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Gracias Iñaki

2014 junio 19
por Fernando J. Pérez

Esta puta vida es así. Tienes un sueño, una ilusión. Por el que entrenas, te cuidas, te preparas, te mentalizas. Durante meses. Años incluso. Y un par de meses antes del día ‘D’, la realidad te enseña lo que de verdad es importante. Te da un sopapo de los que te despiertan de sopetón. Mi sueño era la Hiru Haundiak 2014. Y el sopapo, el cáncer de garganta de Iñaki. De Potolo. Un buen amigo. Mejor que eso, un amigo bueno.

Así que, de repente, la prueba con la que tanto tiempo llevaba soñando se había convertido en algo menor, anécdótico casi, ante la laringectomía a la que sometieron a Iñaki diez días antes de la fecha de la prueba. Esa era la carrera de verdad. Y la quería correr con él. Pero él tenía que correr conmigo la Hiru Haundiak. Esa era la condición. Y se convirtió en mi motivación. Ya no correría esta HH por afán de superación, por orgullo o por buscar mis límites. No. La iba a correr por Iñaki.

Y con esa idea, y un pequeño nudo en el estómago, llegué a Araia el viernes por la tarde, con Oihan y Bego, compañeros de fatigas durante tantas horas de entrenos y dos de los protagonistas del reportaje que escribí sobre la edición de hace dos años tras vivir la carrera muy de cerca, aunque desde la barrera. Ahí fue cuando la convertí en mi sueño. Pero ahora tocaba vivirla desde dentro. Sentir en primera persona lo que otros me habían contado.

La logística de la Hiru Haundiak es muy particular, sin duda condicionada por ser una carrera en línea. Todo está centralizado en Araia, la meta. Allí entregan los dorsales y la bolsa de corredor y allí dejas la mochila para la base de vida de Landa. Y a las diez y media de la noche, cuando los nervios comienzan a acelerar los corazones, todos a los autobuses que te trasladan a Ondategi. En el tumulto pierdo de vista a Oihan y Bego y subo a mi autobús con David y Josemi, lo otros dos compañeros del periódico que van a hacer también la HH. Una vez en la salida, aún queda media hora larga para un tomarte el último cafecito, ajustarte los cordones y la mochila, saludar a los que no has visto en Araia o acabar de comerte las pocas uñas.

Este año la organización había cambiado la salida. En lugar de hacerlo en el aparcamiento del polideportivo, la había desplazado a un parque cercano, más amplio, sin duda condicionada por en nuevo récord de 1.700 participantes. Una decisión adecuada con una pequeña pega. El embudo para pasar la alfombra del chip era mucho mayor. Y con ello, los nervios de los participantes con la sangre más caliente (como yo). Sí. Así es. Tardé casi cinco minutos en cruzar la línea de salida, es decir, en validar el chip y que empezase a correr mi tiempo. Pero mi cabeza no estaba en ese momento para apreciar ‘pequeños’ detalles como ese. Lo único que mi neurona procesaba en ese momento es que ¡había perdido cinco minutos! ¡Cinco minutos, dios mío! En una carrera en la que iba a terminar más cerca de las 24 horas que de las once del ganador… Mientras en mi mente retumbaba el comentario que Oihan me hizo apenas cinco días antes en La Cruz, cuando fuimos a reconocer el primer tramo de la carrera y tardé dos horas y ocho minutos entre Ondategi y Gorbeia: “Fernando, hemos venido hasta Murua de charleta, casi de paseo, así que el día de la carrera bajas seguro de las dos horas hasta La Cruz” (lo siento Oihan, pero mi conciencia necesita encontrar un culpable).

Y, claro, yo a cumplir. No me aguanté ni a salir de Ondategi. En cuanto el tapón de gente me lo permitió, a la altura de la iglesia, eché a correr como alma que lleva el diablo (entiendase que para mí esa expresión significa un ritmo de seis o siete minutos/kilómetro… siendo optimista) adelantando a gente y más gente en el llaneo por pistas hasta Murua. Y desde allí, donde realmente empezaba la subida al Gorbeia, al paso más ligero posible, trotando en los tramos de recuperación. Con la perspectiva de los días que han pasado, me queda el consuelo de comprobar que mi obcecación al menos no me impidió disfrutar de la espectacular luna llena que nos deparó la noche, que permitía incluso prescindir de los frontales en algunos momentos, de la increíble serpiente de luces tintineantes que iluminaba toda la subida al Gorbeia, desde Murua hasta La Cruz, de las decenas de personas que aguantaron en La Cruz al paso no solo de los primeros, sino del multitudinario pelotón popular, animando a todos por igual. Fue uno de esos momentos de piel de gallina, de los que justifican por sí solo haber tomado la salida y todas las horas de entrenamiento que llevas a cuestas.

Pero aún poseído por la neurona, tampoco era cuestión de parar a saludar a Jagoba (¡pena de no haberte visto allí arriba, Adonis, pero gracias por estar!) y a otros conocidos. Control de chip bajo La Cruz con el objetivo conseguido (¡1h.56’56”!) y a tumba abierta hacia Ubide (km. 21,2), donde los dos últimos kilómetros previos de llaneo ya empiezan a pesar en las piernas. Un trago de agua rápido y a por Otxandio (km. 26,8), donde espera el primer avituallamiento sólido. Cruzar el pueblo a las cuatro y pico de la madrugada con los bares abiertos y decenas de personas animando supone otro chute de motivación. ¡Qué grande es este deporte y su gente! Llego al frontón y en diez minutos me hidrato, relleno botellines, como algo y vuelvo a la carrera. Me siento fuerte, con ganas y el ánimo por las nubes. Llevo una media que ni en el mejor de mis sueños. ¡6,5 km/h! ¡A este ritmo me planto en Araia a las cuatro de la tarde! ¡A las 4! ¡Esto es un sueño! ¡Joder Potolo, me estás dando alas!

Todo marcha sobre ruedas. ¿Todo? Los primeros kilómetros tras Otxandio, camino de Orkiola, son llanos. Después espera el Anboto, así que prefiero tomarlos con tranquilidad. El tramo entre Otxandio y Urkiola son ocho kilómetros y medio de cómoda subida. Salvo un par de rampas de no más de doscientos metros, cuestas tendidas. Al principio es llano y troto un rato, pero vuelvo a caminar. Y llega la primera cuesta. Nada del otro mundo. De las de ni alterar el ritmo. Y noto que las piernas no me van. Son puro plomo. La suave cuesta se convierte en un muro. ¡En un puto muro insalvable! La gente me empieza a adelantar por izquierda y derecha. ¡Una ancianita con taca-taca de paseo hubiese parecido Kilin Jornet a mi lado!

