nos cuentan que, en la segunda mitad del siglo XX, el nivel del mar ha subido, según medidas directas, una media de 1.8 milímetros por año. Sin embargo, el cálculo del agua liberada por la fusión de los hielos solo da para 1.1 milímetros por año. Quedan 0.7 milímetros por año de la subida del nivel del mar sin explicación.
Para resolver este enigma, Pokhrei y sus colegas proponen que esta diferencia se debe al uso intensivo que nuestra especie hace del agua que se encuentra en tierra: ríos, lagos, acuíferos, embalses,… Es obvio que todo este agua, una vez utilizada, acabará en el mar.
Los autores crean un modelo matemático del uso del agua terrestre, con sus sistemas de almacenamiento y flujos entre compartimentos, a partir de datos reales obtenidos de bases de datos públicas. Tienen en cuenta la sobreexplotación de los acuíferos; el almacenamiento de agua en depósitos artificiales, sobre todo en embalses; los cambios en los stocks de agua debido a las variaciones del clima, teniendo en cuenta sequías e inundaciones; y, además, las pérdidas de agua de todos estos sistemas de almacenamiento y transporte.
El modelo matemático, con estos datos, concluye que, entre 1961 y 2003, el uso habitual de este agua de origen terrestre ha contribuido al aumento del nivel del mar con una media de 0.77 milímetros por año, lo que coincide con las cifras de aumento real del nivel del mar que antes he mencionado. Además, según Pokhrei, es la sobreexplotación de los acuíferos quien más contribuye a esos 0.77 milímetros por año.
Por otra parte, este resultado nos lleva a una conclusión inesperada. A pesar de que el aumento del nivel del mar se atribuye a la fusión de los hielos causada por el calentamiento global, resulta que, si estos datos del modelo de Pokhrei se confirman, casi la mitad de ese aumento, un 42%, se debe a agua de origen terrestre, con origen sobre todo en los acuíferos.
Casi a la vez que apareció este artículo, otro grupo liderado por Yoshihide Wada, de la Universidad de Utrecht, en Holanda, publicó un trabajo similar sobre el mismo asunto. También modeló el agua de origen terrestre que llega al mar entre los años 60 y principios de este siglo. Solo tuvo en cuenta el agua de los acuíferos y, de esta manera, su contribución al aumento del nivel del mar fue de 0.25 milímetros por año. Una cantidad menor ya que, repito, solo cuenta el agua de los acuíferos.
*Pokhrei, Y.N. y 5 colaboradores. 2012. Model estimates of sea-level change due to anthropogenic impacts on terrestrial water storage. Nature Geoscience doi:10.1038/ngeo1476
*Wada, Y. y 5 colaboradores. 2012. Past and future contribution of global groundwater depletion to sea-level rise. Geophysical Research Letters doi:10.1029/2012GL051230
Documental, USA, 2010, 104 min., Dirección, Guión, Montaje y Narración: Josh Fox. Producción: Trish Adlesic, Molly Gandour, Josh Fox y David Roma.
En Alava, según anunció el lehendakari Patxi Lopez en octubre de 2011, hay gas natural en tal cantidad como para cubrir las necesidades de la Comunidad Autónoma del País Vasco durante 60 años. Pero para extraerlo es necesario aplicar la técnica llamada “hydraulic fracking”, “hydraulic fracturing” o, simplemente, “fracking”, que podría traducirse por “fracturación hidráulica”. El gas, sobre todo metano, se encuentra en grietas microscópicas y no en bolsas como en los yacimientos tradicionales. Para extraerlo, se debe perforar primero en vertical hasta llegar a la capa que contiene el gas y, a continuación, se pasa a perforar en horizontal dentro de esas capas. Después se inyecta agua, con aditivos y a gran presión, hasta provocar la ruptura de las grietas y la liberación del gas.
Es una técnica que, por la experiencia de muchos años en Estados Unidos, parece peligrosa para el ambiente: agua contaminada, enorme gasto de agua, metano que se libera a la atmósfera y que contamina los acuíferos de agua potable,… Todo esto es lo que Josh Fox nos cuenta en su documental “Gasland”.
Viaja por Estados Unidos y entrevista a damnificados por la extracción del gas, a políticos, a representantes de las empresas de gas y a algunos expertos en medio ambiente. Es, sobre todo, una película personal, de Josh Fox, que trata de personas, de los damnificados. Con el material que graba construye un documental cercano, apasionado e inquisitivo. A ello ayuda un montaje excelente y un texto, en primera persona, intenso y lleno de confesiones muy personales.
