Nuevo blog

Los que quieran seguirme la pista en mis aventuras, ya no irlandesas, que se pasen por mi nuevo blog: http://comounlibroabierto.wordpress.com.

¡Todo el mundo es bienvenido!

Goodbye… or “hasta la vista, baby”!

Bueno, pues hasta aquí hemos llegado. Esta será, salvo sorpresa, la última entrada de este blog. Han sido dos años en Irlanda, y un año y dos meses desde que empecé este blog: 130 entradas (una cada tres días aproximadamente) y 473 comentarios (lo que quiere decir que vosotros escribís casi cuatro veces más que yo). Durante este tiempo he intentado hablar de mi vida, pero sobre todo de Irlanda, su historia y su cultura, de la que me he dado cuenta que no sabía prácticamente nada antes de vivir en el país, y de la que seguro que aún me quedarían muchísimas cosas por aprender.

Ahora vuelvo a Bilbao, sin saber todavía cuál será mi siguiente destino. Si queréis seguirme la pista, os recomiendo que os paséis por mi blog personal (que se llame Bilbao-Limerick , aunque probablemente le cambie el nombre dentro de poco, por motivos evidentes), o que entréis al blog colectivo sobre libros (Un libro al día ) que espero que también os resulte interesante. Y si queréis seguir aprendiendo cosas sobre Irlanda, creo que vuestra mejor opción es seguir leyendo el blog de Chesus, Innisfree1916 , realmente completo y actualizado.

Me despido dándoos las gracias por estar ahí, corrigiendo mis errores, comentando las entradas y completando la información; haciendo que este blog estuviera vivo, en definitiva. Gracias especialmente a Txiguin, a Chesus, a Eire, a Aida… y a todos los demás lectores, también a aquellos que nunca os animasteis a hacer un comentario.

Y gracias también a El Correo Digital, por darme un espacio para contar mis historias, y para ayudar a que Irlanda sea un poco más conocida más allá de sus fronteras.

¡Hasta siempre!

Farewell to Ireland

The perfect pint

Con una mano firme, sin violencia pero sin duda, coges el vaso de pinta, y delicadamente, como una cara que se inclina para besar, lo pones bajo el grifo de Guinness en un ángulo de 45º. Con la otra mano, decididamente pero sin tensión tiras del émbolo, y un chorro denso y constante comienza a resbalar por el cristal, acariciándolo, rebotando contra sus márgenes, creando remolinos y figuras en el fondo. Poco a poco, como una marea, ves el vaso llenándose de un líquido espeso, que baila bajo tus dedos. El nivel sube -todavía casi no hay espuma, no debería haberla, que no te tiemble el pulso ahora- hasta amenazar con derramarse y entonces, un momento antes, debes retirar la otra mano de la manivela y cortar el chorro.

Déjala reposar. Pósala sobre la barra y espera. Puedes entretenerte observando las oleadas de espuma, que parecen bajar en vez de subir hacia la superficie, acariciando las caderas de la pinta, una y otra vez, hundiéndose hacia el fondo. Déjala reposar. No tengas prisa. Disfruta de esa tensión -tú, el cliente, la cerveza- de la impaciencia y la incertidumbre. Poco a poco, el color del líquido se transforma, se oscurece, gana profundidad, comienza a parecer madera, al café, al chocolate. En la superficie se empieza a formar una capa, no muy ancha, de color blanco puro, como de nata montada, ligera y espumosa.

Ahora, mátala suavemente. Vuelve a coger el vaso, vuelve a ponerlo bajo el grifo, y empuja la manija, pero no hasta el final, como antes, sino sólo unos milímetros, lo justo para que un hilillo de cerveza penetre en la superficie de la pinta y vaya llenando lo poco que queda hasta el final. Verás alborotarse el cuerpo de la cerveza, como si le estuvieras haciendo cosquillas. Verás resucitar el baile de burbujas, las capas de colores que se mezclan, caen, suben, saltan. Verás crecer levemente el grosor de la espuma -no demasiado, o tendrás que tirar algo y volver a llenar. Cuando el líquido alcance el límite superior, e incluso un poco más allá (puedes jugar, si tienes experiencia, con ese riesgo, esa frontera, ese abismo de derramar o no derramar) cierra el grifo, y deja que el último sello de la cerveza sea un agujero limpio y redondo en la espuma, que poco a poco se va cerrando, como una herida que se transforma en cicatriz parda sobre fondo blanco.

No hagas dibujitos (un trébol, un arpa) con el chorrito. Eso son tonterías para turistas.