Y empiezo a echarme la bronca. Es curioso el proceso mental que experimento cuando voy al monte. Suelo, y me gusta, ir solo. Con mis pensamientos. Llevarme los problemas o las alegrías y analizarlas, disfrutar en solitario del paisaje, del silencio (no entiendo a los que llevan los cascos, todo lo que se pierden), de mis sensaciones. Y cuando hablo conmigo mismo es que algo no va bien. Pero esos ‘autodiálogos’ (con perdón de la palabreja) tienen dos vertientes. Cuando simplemente me hablo es que estoy derrotado, abatido. Pero cuando me hecho la bronca no todo está perdido. Busco la motivación. Es como el entrenador que arenga a sus pupilos. Es fundir la asunción del error con la determinación del objetivo a cumplir:

“La has cagado Fernando. ¡Si es que eres gilipollas! 100 kilómetros por delante y echas a correr en la salida como un poseso, como si fuera una carrera de 20 kilómetros. En vez de pegarte a Bego e ir tranquilo, a ritmo. ¡Que es lo tuyo, joder!. Por algo Kaikuland te bautizó ‘míster Diésel’ el año pasado en el Desafío Cantabria. ¡Eres un capullo! Aún te quedan 60 kilómetros, incluyendo las ascensiones a Anboto y Aizkorri y ya estás fundido. Pero te vas a joder. Hoy no te vas a retirar. Hoy no estás aquí por ti, ni por tu ego ni por tu orgullo. Hoy estás aquí por Potolo. Lo llevas en el pecho y le vas a llevar hasta la meta. Así que cambia el chip mental, échale c…, ármate de paciencia y sigue andando. Aunque llegues a las doce de la noche. Pero vas a llegar. Vas a llegar.”

Es alucinante lo que hace la motivación. El sábado ni por un momento se me pasó por la cabeza la retirada. Nada que ver con la Goiherri 2 Haundiak de hace un año. Andar, andar y andar. Un paso tras otro. Hasta Araia. Es el objetivo. El único objetivo. Se lo debo a Potolo.

El día comienza a clarear llegando a Urkiola y amanece a los pies del Anboto. Primera prueba de fuego. La mole rocosa se exhibe desafiante entre las brumas de la mañana. Es una ascensión sin concesiones. 260 metros de desnivel en poco más de medio kilómetro de recorrido. La pendiente media roza el 50%. Cabeza entre los bastones, ojos en el suelo y para arriba. No hay reloj. Solo una meta: llegar a la arista, donde este año se ha instalado el control. Nos quedamos a unas decenas de metros de la cumbre porque en vez de bajar por la cara sur, demasiado peligrosa y en la que los accidentes aumentaban cada año, lo hacemos por la misma de subida. Avanzo metro a metro, procurando no estorbar a los que me adelantan, algo difícil en este terreno tan rocoso. Alguno anima. “Venga, que falta poco”. Sonrío para mí. El hayedo queda atrás. Ya solo hay roca alrededor. Es una buena señal. La arista está cerca. Un recodo en una peña y por fin veo en lo alto el control. Ya está ¡Ya está! El primer muro está superado. Fichaje y para abajo.

Bajando disfruto. Por primera vez desde que he salido de Otxandio. Me gustan los terrenos rocosos. Me desenvuelvo bien en ellos. Saltar de piedra en piedra. ¡Y las piernas responden! Creo que bajo a buen ritmo y adelanto unos cuantos puestos. Hay un hilo de esperanza. Quizá solo ha sido la pájara de la madrugada, fruto del sueño. Relleno los botellines en el collado Zabalandi, como otro plátano y una barrita y a por el Oriol, tras bordear el Ipizte. El suelo vuelve a ser rocoso y sigo moviéndome bien, pero en cuanto el terreno pica hacia arriba vuelvo a chocar con la realidad. No ha sido una pájara. Estoy vacío. Hacia arriba no voy. Definitivamente. Así que la ascensión, como todas las que me quedan hasta el final, es un ejercicio mental. Paso a paso. Sin agobiarme. Tranquilo. El objetivo es acabar. Llegar a la meta ¿Verdad Potolo?

Corono el Oriol (km. 45,5) a las nueve menos cuarto de la mañana. Ahora toca un larguísima bajada hasta la base de vida de Landa (km. 60), donde comeré, me cambiaré de ropa y empezará otra carrera. Perdón ¿He dijo bajada? Craso error. Bajada sí, pero con una rampa de lo más traicionera en el Jarindo. Una trampa para los que no la conocen y otro ejercicio de resistencia metal para los que ya la hemos padecido en los entrenamientos pero llegamos a ella sin fuerza física. Y luego sí. Una vez pasado el altar del alto de Isuskitza, una rapídisima bajada de dos kilómetros nos deja en Landa.

Entro en el parque cerrado tras once horas y 17 minutos de carrera. Yo todavía no lo sé, pero Jabi Domínguez ha cruzado la meta de Araia como ganador un cuarto de hora antes. Me lo tomo con tranquilidad. No quiero cometer ningún error que me pueda pasar factura en la segunda parte de la carrera. Como. Peor de lo que debo, pero me quedo con la sensación de que el avituallamiento de Landa, el más importante de la carrera, este año está peor surtido que en ediciones anteriores. Busco la sombra de un árbol, me siento en el césped y me cambio de ropa y zapatillas. Una buena noticia: los pies están en perfecto estado. Ni una ampolla, ni una rozadura. Las molestias por mi tendinitis crónica con calcificaciones en los Aquiles me acompañan desde hace ya muchos kilómetros, pero es un sufrimiento que lo doy ya por descontado. Son ya muchos años cargando con él como para convertirlo a estas alturas en una excusa.

Tres cuartos de hora después de llegar abandono Landa. Los milagros no existen, así que el cansancio sigue ahí, pero mentalmente me siento más fresco que nunca. Espera el tan temido parque eólico de Elgea. Pero antes quedan diez kilómetros de ‘subeybaja’ rompepiernas hasta Mugarriluze, donde se encuentra el primer molino.