Película muy recomendable por varios motivos. En primer lugar, su calidad que la llevó a ser nominada para el Oscar al mejor documental en 2011 (que ganó “Inside Job”, otra excelente película) y, en segundo lugar, porque la presencia de gas natural en Alava ha puesto de actualidad la técnica del “fracking” y sus consecuencias. Y es posible que en los próximos meses haya mucho que decidir sobre este asunto. Y no solo aquí, también en Cantabria, Asturias, Castilla y León, La Rioja y quién sabe si en otros lugares de la Península.
http://blogs.elcorreo.com/labiologiaestupenda/2012/03/12/fracturacion-hidraulica/
http://blogs.elcorreo.com/labiologiaestupenda/2012/04/17/mas-fracturacion/
En la película El Graduado, estrenada en 1967 y dirigida por Mike Nichols, el plástico más hermoso es la media de nylon que cubre la estupenda pierna de Anne Bancroft. Y, hablando de plásticos, el protagonista, interpretado por Dustin Hoffman, recién graduado y pensando qué hacer con su vida, recibe de Mr. McQuire, uno de los amigos de sus padres, un extraordinario consejo sobre cómo debe orientar su vida:
“-Quiero decirte una palabra. Solamente te diré una palabra.
-Sí, señor.
-¿Estás atento?
-Lo estoy.
-Plásticos.
-Exactamente, ¿qué quiere decir?
-Hay un gran futuro en los plásticos. Piensa en ello. Debes pensar en ello.
-Lo haré.
-Muy bien. No digo más. Esto es un trato.”
Y acertó. Un profeta es lo que era Mr. McQuire. Hoy, delante de San Francisco, donde se desarrolla la acción de la película, hay cientos de kilómetros cuadrados del Océano Pacífico cubiertos de plásticos flotantes, atrapados en el llamado Giro Central del Pacífico Norte, formado por las corrientes de California y Kuroshio. Hasta tiene nombre este inmenso montón de basura: es el Great Pacific Garbage Patch, algo así como la Gran Mancha de Basura del Pacífico Norte, para nosotros, desde ahora, la Gran Mancha.
Ustedes ya conocen las ventajas del plástico: maleable, ligero, indestructible, barato,… Desde la década de los 40 del siglo pasado, cuando se empezó a fabricar en masa, ya se hablaba del futuro como la Edad del Plástico. Hoy nos rodea y si, en un ejercicio de imaginación, hiciéramos desaparecer todo el plástico que tenemos alrededor, lo primero que notaríamos es que estábamos medio desnudos y sentados en el suelo, y solo para empezar. Cerca de 300 millones de toneladas se fabrican cada año y hay quien asegura que, en la primera década de este siglo, se ha fabricado tanto plástico como en todo el siglo XX.
Pero esas extraordinarias características del plástico que antes mencionaba también anticipan los problemas que plantea cuando se convierte en basura. Aparece por todas partes y se mantiene durante años. Incluso aunque ya no lo veamos, no es que ha desaparecido, sino que se ha desmenuzado en fragmentos diminutos, microscópicos, que permanecen durante años en el entorno. Y en muchos casos, estos plásticos, grandes o pequeños, acaban en el mar tal como nos lo cuentan Richard Thompson y su grupo de la Universidad de Plymouth, en Inglaterra.
Las primeras noticias de los peligros de los plásticos en el mar llegaron de los fragmentos que se encontraron, en la década de los 60, en cadáveres de las aves marinas que los habían ingerido. Ahora se encuentran restos de plásticos desde los polos hasta el Ecuador y desde la costa hasta las profundidades abisales. La mayoría de los plásticos flotan y, por ello, muchos de ellos terminan en la costa; en la actualidad, del 50% al 80% de la basura que se recoge en las costas son plásticos. Se han encontrado, como récord, hasta 100.000 trozos de plástico por metro cuadrado y, flotando, hasta 3.250.000 fragmentos por kilómetro cuadrado de superficie marina. Como ejemplo del tiempo que esta basura permanece en el entorno nos sirve el cadáver del albatros recogido en 2009 que había muerto por tragar un trozo de plástico procedente de un avión que cayó al mar unos 60 años antes.
Pero volvamos al Pacífico y a la Gran Mancha y veamos lo que nos cuentas Charles Moore, de la Fundación Algalita para la Investigación Marina de Long Beach, en California, y uno de los mayores expertos mundiales en basura de plástico en el mar; en realidad, es el que descubrió y popularizó la Gran Mancha. Como nos cuenta James Leichtler, de la Universidad de California en San Diego, fueron Moore y su Fundación Algalita quienes estudiaron, descubrieron y revelaron al mundo, tanto a los científicos como a la sociedad en general, lo que era y significaba la Gran Mancha y, de paso, llamaron la atención sobre el problema más general que suponía la contaminación del mar con plásticos.