What Ireland gave me

Irlanda me ha dado:

Dos años más de experiencia profesional
Patatas
Soltería
Muchos viajes preciosos
Un doctorado
Litros de Guinness
Una historia y una cultura apasionantes
Dos blogs
Lluvia
Nuevos y buenos amigos

Michael Collins

Hace tiempo que tenía ganas de ver la película Michael Collins, y más todavía después de visitar la antigua cárcel de Dublín, que habla fundamentalmente del Alzamiento de Pascua y sus consecuencias (Declaración de Independencia, Guerra de Independencia, Tratado Anglo-irlandés, Guerra Civil…). Michael Collins, miembro destacado del primer IRA y del primer Parlamento irlandés o Dáil, jugó un papel fundamental en aquellos momentos históricos, hasta el punto de que, al parecer contra su voluntad, fue una de las personas encargadas de negociar el polémico Tratado con los ingleses por el que Irlanda logró una independencia tutelada, a cambio de la división de la isla.

La película trata precisamente el periodo más agitado de la historia irlandesa reciente: desde el alzamiento de 1916 y el fusilamiento de sus líderes (Michael Collins estuvo implicado en la rebelión, pero no como cabecilla), hasta el asesinato de Collins en 1922, durante la Guerra Civil irlandesa. Comparada con El viento que agita la cebada, Michael Collins es más fácil de seguir para el espectador, porque explica más claramente los vaivenes históricos de los personajes y de Irlanda en general; en cambio, como película, es mucho más plana, mucho menos artística.

Uno de los aspectos más controvertidos de Michael Collins es el modo en que retrata a Éamon de Valera, el primer Presidente de la República de Irlanda. Es cierto que existieron rivalidades entre Collins y de Valera, especialmente tras la Guerra de Independencia: Collins encabezó a los partidarios del Tratado Anglo-irlandés que él mismo había negociado, y de Valera a los contrarios al tratado, de modo que cuando estalló la Guerra Civil ambos eran los líderes -ideológicos, al menos- de los dos ejércitos enfrentados. Pero en la película la figura de De Valera sale muy perjudicada por la comparación con Collins, casi caricaturizada: se le muestra como a una persona timorata, débil, manipuladora y egocéntrica, frente al idealismo, honestidad e inteligencia de Collins. Incluso se insinúa algo que los historiadores parecen haber descartado ya completamente: que De Valera pudiera haber ordenado el asesinato de Collins para librarse de su mayor enemigo.

Tampoco los actores están todos al mismo nivel: Liam Neeson hace un buen papel como Michael Collins, y Aidan Quinn como Harry Boland; en cambio, Alan Rickman sobreactúa -para mi gusto-, y Julia Roberts, para el gusto de casi todo el mundo, no pinta nada haciendo de prometida de Collins, y no resulta en absoluto creíble (aparte de que, por los comentarios que he leído en internet, sus intentos de fingir un acento irlandés resultan involuntariamente humorísticos).

En resumen, Michael Collins puede ser una película interesante para entender algo mejor lo que pasó en Irlanda en aquellos seis años de historia concentrada, como quien ve un documental. En cambio, como película artística o como entretenimiento, deja algo que desear. Recomiendo mucho más -una vez asimilado bien el contexto histórico, eso sí-, El viento que agita la cebada, de Ken Loach.

Last visit to Dublin

Con motivo de la visita de un amigo, este fin de semana he hecho el que puede ser mi último viaje a Dublín del año y -quién sabe- de mucho tiempo. Como mi amigo no había estado nunca en Dublín, paseamos todo lo paseable en dos días, y por el camino descubrí algunas pequeñas atracciones en las que no había reparado en mis anteriores visitas a la capital:

-La Biblioteca Nacional: La había buscado varias veces, pero no la había encontrado nunca. Es un edificio neo-neoclásico (como muchos de los edificios oficiales de Dublín), pequeño, coqueto, acogedor. Había además una interesante exposición sobre Yeats.

-El Museo de Arqueología e Historia: A unos pocos metros de la Biblioteca Nacional, es un museo muy didáctico y bastante completo sobre la historia y la arqueología de Irlanda -y en menor medida del resto del mundo-.

-La antigua cárcel de Kilmainham Gaol: Una prisión, hoy en día transformada en museo, donde se ofrece información sobre la historia del sistema carcelario irlandés, y sobre algunos de sus ocupantes más destacados: los dirigentes de la Sublevación de Pascua de 1916, que fueron confinados y fusilados en esta prisión. En Kilmainham Gaol se han filmado además varias películas, la más conocida de todas En el nombre del padre, de Jim Sheridan y con Daniel Day-Lewis y Emma Thomson.

-The Brazen Head: El pub más antiguo de Dublín y de Irlanda, establecido (como taberna) en 1198. Está un poco alejado del centro, cerca de Christ Church Cathedral, pero se come -y se bebe- bien y no excesivamente caro.

-La librería Murder Ink: Una curiosa librería, situada cerca de Trinity College, especializada en novela policiaca. Aproveché para comprarme un libro de Raymond Chandler, del que no he leído nada todavía.