El parque eólico de Elgea es uno de los mitos de la Hiru Haundiak, casi al nivel de las tres cumbres que dan nombre a la prueba. Aunque en su caso la fama se queda solo en los que lo han probado. Una tortura para casi todos. Por la hora a la que se suele atravesar, por el cansancio acumulado, por el viento, por el ruido, por su perfil de diente de sierra. Diez kilómetros que no se cuentan por metros sino por molinos. 78. Uno tras otro, cual gotas malayas reconvertidas en aspas. Gaizka Barañano me lo había advertido unos días antes. “Llega fresco a Landa y en Elgea recuperarás mucho tiempo. Llega cansado y se te hará eterno”. No puedo evitar una sonrisa al recordarlo mientras voy dejando molinos atrás. Y siguen pasando las horas… 76… 77… ¡y 78! ¡Ya está!. Son algo más de las cinco. Kilómetro 81.

Ya solo queda el Aizkorri, que se ve en el horizonte. Lo que queda se convierte en una cuenta atrás. Larga, pero cuenta atrás. Es el momento en el que la mente visualiza la meta. Y ya no hay quien la pare. Ni ampollas ni cansancio ni nada. En Urbia comienza la ascensión. Por cemento hasta la majada de Arbelar. Y luego ya por roca. Kilómetro y medio hasta la cumbre. Subo a paso de mula coja, pero me siento ligero. Con los que me cruzo ven a un típo grande y sudoroso con pies de plomo subiendo a paso de tortuga. Yo me veo como un rebeco saltando de piedra en piedra… ¡Cima! Kilómetro 90. Son casi las siete y media. Salvo algún imprevisto que no va a suceder voy a cumplir el nuevo objetivo que me he marcado sobre la marcha. Voy a llegar a Araia a la luz del día.

Disfruto como un enano los primeros kilómetros de bajada saltando de roca en roca. Me permito el lujo de correr incluso en algunos tramos. Me vuelvo a atrancar en un par de cuestas. Pero son las únicas. Visualizo la llegada a meta no sé cuantas veces. Me emociono en cada una de ellas. Llego a Araia. Doy la vuelta a la iglesia. Carlos me da la enhorabuena desde la valla. La meta. Allí están Ohian, ¡que ha terminado en 13:36!, Bego, que ha llegado un cuarto de hora antes que yo (¡inmensa!), y Raquel, sufridora silenciosa y damnificada en tiempo y dedicación por mi locura.

El sueño es ya una realidad. Y me siento orgulloso. En paz conmigo. Deportivamente, la carrera ha rozado el desastre. En lo personal soy el hombre más feliz del mundo. Ni un segundo, pero ni uno, se me ha pasado por la cabeza abandonar. La fe no sé si moverá montañas, pero desde luego la motivación sí que hace subirlas.

Gracias, Iñaki. Sin ti, mi sueño de la Hiru Haundiak hubiese seguido siendo eso, un sueño. Ahora queda tu carrera, la de verdad. La que vas a ganar. Porque quieres, porque puedes, porque te lo mereces. Y porque todos los que te queremos la estamos corriendo contigo.

¡Aurrera Potolo!

¡Zurekin gaude!

 

Hiru Haundiak. Los favoritos: Todos contra Jabi Domínguez

2014 junio 12

Iker Karrera puso hace dos años la Hiru Haundiak al nivel de las grandes ultratrails internacionales con su estratosférico récord de 10h.23’.13’’, a una media de casi 10 k/h para una carrera de 100 kilómetros y más de 10.000 de desnivel acumulado. Desde entonces (la prueba se celebra cada dos años), los que aspiran a sucederle tienen en ese tiempo una referencia ineludible. Otra cosa es que se den por aludidos. Es el caso de Jabi Domínguez, segundo a algo más de una hora de Iker en 2012 y máximo favorito este año ante la ausencia del amezketarra. El vitoriano , un corredor aficionado que por no tener no tiene ni entrenador, se convirtió en año pasado en la gran revelación del ultratrail mundial con su tercer puesto en la Ultra Trail del Mont Blanc, la prueba más prestigiosa del planeta.

Ese día dejó el anonimato de lado para convertirse en un dorsal a seguir en toda prueba en la que participe, aunque él se quita presión. «En una ultra lo de ser favorito es muy relativo. Son tantas horas y tantos factores en juego que no hay nada escrito a priori. Es lo bonito de estas carreras», explica. Así que planteará la prueba como lo hace siempre: “Yo iré a lo mío, a mi ritmo. Si puedo ir con gente mejor porque se hace más ameno. Y al final a apretar”. El objetivo es bajar su tiempo de hace dos años (11h.27’28’), «y siendo optimista me veo mejor que entonces creo que lo lograré».

La ausencia del tercero en 2012, Zigor Iturrieta, sube un peldaño en su condición de favorito al cuarto, Gaizka Barañano. El de Amurrio, a tope de moral tras ganar hace mes y medio la Apuko Extrem y proclamarse campeón de Euskadi de ultra trail, carga el peso de la carrera sobre Domínguez y alerta de posibles ‘outsiders’. “Jabi está claramente un peldaño por encima del resto. Luego estamos un grupo de ocho o nueve candidatos para los otros dos puestos del podio”. Entre ellos hay habituales y veteranos de la ultradistancia como Joxelu Albizuri (cuatro veces ganador de la HH), Pedro Etxeberria (ganador de la HH en 2010 y 3º en la Mendi Erronka de hace dos semanas) o Imanol Aleson (3º en la reciente Euskalraid) , aunque Gaizka pone el foco en corredores especializados en carreras más cortas que si mantienen el nivel en los cien kilómetros de la Hiru Haundiak pueden dar la sorpresa y aparecer en la meta de Araia en los primeros puestos: Javier Olabarria, Ángel Arrieta o Igor García.

En cuanto a la táctica de carrera, Barañano guarda sus cartas aunque “no descubro nada si digo que en la Hiru Haundiak es muy importante llegar fresco a Landa. Si lo haces, en los molinos [parque eólico de Elgea] se puede  recuperar mucho tiempo. Y al revés, si llegas justo a Landa, la sierra de Elgea se puede hacer larguísima”.