La Gran Mancha se define como una zona de convergencia de corrientes oceánicas que acumula basura de todo el Pacífico Norte. Solo como reflexión personal, pues todavía no se han publicado trabajos sobre ello, en este momento la Gran Mancha debe de estar acumulando restos del gran tsunami de Japón del año pasado. Volviendo a lo que revisa Moore, la Gran Mancha tiene, en peso de basura, seis veces más que plancton, o sea, hay seis veces más porquería que vida. En 1999, encontraron 300.000 piezas por kilómetro cuadrado y, en 2008, unos diez años después, más del doble llegando a los 752.000 trozos por kilómetro cuadrado.
Cuando los fragmentos de plástico se cargan de fauna y flora, se pueden hundir y se depositan en el fondo del mar. Como ejemplo de un estudio cercano a nosotros, publicado en 1995 por F. Galgani y su grupo del IFREMER de Nantes, el 95% o más de la basura recogida en los fondos del Golfo de Vizcaya es plástico. Quién sabe lo que habrá aumentado esta basura en los 20 años transcurridos desde entonces.
Además, cuanto más tiempo permanece el plástico en el mar, más se fragmenta, hasta alcanzar tamaños que, como mucho, se miden en milímetros, y que, por ello, se ingieren con más facilidad por los animales que viven y se alimentan en el mar. De nuevo como ejemplo nos sirve que se ha calculado que la degradación de una sola botella de plástico de1 litroproduciría tantos fragmentos como para colocar uno de ellos en cada kilómetro de playa de todo el mundo. Nos cuenta Moore que, en un trabajo de su grupo publicado en 2010, el 35% de los peces que viven en la zona de la Gran Mancha tienen fragmentos de plástico en el estómago. Algo parecido ocurre con las tortugas, los mamíferos marinos y ya hemos mencionado a las aves marinas.
Otro rasgo a destacar de la basura de plásticos flotantes es la fauna y flora que acarrean. Llevan, como cuenta José Derraik, de la Universidad de Otago en Wellington, en Nueva Zelanda, bacterias, algas, moluscos, anélidos y otros grupos. Por el movimiento continuo de los plásticos en el océano, las especies que llevan también se pueden mover cientos y cientos de kilómetros. Ya hay especies que han viajado sobre plásticos se Australia a Nueva Zelanda, del Caribe a Florida o han atravesado el Atlántico Norte. A menudo, cuando llegan al final del viaje, se convierten en especies invasoras y el daño que pueden causar a su nuevo entorno es desconocido.
No solo en el Pacífico Norte, también en otros océanos, en los que siempre hay corrientes que giran, comienza a acumularse el plástico como, por ejemplo, frente a Chile en el Pacífico Sur o frente a Brasil en el Atlántico Sur o, como nos cuentan Kara Lavender Law y su equipo de la Asociación de Educación sobre el Mar de Woods Hole, en Estados Unidos, en el Atlántico Norte, entre Europa y el norte de África y Norteamérica. En este trabajo, los autores han revisado muestras de plancton tomadas en los últimos 22 años y han encontrado plástico, en fragmentos de milímetros de tamaño, en el 69% de ellas.
Y, para terminar, hace unas semanas se ha publicado un estudio de Miriam Goldstein y su grupo, de la Universidad de California en San Diego, sobre la Gran Mancha del Pacífico. Como primer resultado, encuentran que la basura de plástico y, en consecuencia, la propia Gran Mancha han crecido unas 100 veces en los últimos 40 años. Ya nadie se atreve a dar su extensión; en un tiempo se dijo que era como Texas y, poco después, como el doble de Texas y, en fin, enorme pero dispersa dependiendo del tiempo y del mar (Texas es casi un 50% más grande que España).
En segundo lugar, este grupo ha estudiado la reproducción de un insecto que vive en el mar, el Halobates sericeus, y su relación con el plástico flotante. Como este insecto, para su reproducción, necesita coloca sus huevos en un substrato duro y flotante, la aparición de millones de fragmentos de plástico en su entorno ha provocado una explosión en su población. Como ven, el plástico no solo ensucia el mar, también interviene en sus procesos y, por ello, mata aves, peces y otros animales por ingestión o provoca el aumento de poblaciones al ayudar en la reproducción o al trasladar especies de un continente a otro.