El fin de semana dio para mucho más: para volver a visitar la National Gallery, escuchar el Mesías de Haendel en Christ Church, volver a pasear por el Dublín Georgiano, O’Connell y sus alrededores, y por supuesto Temple Bar, de día y de noche. En fin, que aunque Dublín no sea Nueva York, Londres o París, también ofrece sus opciones turísticas más que interesantes…

Bloomsday

Leyendo el blog Innisfree 1916 compruebo que hoy, 16 de junio, es Bloomsday, probablemente una de las festividades más freaks del planeta junto con el “Día de la Toalla“: hoy se conmemoran 105 años desde el día (ficticio) en que Leopold Bloom, protagonista del Ulises de James Joyce recorrió las calles de Dublín, recogió al joven Stephen Dedalus y volvió a casa junto a su mujer Molly Bloom.

Esta efemérides se conmemora de distintas maneras: con lecturas de la obra de Joyce en distintas partes del globo, pero sobre todo reproduciendo sobre el terreno (es decir, en las calles de Dublín) algunas de las actividades de Leopold Bloom: el desayuno a base de hígado de cerdo y otros alimentos igualmente colesterolosos, la visita a la Oficina de Correos, el sandwich de Gorgonzola en el pub de Davy Byrnes o una pinta en el Ormond Hotel, donde Bloom fue tentado por metafóricas sirenas con cuerpo de camarera y piernas de camarera.

Mi guía de Irlanda dice que el Ulises es “la obra literaria más importante de las que usted nunca leerá”, y probablemente tiene razón: no es desde luego plato para todos los gustos, y probablemente muchos lectores se sentirán mareados por los experimentos formales, lingüísticos y narrativos de Joyce. Sin embargo, yo recomendaría que hicierais el esfuerzo de intentarlo, porque una vez que uno se aceptan las reglas del difícil juego narrativo, y se comienza a apreciar la inacabable ironía de Joyce, la lectura llega a disfrutarse realmente. Merece la pena probar, sobre todo hoy que estamos en Bloomsday.

Hurling at Thurles

Este domingo, viendo que se nos acaba el curso, decidimos irnos a ver un partido de hurling a Thurles, un pueblo de Tipperary que está a una hora en tren. Concretamente, era la semifinal de Munster del All-Ireland Championship, o sea que el partido tenía su importancia. El hurling, para el que no lo recuerde, es ese deporte que se juega con un palo que es algo intermedio entre un palo de hockey y una pala de pelota vasca, y en el que hay dos tipos de goles: por encima de la portería, que vale 1 punto, y dentro de la portería, que vale 3 puntos.

El partido resultó entretenido (Limerick iba perdiendo 3-9 al descanso y acabó empatando a 11, así que habrá partido de “desempate” el sábado que viene), pero para un espectador ocasional como nosotros resulta un deporte bastante caótico, y bastante violento. Es raro ver una jugada ordenada con un par de pases y un tiro a puerta, todo tiene pinta de ser aleatorio: tú golpeas la pelota hacia el campo contrario, confiando en que por allá haya algún compañero tuyo, y el que la coja que se arregle. Seguro que no es así, pero es la impresión que da.

En fin, aquí van algunas fotos del evento.


Colours of Ireland

Si se pregunta a cualquiera cuál es el color representativo de Irlanda, probablemente todo el mundo contestará: “el verde”. De hecho, a Irlanda se la conoce como “la isla esmeralda”, por el color de sus prados interminables. También son verdes los leprechauns, el shamrock y las camisetas de las selecciones nacionales de Irlanda. De hecho, la bandera de Leinster -verde con el Cláirseach o arpa gaélica- sirvió como emblema no oficial de Irlanda durante varios siglos. Pero hay otros colores que también sirven para identificarla.

Por ejemplo, la bandera irlandesa, como todo el mundo sabe a estas alturas, tiene tres colores: verde, blanco y naranja. La explicación simbólica de la bandera irlandesa es que intentaba representar la unión entre el elemento celta-católico (verde) y el elemento anglo-protestante -los orangista- (naranja), con el blanco representando la paz entre ambas facciones. Esta bandera es relativamente reciente: fue diseñada en 1848 por Thomas Francis Meagher, quien se inspiró en la tricolor francesa; sin embargo, la bandera no se generalizó hasta después del levantamiento de 1916, en que empezó a usarse con frecuencia, y con la independencia fue declarada bandera oficial de Irlanda.

Aún hay otro color que sirve para identificar a la isla: el “azul de San Patricio”. ¿Alguna vez os habéis preguntado por qué los aviones de Ryanair, compañía irlandesa donde las haya, son azules y no verdes? Aer Lingus utiliza el verde y el shamrock como símbolo; Ryanair, el azul y la lira (modificada levemente para parecer también un ángel) que aparecen en el escudo de armas de Irlanda -y en el emblema del Taoiseach-.

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