Más abiertos están los pronósticos entre las chicas tras la baja de última hora de la ganadora de las dos últimas ediciones, la abadiñarra Oihana Azkorbebeitia. «Al final he decidido no participar. Mayo ha sido un mes bastante intenso respecto a carreras y también a cuanto mi día día (tengo un hijo ‘gaupasero’ que no me da tregua). El cuerpo me está pidiendo descanso a gritos y será mejor que le haga caso», explicaba ayer mismo. Así que, ante la ausencia de la segunda clasificada de hace dos años, Nerea Amibilia, el peso de la carrera recaerá en Silvia Trigueros, recientemente proclamada campeona de España en Castellón y tercera en 2012, aunque avisa que físicamente tampoco está al cien por cien. “Llevo algo pocha esta semana. Los críos han estado malos, con un virus y creo que algo me han pegado a mí, pero bueno, espero recuperarme estos días previos”, explicaba ayer. La ausencia de Oihana tampoco va a suponer un cambio en su táctica. “En estas carreras largas no busco tanto hacer un tiempo como lograr una marca que me he establecido antes. Por eso me planteo ritmos constantes y tiempos intermedios de referencia. En este caso el objetivo es bajar de las 14 horas. Si lo logro me daré por satisfecha, al margen del puesto final que ocupe”.

Para Silvia, además, la Hiru Haundiak tiene un significado muy especial. “Antes la había hecho alguna vez en plan marcha, pero hace dos años [edición en la que acabó tercera] fue la primera ultratrail que corrí y marcó una antes y un después para mí. Las sensaciones que tuve me encantaron, disfruté (y sufrí) mucho, y desde entonces me dedique a la larga distancia”, explica. Y desde luego el tiempo y los resultados han demostrado que la decisión fue de lo más acertada.

Silvia tendrá como principales rivales a Jone Urkizu, que demostró con su victoria el mes pasado en la Apuko Extrem (90 km, D+6.000) que esta también a punto,  Elena Calvillo (2ª en la Transgrancanaria Advanced (82 km) de marzo pasado) y Leire Ezpeleta, 3ª en la Apuko Long (65 km, D+4.500) disputada en mayo.

Jabi Domínguez entrando en meta en la Hiru Haundia de 2012. (Foto: Hiru Haundiak)

Podio femenino de la Hiru Haundiak 2012. (Foto: Hiru Haundiak)

Gaizka Barañano y Silvia Trigueros en el ultratrail de Penaygolosa. (Foto: Mayayo)

 

Hiru Haundiak 2014. El recorrido

2014 junio 10

Quizá suene a tópico al referirse a una carrera de montaña, pero el alma de la Hiru Haundiak está en su recorrido, consistente en ascender tres de las cumbres más emblemáticas de Euskadi: Gorbeia (1.482 m), Anboto (1.331) y Aizkorri (1.523 m.), los Tres Grandes de la montaña vasca. Con ese objetivo nació el reto montañero hace casi cuarenta años y así sigue en la actualidad bajo el formato de carrera de montaña. Sin embargo, y manteniendo la premisa obligatoria de pasar por las tres cumbres, la prueba ha tenido varios cambios en su recorrido hasta alcanzar su fisonomía actual, en principio definitiva tanto por la logísticacomo por el aspecto deportivo.

Y es que no hay que olvidar que se trata de un carrera en línea, obligada por la distancia física entre las tres cumbres. Así que la principal variable a lo largo de las 18 ediciones disputadas ha sido el sentido de la marcha. La distancia también ha ido creciendo a lo largo de los años desde los 86 kilómetros iniciales de 1987 entre Murua y San Adrián, aunque desde 2002 se estableció la cifra redonda de 100 kilómetros que parece ya definitivamente consolidada.

Los primeros años el sentido fue Oeste-Este, partiendo de Murua (Murgia), con finales en San Adrián (1987), el refugio de Mikeletes (1988), el puerto de Otzaurte (1989) o Araia (1990). Los dos años siguientes, sin embargo el sentido de la marcha se invirtió, repitiendo recorrido entre Zalduondo y Gopegi. Entre 1993 y 1995 se volvió al sentido original, que supone ascender los Tres grandes en el orden Gorbeia-Anboto-Aizkorri, y con el mismo recorrido: Sarría-Zalduondo (91 km). En las dos siguientes ediciones (1996 y 1998), el recorrido sería alterno, antes de entrar en el nuevo siglo con el itinerario hasta ahora más realizado: Zalduondo-Otxandio. En el año 2000 el kilometraje aún estuvo en 92,5 kilómetros, pero en la siguiente edición alcanzó lo ya definitivos 100 kilómetros. Hasta 2008 se repitió ese recorrido (5 ediciones), aunque el tramo final (que suponía pasar por la meta en Otxandio antes de ascender al Gorbeia y bajar a ella) no acababa de convencer a muchos. Así que al año siguiente la Sociedad Excursionista Manuel Iradier optó por el hasta ahora recorrido definitivo: Ondategi-Araia.

La multitudinaria salida en este pequeño nucleo urbano perteneciente a Murgia suele marcar un veloz arranque de carrera con tres kilómetros prácticamente llanos hasta Murua. Aquí empiezan los algo más de siete kilómetros de ascensión al Gorbeia (con 800 metros de desnivel), una subida sostenida y sin dificultades técnicas por las lomas de Gonga y Pagazuri que sitúa a los primeros en La Cruz en algo más de una hora. Desde el punto más alto de Bizkaia y Araba, la bajada a Ubide es rapidísima, sobre todo en las primera rampas hasta el refugio Gure Ametsa (km. 14), en las campas de Arimekorta, aunque los últimos dos kilómetros de llaneo por pista asfaltada hasta Ubide se pueden hacer pesados. Al menos allí espera la recompensa del primer avituallamiento líquido. Desde Ubide, los poco más de cinco kilómetros hasta Otxandio se hacen cortos. En el avituallamiento de su frontón (km. 27,3) termina la primera de las tres etapas en las que la organización divide la prueba. A los primeros se les espera para poco antes de las dos y media de la madrugada.

La salida de Otxandio es rápida. Un kilómetro prácticamente llano antes de empezar a remontar entre hayedos hasta el Santuario de Urkiola (km. 35,3), donde se toma la pista que bordea Urkiolagirre y lleva al collado de la fuete de polpol. Aquí, lo más rezagados amanecerán con la mole del Anboto ante Sus ojos. Otro repecho sitúa a los participantes en el collado de Pagozelai, Ahora sí, justo a los pies del Anboto, cuya dura ascensión es uno de los puntos claves de la Hiru Haundiak. Son 260 m. de desnivel en 540 de recorrido (desnivel del 48%), primero por un hayedo con piso de roca y hojarasca y en las parte superior, cerca ya de la arista, por roca que en algunos puntos recomienda incluso a ayudarse con las manos. Hasta salir a la cresta en la brecha de Agindui.