*Berger, C.M. y 3 colaboradores. 2010. Plastic ingestión by planktivorous fishes in the North Pacific Central Gyre. Marine Pollution Bulletin 60: 2275-2278.
*Derraik, J.G.B. 2002. The pollution of the marine environment by plastic debris: a review. Marine Pollution Bulletin 44: 842-852.
*Galgani, F. y 7 colaboradores. 1995. Distribution and abundance of debris on the continental shelf of the Bay of Biscay and inSeineBay. Marine Pollution Bulletin 30: 58-62.
Goldstein, M.C., M. Rosenberg & L. Cheng. 2012. Increased oceanic microplastic debris enhances oviposition in an endemic pelagic insect. Biology Letters DOI:10.1098/rsbl.2012.0298
*Lavender Law, K. y 6 colaboradores. 2010. Plastic accumulation in the North Atlantic Subtropical Gyre. Science 329: 1185-1189.
*Leichtler, J.J. 2011. Investigating the accumulation of plastic debris in the North Pacific Gyre. En “Interdisciplinary Studies on Environmental Chemistry”, p. 251-259. Ed. por K. Omori y 6 colaboradores. TERRAPUB.Tokyo.
*Moore, C.J. 2008. Synthetic polymers in the marine environment: A rapidly increasing, long-term threat. Environmental Research 108: 131-139.
*Thompson, R.C. y 3 colaboradores. 2009. Plastics, the environment and human health: Current consensus and future trends. Philosophical Transactions of the Royal Society B 364: 2153-2166.
Los fuegos artificiales son un apartado esencial del programa de las fiestas de cualquier pueblo, da igual lo grande que sea y, también, da igual que los fuegos sean media docena de cohetes o los más fastuosos de la región. Además de los fuegos artificiales, hay muchas fiestas que incluyen quemar algo desde un montón de basura a los monumentos más elaborados y, así, vamos, por ejemplo, de la Noche de San Juan de cualquier barrio o pueblo hasta las mundialmente famosas Fallas de Valencia. Pero, ahora, nos cuentan que tanto fuego y tanto cohete contamina. Lo han investigado Teresa Moreno y su grupo, del IDAEA del CSIC en Barcelona, en la Noche de San Juan en Girona o en las Fallas de Valencia.
En Girona, colocaron filtros de aire de funcionamiento continuo en dos zonas de la ciudad y recogen 107 muestras de polvo atmosférico, con partículas de 2.5 micrómetros (milésima parte de un milímetro), entre el 5 de mayo y el 30 de junio. Cuando representan las concentraciones de metales pesados encontradas en el aire, encuentran un pico el día 24 de junio y un par de días anteriores. Son los fuegos artificiales de cada día de las fiestas y la Noche de San Juan con sus múltiples hogueras. Encuentran que, en esos días, el estroncio aumenta 26 veces, el cobre 5 veces, el plomo 7 veces, el cobalto 9 veces, el antimonio 3 veces y el arsénico se dobla. Algunos de estos metales pesados, por ejemplo el plomo o el arsénico, se conoce con certeza que son tóxicos.
El mismo grupo y con el mismo método han estudiado las Fallas de Valencia, con sus fuegos artificiales, mascletás y la apoteosis final de la cremá de los monumentos falleros. Los resultados se parecen, con aumentos importantes de las concentraciones de metales pesados en la atmósfera. Así, el plomo se multiplica por 23, el antimonio por 52, el estroncio por 37 y el cobre por 6.
*Moreno, T. y 8 colaboradores. 2007. Recreational atmospheric pollution episodes: Inhalable metalliferous particles from firework displays. Atmospheric Environment 41: 913-922.
*Moreno, T. y 9 colaboradores. 2010. Effect of fireworks events on urban background trace metal aerosol concentrations: Is the cocktail worth the show? Journal of Hazardous Materials 183: 945-949.
Hemos tratado el colapso de la civilización maya y hace unas semanas descubrimos la Pequeña Edad del Hielo y la influencia que tuvo en la vida de los europeos durante varios siglos. Y, de pasada, citamos a los vikingos que, durante varios siglos, vivieron en Groenlandia y que, como los mayas, también desaparecieron. Pues bien, Sofia Ribeiro y su grupo, de la Universidad de Copenhague, aportan nuevos datos sobre el fracaso de la aventura vikinga en Groenlandia.