Y aquí llega la gran novedad del recorrido de esta edición, que ha suscitado también críticas en algunos participantes. Una vez en la brecha, en vez de seguir por la arista hasta la cima para descender luego por la cara sur hasta el collado de Pagozelai, se vuelve a descender por el mismo camino (con dos líneas, una de subida y otra de bajada, para que los corredores se crucen). El argumento esgrimido por la organización es el de la seguridad, ya que el descenso por la cara sur es más peligroso, como lo atestiguan los accidentes que ha habido en prácticamente todas las ediciones en las que se ha bajado por allí, pese a las líneas de cuerda instaladas. Por el contrario, los críticos con esta decisión argumentan que la prueba queda desnaturalizada desde el momento en el que no se toca la cumbre del Anboto, que queda a apenas 30 metros de desnivel. Es probablemente, el precio a pagar por una prueba que en ocho ediciones ha triplicado su participación, de los 611 del año 2000 a los más de 1.700 de este año.

Desde Zabalandi (km. 42,3) se bordea el Ipzste y se asciende el Oriol por un terreno tan incómodo (rocoso) como bonito (hayedos) antes de iniciar el descenso hasta el puerto de Kurtzeta, ecuador de la prueba (km. 49,8) . Con la mente puesta ya en la base de vida de Landa, comienza aquí un traicionero descenso hasta el pantano vitoriano. Traicionero porque quien piense en una bajada cómoda y continua hasta el avituallamiento se encontrará con una par de duroas repechos en el Jarindo más que atragantables, sobre todo en el aspecto mental. 

En Landa (km. 59,3) espera la mochila para cambiarse la ropa y el otro avituallamiento completo. Un arma de doble filo ya que puede pesar demasiado para retomar la marcha si no se llega lo suficientemente fresco (física y mentalmente). Los primeros habrán llegado al poco de amanecer, mientras que los últimos deberán abandonar el avituallamiento antes de las 13.20 si no quieren quedar descalificados. Lo que les espera en los siguientes kilómetros es el tramo psicológicamente más duro, según la opinión casi unánime de los que conocen la prueba.

La larguísima sierra de Elgea y su parque eólico hunde a los que hayan llegado hasta allí justos y llena de moral a los que se vean con fuerzas en sus continuos toboganes. Una vez superada, la majada de Urbia (km. 88) es el preámbulo de la última ascensión: Aizkorri. A estas alturas de la carrera tira más el corazón que las piernas, así que una vez coronado el tercer grande, solo un desastre imprevisto impide a quienes lo hacen y tras diez kilómetros de descenso, alcanzar la meta de Araia. A los primeros se les espera sobre las once de la mañana, pero los últimos no harán hasta doce o trece horas después, sumidos ya en su segunda noche de marcha. Les igualará la felicidad al cruzar la meta. Quizás ni eso. Probablemente, para los últimos habrá significado mucho más cruzar sea línea que para los primeros.

 

Hiru Haundiak: Historia de (mucho más que) una carrera

2014 junio 9

Faltan cinco días para la XIX Hiru Haundiak, con sus cien kilómetros y su paso por los tres grandes referentes de la montaña vasca (Gorbeia, Anboto y Aizkorri), sin duda, la prueba de ultra trail más emblemática de Euskadi. Con la que casi todo montañero vasco suspira. Con la que todo corredor de montaña vasco sueña.  El próximo viernes, a estas horas, el modesto y habitualmente tranquilo pueblo de Araia hervirá de actividad. Los 1.700 participantes (y sus acompañantes) habrán tomado las calles ultimando los preparativos: recogida de dorsales, entrega de la bolsa para el avituallamiento de Landa, revisión del material… Los más madrugadores estarán ya en Ondategi (Murgia), donde a las 00.00 se dará la salida, mientras los primeros autobuses llenos de participantes estarán ya saliendo de Araia en dirección Ondategi.

La cuenta atrás ha comenzado. Y desde este blog nos sumamos desde ya mismo a esta fiesta del ultratrail vasco con una serie de crónicas diarias hasta el día de la prueba. en ellas podréis encontrar curiosidades, datos, anécdotas, actualidad y toda la información necesaria para conocer un poco más de cerca esta prueba.  Empezamos, como no podía ser de otra forma, por sus orígenes y su historia.

La Hiru Haundiak, mucho más que una carrera

Afirmar que la Hiru Haundiak se hunde en la noche de los tiempos quizá es mucho decir. Pero desde luego no es exagerado asegurar que sus orígenes se remontan bastante tiempo atrás a su primera edición, en 1987. Ese año, el club vitoriano Sociedad Excursionista Manuel Iradier recogió las inquietudes de muchos de sus socios y montañeros en general y decidió organizar una travesía que para entonces se había convertido ya en una especie de mito entre los mendizales vascos:  unir de una tacada tres de las cumbres más emblemáticas (si no las más emblemáticas) de la montaña vasca: Gorbeia (1.482 m.), Anboto (1.331) y Aikorri (1.523 m).

El problema es que estas tres montañas no están precisamente cerca entre ellas. El Gorbeia es la muga natural y punto más elevado de Bizkaia y Araba, el Anboto hunde sus peñas en el Duranguesado vizcaíno y el Aizkorri (más exactamente su vecino Aitxuri), se eleva sobre el txorierri guipuzcoano y el la cumbre más elevada de estew territorio. Eso suponía una marcha de cerca de 100 kilómetros lineales salvando un desnivel acumulado de casi 10.000 metros. En los tiempos actuales, en los que  las ultras de cien millas surgen casi como champiñones, esas cifras ya no asustan, pero hace tres o cuatro décadas, cuando ver correr a alguien por la montaña era lo más parecido a cruzarse con un marciano y las marchas de montaña (de 40 o 50 kilómetros como mucho) estaban dando sus primeros pasos,  plantarse ese reto era toda una gesta y un buen aval para ser tachado de loco. Pese a ello, muchos soñaban ya con ella, algunos la intentaban y muchos menos la terminaban.   

Pero volvamos a 1987. Ese año, la Manuel Iradier organiza la prueba. Es la ‘I Marcha de Fondo Hiru Haundiak’. Lo que hasta entonces se realizaba en pequeños grupos cerrados de cuadrillas de montañeros, se abre ahora a todo aquel que se quiera inscribir. El éxito es inmediato. Realizado por patrullas, el 28 de junio, un día especialmente caluroso, según cuentan las crónicas, toman la salida en Murua 203 personas (196 hombres y 7 mujeres). La llegada, tras 85 kilómetros de marcha, se establece en el túnel de San Adrián, a los pies mismos del Aizkorri. Terminan 88 personas, aunque no hay constancia de cuántos hombres y cuántas mujeres. Ni del tiempo del ganador, lo que no es de extrañar, ya que el factor competitivo que hoy tienen cualquier prueba de ultratrail estaba en esos años aún muy lejos de arraigar. Tanto que esa edición inaugural incluyó, de forma novedosas, el establecimiento de tiempos mínimos y máximos en los controles de paso obligatorios, algo que luego se extendería en la denominadas ‘marchas reguladas’, tan extendidas hoy en día entre los clubes de montaña. En cualquier caso, había nacido un evento deportivo codiciado en el ámbito montañero, una especie de mito con el que sueña todo montañero vasco: La Hiru Haundiak (Los Tres Grandes).

La semilla ya está sembrada y desde esa primera edición no hace más que crecer. Durante los siguientes diez años (hasta 1996) se celebra anualmente. Pero ha crecido tanto y su organización requiere tantos recursos que a partir de ese año la Sociedad Excursionista Manuel Iradier decide hacerla bienal. En 2002 también toma otra decisión que se convertiría en otro icono de la prueba. Decide fijar la distancia en 100 kilómetros.

Paralelamente al crecimiento de la prueba, la moda de correr por el monte también ha ido germinando y cada vez son más los montañeros (o corredores de asfalto) que se calzan las zapatillas y se lanzan a la carrera por bosques, senderos, roquedos y cumbres. Así que en las ediciones de 2000, 2002 y 2004 se celebra, junto a la marcha no competitiva, una carrera (en la edición de 2006, la modalidad de carrera se fusionó con la marcha, participando todos por igual, sin tiempos mínimos y manteniendo el máximo de las 24 horas). En la del año 2000 toman la salida 31 corredores (ninguna mujer) de los que finalizan… ¡6! Y para la historia de la Hiru Haundiak queda el nombre de su ‘primer ganador’: el vitoriano Marcelino Serrano Santos, con un tiempo total de 11h.30’54” (para un recorrido total de 92,5 km). Tras él, a menos de cuatro minutos, cruza la meta un guipuzcoano llamado también a hacer historia en la Hiru Haundiak en los años siguientes: Joxelu Albizuri. Este bombero azpeitiarra sería el gran dominador de la prueba durante las cuatro ediciones siguientes (2002, 2004, 2006 y 2008), ganándolas todas de forma incontestable. Y aún en 2010 acabaría también en el podio (3º) en una edición ganada por el también guipuzcoano (Zumaia) Pedro Etxeberria.

En categoría femenina no ha existido una dominadora de la prueba como en hombres. En realidad, en las tres primeras ediciones en la que hubo carrera (2000, 2022 y 2004) ni siquiera hubo inscritas. Así que para la historia de la Hiru Haundiak queda Jaione Sasieta como la primera ganadora de la carrera, en 2006, en una edición que tuvo a 24 finalistas femeninas. Dos años después, la vencedora fue Jone Pelaez, a la cabeza de las 33 finalistas. Y es en las dos últimas ediciones cuando ha aparecido la hegemonía de Oihana Azkorbebeitia, intratable en 20010 y 2012, este último año con récord incluido (13h.37’35”).

Y si hablamos de récord es obligado recordar el triunfo de Iker Karrera en la última edición. El mejor corredor de ultratrail vasco (y uno de los mejores del mundo) realizó hace dos años una auténtica exhibición corriendo más contra el crono que contra sus rivales para pulverizar en más de hora y media el récord de la prueba y dejarlo en 10 horas 23 minutos y 08 segundos, un tiempo que sin duda será referencia durante bastantes años. Y que incluso podría haber mejorado si no llega a ser por una caída que sufrió en el Anboto y algunos problemas con su frontal, como explicó en una entrevista concedida a este blog.

Iker Karrera, vencedor en 2012, récord incluido. (Foto: Iosu Onandia)

 

Javi Domínguez, cruzando la meta como segundo clasificado en 2012. (foto: Iosu Onandia)

 

Zigor Iturrieta, tercero en 2012. (Foto: Iosu Onandia)

 

Joxelu Albizuri, subiendo al Anboto en la edición de 2010. (Foto: Fernando Gómez)

 

Marcelino Serrano (766) y Joxelu Albizuri (1) en la edición de 2006. (Foto: Fernando Gómez)

 

 

 

 

Adiós al Kangchenjunga. Alex Txikon vuelve a casa para tratarse las congelaciones

2014 mayo 23

Alex Txikon ha decidido dar por concluida su expedición en el Kangchenjunga y regresar a casa. Las congelaciones en su dedo pulgar del pie izquierdo no mejoran pese a los cuidados y curas a los que se ha sometido estos días. Y tras consultar tanto a sus médicos como a sus compañeros de expedición ha decidido no intentar de nuevo la cumbre. Según ha explicado el alpinista vizcaíno en su blog “el grado de congelación que tengo en el dedo no es muy grande, pero si vuelvo a subir y vuelve a enfriarse me estoy arriesgando a perderlo”.

Las congelaciones de Alex en su pie izquierdo.

Alex termina la expedición con pena tras haberse quedado a poco más de cien metros de la cima y porque cree que hay muchas posibilidades de alcanzarla en el segundo intento, que realizará en solitario el polaco Adam Bielecki. “El trabajo más duro ya está hecho y la vía está abierta hasta la cima. Por Adam y yo hasta los 8.400 y por Denis hasta arriba”. Pero “sinceramente, a estas alturas de mi vida, todavía prefiero un dedo a una cumbre”.

Alex ha partido hoy mismo a pie hacia la localidad de Tapleljung, punto de inicio del trekking de aproximación al Kangchenjunga y a donde espera llegar en tres o cuatro días. Luego viajará en autobús a Katmandú, desde donde espera volar lo antes posible a España para ser tratado de las congelaciones.

Adam partirá del campo base hacia la cima el día 25 con el objetivo de hollarla tres días después, el 28. Por su parte, los rusos Artem Braun y Dmitri Sinev partieron ayer hacia el Campo Base de la vertiente Sur, por la que intentarán ascender en los próximos días. Denis Urubko, líder de la expedición, permanece en el campo base y esperará a Adam para volver a Katmandú.