Fue en el siglo X cuando los vikingos, que ya conocían Groenlandia, comenzaron a asentarse en la enorme isla. Hacia el siglo XII, la colonia alcanzó su mayor auge y llegó a tener, con la población dispersa en granjas y pequeñas aldeas, entre 3000 y 5000 habitantes (solo vikingos; no se cuentan los inuits; en la actualidad, Groenlandia tiene 56000 habitantes). Pero en los siglos XIV y principios del XV, la población vikinga abandona Groenlandia. Hacia 1410-1430, los últimos vikingos abandonan la isla. Quizá por el empuje de los inuits, quizá por la caída internacional del comercia de marfil que los vikingos obtenían de las morsas, quizá por otras razones, o por todas a la vez o, también, como en el colapso maya, por cambios en el clima.
El grupo de Sofia Ribeiro estudia la presencia y cantidad de dinoflagelados, organismos unicelulares con una cubierta que se conserva cuando el animal muere, en los sedimentos de la Bahía de Disko, colonia situada en el oeste de Groenlandia, frente a las costas de Canadá. Según las especies de dinoflagelados presentes y el número de ejemplares de cada una de ellas, se puede reconstruir el clima del momento en que se depositaron en el sedimento de la Bahía de Disko. Por una parte, por las especies presentes, se conoce la extensión de la capa de hielo sobre el mar, y por el número de ejemplares, la productividad de las aguas que, indirectamente, nos dice su temperatura y el sol que recibe.
Según los datos de Ribeiro, cuando los vikingos se establecieron en los siglos X y XI la temperatura del agua era templada, la cubierta de hielo escasa y la productividad en la bahía era alta. Pero en el siglo XIV, la temperatura baja, los hielos aumentan y cae la productividad. Ribeiro deduce que es hacia 1350 cuando los vikingos se ven obligados a marchar de Groenlandia, incluso a pesar de que habían adoptado las técnicas de caza y pesca y la dieta de los inuits. Pero su economía se basaba en los pastos y las granjas de ovejas y no pudo adaptarse a un clima más frío y más tormentoso.
*Ribeiro, S. y 3 colaboradores. 2012. Climate variability in West Greenland Turing the past 1500 years: evidence from a high-resolution marine palynological record from Disko Bay. Boreas 41: 68-83.
Se acerca el fin del mundo, estamos en 2012 y, a finales de año, el 21 de diciembre si no recuerdo mal, los mayas profetizaron la destrucción total. Es curioso, porque su civilización sí que colapsó, y muy rápido, y se han propuesto muchas hipótesis sobre las causas del desastre. Martín Medina-Elizalde y Eelco Rohling, de la Universidad de Southampton, en Inglaterra, aseguran haber resuelto el enigma, por lo menos en parte.
Según nos cuentan, la desintegración de la civilización maya en la península de Yucatán y Centroamérica fue un proceso complejo, rápido en términos históricos pues duró, más o menos, unos 200 años, del 800 al 1000 de nuestra era, y que provocó un despoblamiento catastrófico en la zona con una enorme caída de la población. En ese tiempo hubo varios episodios de sequía, aunque no se conocía con precisión ni sus duraciones ni su severidad. Y esto es lo que han investigado Medina-Elizalde y Rohling.
Su trabajo se centra en cuatro de los episodios de sequía mejor documentados y, para establecer época y dureza, hacen tres muestreos para conocer la concentración del isótopo gamma 18 del oxígeno, abundante en tiempo de lluvias y disminuyendo en las sequías. Por tanto, a menos gamma O 18, menos lluvia y más sequía. Como materiales a estudiar utilizan la estalactita de una cueva, las conchas de caracoles y ostrácodos depositados en el fondo de dos lagos de agua dulce, y el sedimento de uno de esos lagos.
Todo ello confirma cuatro episodios de sequía entre los años 800 y 1000, con cortas recuperaciones entre ellos, aunque las lluvias volvieron a su nivel habitual solo a partir del año 1000. La lluvia, en esos episodios, cayó un 40%, que es importante pero no exagerado, pero las sequías duraron varios años. En la región maya no hay ríos grandes y el agua se almacena en pocos y lagos. En estos depósitos se repone el agua sobre todo en las tormentas del verano que fueron, precisamente, las que desaparecieron con estas sequías. Por tanto, menos agua de lluvia y más evaporación, por el sol y las altas temperaturas en las épocas de sequía, llevaron a la escasez de agua. Y, en consecuencia, no hay agua, no hay cultivos, hay hambre y sed y, antes o después, la emigración y el colapso.
*Medina-Elizalde, M. & E.J. Rohling. 2012. Collapse of Classic Maya Civilization related to modest reduction in precipitation. Science 335: 956-959.