A continuación, reproducimos el texto que ha escrito Alex en su blog a modo de despedida:

“Hoy es 23 de mayo. Cumplimos ya un mes y tres días en el campo base, y es un día raro. Un día de esos de cambios y de emociones a flor de piel. Recuerdo no hace nada cuando estábamos por arriba, cuando tratábamos de escalar este pedazo de montaña que aún veo si asomo la cabeza por la puerta de la tienda. Y digo “tratábamos” porque mi primavera ha acabado. La expedición ha terminado para mí. Ha llegado la hora de recoger todo y volver casa. Y lo hago muy a mi pesar y después de muchas dudas, de muchas horas pensando en cual era la mejor decisión. Pero viendo como tengo el dedo gordo del pie izquierdo, y con los consejos que me han dado mis dos compañeros, Adam y Denis, y los médicos a los que he consultado, creo que lo correcto es marcharme para casa.

Ahora mismo, el grado de congelación que tengo en el dedo no es muy grande, pero si vuelvo a subir y vuelve a enfriarse me estoy arriesgando a perderlo… Y, sinceramente, a estas alturas de mi vida, todavía prefiero un dedo a una cumbre. Al fin y al cabo, el Kangchenjunga siempre estará aquí y podré volver cuando quiera. Pero si pierdo el dedo, lo pierdo para siempre.

Tampoco puedo ocultar que me marcho con un poco de pena. Incluso con una cierta sensación de frustración. En 2009 me quede a 8.500 metros y este año casi a la misma altura, a unos 8.450. La primera vez por la cara Sur y ahora por la Norte.

Pero ahora creo que es mejor recordar lo bueno de esta expedición. Lo bien que lo hemos pasado, los pedazo de alpinistas con los que he escalado y convivido, la cumbre que hemos conseguido con Denis. Y lo que hemos disfrutado. También hemos sufrido, desde luego, pero lo poco o mucho que hemos hecho, lo hemos hecho nosotros cinco: Adam, Denis, Arteum, Dima y yo. Nos hemos enfrentado a la montaña con honradez y respeto, con todas las cartas sobre la mesa. Y ella nos ha devuelto ese respeto permitiendo la cumbre de Denis. Y ojalá la de Adam dentro de unos días. Lo deseo de todo corazón porque se la merece como el que más.

Ahora me toma hacer la mochila y volver a casa. Bajaré andando hasta Taplejung y de allí en autobús a Katmandú. Quizá no sea lo mejor para mi pie, pero esta es una expedición modesta, pese a lo que algunos puedan pensar, y no nos podemos permitir un helicóptero pasa salir de aquí.

Mil gracias, eskerrik asko a todos y todas que me habéis seguido y hasta pronto.”

A continuación os dejo otra serie de fotos de Adam Bielecki del ataque a cumbre de la semana pasada:

Dmitri y Alex en el C-2 (7.100)

Alex escalando a 7.200 m.

Alex a 7.250 m.

Alex a 7.350 m.

Alex a 7.375 m. escalando el hombro.

Alex a 7.475 m.

Alex a 7.480 m.

Alex en el C-3 ( 7.650 m.), por encima ya del hombro.

Alex escalando a 8.000 m.

Alex y Dmitri a 8.350 m., descendiendo ya bajo los gendarmes donde decidieron darse la vuelta en el ataque a cumbre.

Imagen de la cumbre del Kangchenjunga. A la derecha de la cima se ven los gendarmes hasta donde llegaron Adex, Adam y Dmitri el 18 de mayo.

 

 

 

 

 

Alex Txikon lo volverá a intentar, si su dedo congelado se lo permite

2014 mayo 21

No hay descanso para Alex Txikon y el resto de compañeros de la expedición a la cara Norte del Kangchenjunga. Apenas 24 horas después de haber regresado al Campo Base de su primer ataque a cumbre, los cuatro alpinistas que no lo consiguieron (Alex, el polaco Adam Bielecki y los rusos Dmitri Sinev y Artem Braun) estudian ya los pasos a dar en las próximas fechas. Y lo primero que han decidido es que lo quieren volver a intentar, aunque con tácticas distintas.

Alex y Adam tienen previsto hacerlo por la misma ruta que han intentado estos días pasados, la variante de la ruta Británica que han abierto por la izquierda de la cara norteroeste y l aarista Norte. Por su parte, Dmitri y Artem, tras calibrar la exigencia técnica y física de esa vía, han decidido que lo van a volver a intentar por la ruta normal de la cara sur. Es la misma por la que el pasado 18 hicieron cumbre el grupo encabezado por Carlos Soria y la cordada formada por Jorge Egocheaga y Martín Ramos, entre otros.

De todas formas, antes de tomar la decisión definitiva, Alex Txikon va a esperar uno o dos días a ver cómo evoluciona el dedo pulgar de su pie izquierdo, que ha bajado del intento a cima con ligeros síntomas de congelación. “Es el mismo que me quedó tocado precisamente aquí mismo, en el Kangchenjunga, en 2009, tras el descenso al límite que realizamos con Edurne Pasaban, y desde entonces lo tengo que cuidar mucho en cada expedición porque es muy propenso a congelarse de nuevo”, explica Alex.

Así que el alpinista vizcaíno debate en estos momentos la decisión a tomar. “Los partes meteorológicos dan días de cumbre para la semana que viene y la ruta ya está abierta hasta la cumbre. Por nosotros hasta casi los 8.500 y luego por Denis hasta la cima. Lo más difícil está hecho y sería una pena desaprovechar la oportunidad. Aunque tampoco quiero arriesgar el dedo. Eso lo tengo claro. El Kangchenjunga no se va a mover de donde está y si no lo veo claro no voy a subir. Voy a ver como evolucionan las congelaciones un par de días y entonces tomaré la decisión”, explica alex.

Lo que sí ha descartado el grupo es intentar abrir una nueva ruta por el centro de la cara Norte, el objetivo original de la expedición, debido al peligroso estado de las dos barreras de seracs que hay que atravesar en la parte baja de la pared. “Desde que llegamos al Campo Base hemos vigilado muy de cerca la pared y en especial la zona por la que queríamos abrir la nueva vía y hemos visto que es muy peligro. Este año al menos. Las dos barreras de seracs escupen prácticamente todos los días alguna avalancha y meternos allí en su estado sería una ruleta rusa. Otro año quizá sea posible, pero desde luego este no. Es una pena, porque la línea de la vía es preciosa, y más viéndola de cerca, a pie de pared pero desde luego este año está impracticable. Quizás otro año…”

 

 

 

 

 

 

 

 

Alex Txikon: “Las rocas se convertían en caras que me miraban y me hablaban”

2014 mayo 20
por Fernando J. Pérez

La voz de Alex Txikon suena fuerte y firme al otro lado del teléfono satélite. Está en el campo 1, a seis mil metros de altitud, donde va a pasar la noche con sus compañeros de expedición antes de descender  al campo base [al que ha llegado hoy junto con el resto de sus compñeros de expedición]. Apenas han pasado catorce horas desde el fallido y agotador ataque a la cumbre del Kangchenjunga (8,586 m.), la tercera montaña más alta del planeta junto con el polaco Adam Bielecki y el ruso Dmitri Sinev. 22 horas de esfuerzo continuado por encima de7.650 metros, en la conocida como ‘zona de la muerte’ que le llevó al límite de sus fuerzas. Tanto que durante el descenso el alpinista de Lemoa llegó a sufrir alucinaciones: “Las rocas se convertían en caras que me miraban y algunas hasta me hablaban. Menudos sustos me daban”, explica con una carcajada final.

– Antes de nada ¿Cómo se encuentra? ¿Está recuperado físicamente?
– Sí, sí. Estoy muy bien. En cuanto llegamos a las tiendas Denis y Artem nos prepararon agua y pudimos hidratarnos y comer bien. Y en seguida al saco. ¡Y dormir hace milagros! Y hoy, en cuanto hemos perdido altura, mucho mejor. El cuerpo se recarga como por arte de magia en cuanto bajas. Esta vez he sido yo el que he llegado el primero a las tiendas del campo 1 y me ha tocado preparar agua para los demás.

– Cuando decidieron darse la vuelta eran las cuatro y media de la tarde, estaban a 8.350 metros de altitud y apenas les quedaban dos horas de luz. ¿No arriesgaron demasiado?
– Bueno… Lo de los límites horarios en los ochomiles es un poco relativo. Y sinceramente, si en el ‘Kanchen’ aplicas la famosa norma de que si para las doce del mediodía no estás en la cima hay que darse la vuelta no haría cumbre casi nadie, y menos en el estilo tan ligero como subíamos nosotros. Por otro lado, la meteorología no ofrecía problemas. Ibamos a tener una noche limpia y clara. Además, la idea era bajar por la vertiente sur, por donde había subido Carlos Soria y su equipo, una ruta que sus sherpas habían equipado hasta la cumbre, así que era incluso más seguro que volver por nuestros pasos.

– Pero se quedaron a doscientos metros de la cumbre.
– ¿Doscientos? ¡Qué va! ¡Muchos menos! Mira, cuando nos dimos la vuelta estábamos a la altura del Yalung Kang, yo creo que incluso un poco por encima de su cumbre, que está a8.500 metrosy la mirábamos hacia abajo, así que yo creo que nos quedamos a menos de cien metros de la cima del Kangchenjunga.

– ¿Por qué entonces se dieron la vuelta estando tan cerca?
– Ufff… estaba cerca pero aún íbamos a tardar por lo menos dos horas, pero bueno, yo estaba totalmente decidido a seguir. Hasta que Adam  me hizo ver que era una locura seguir y nos dimos media vuelta. Durante el descenso, como a 7.900 metros, en una pala de nieve, resbaló y se fue para abajo como unos cien metros. Aunque bajamos todo lo rápidamente que pudimos, tardamos casi hora y media en llegar. Pensábamos que se había matado, pero milagrosamente había conseguido pasarse. Estaba con una fuerte hipotermia, había perdido el frontal y se le habían soltado los crampones, ¡pero estaba vivo y podía andar por su propio pie!. Es curioso, probablemente arriba me salvo la vida cuando me convenció para bajar y ahora, apenas unas horas después, le devolvía yo el favor.

– ¿Por qué se les hizo tan tarde? ¿No habían previsto tantas dificultades?
– La verdad es que nos encontramos un terreno mucho más complicado de lo que pensábamos… placas de hielo, secciones de escalada en mixto prácticamente verticales, rampas de 60º de hielo cristal… Eso nos fue desgastando y retrasando. Y por si fuera poco, de pronto nos encontramos un cadáver. No sé a que altura estaría, por encima de los ochomil o así. Le asomaban los brazos y las piernas por encima de la nieve. Nos dio mucha impresión y fue muy desagradable. Esas cosas también te afectan anímicamente.

– Sin embargo, Denis Urubko decidió darse la vuelta al poco de salir.
– Sí. No hacía mucho tiempo que habíamos salido y cuando vio las dificultades decidió volver al campo 4. Fue un momento duro de muchas dudas. Estuvimos casi una hora decidiendo si continuar o bajar con él y decidimos continuar. Hay que tener en cuenta que él el día anterior se había dado un palizón subiendo desde el C-2 al C-4 de un tirón. Por el contrario, a nosotros otra noche a 7.650 nos hubiese desgastado mucho, así que apostamos por seguir para arriba.

– El descenso fue absolutamente al límite.
– Sí. Ya te he comentado antes que fue muy muy delicado, incluida la caída de Adam. Fuen tan largo y duro como la subida porque sabíamos que un mal paso significaba el fin. Encima, al final, no sé si por el agotamiento, la tensión o todo un poco, pero hubo un momento en el que empecé a tener alucinaciones. Las rocas se convertían en caras que me miraban y algunas hasta me hablaban. Menudos sustos me daban… Jajajaja. ¡No me había pasado nunca!.

– Llegar las tiendas tuvo que ser todo un alivio.
– ¡Desde luego! ¡Pero no te imaginas lo que nos costó encontrarlas! Sabíamos que estábamos en la zona donde las habíamos plantado y las huellas nos llevaban hacia allí, pero no las encontrábamos. ¡Estuvimos más de dos horas dando vueltas buscándolas! Ahí tuve las alucinaciones. Me imagino que fue la mezcla del agotamiento y la tensión. La verdad es que han sido los tres días más al límite de mi vida.

– Y ahora queda el objetivo original, abrir una nueva vía por en centro de la cara Norte ¿Se encuentra con ánimos y fuerzas para intentarlo?
– Tendremos que hablarlo cuando lleguemos al campo base, pero me temo que este año no va a ser posible. Aparte del palizón que nos hemos pegado, el problema es que la doble barrera de seracs que atraviesa la vía este año está muy muy complicada. ¡Prácticamente todos los días hay avalanchas! En las fotos se ven muy bonitos y muy factibles, pero en cuanto te plantas debajo ves que es una temeridad meterte por ahí.

Doscientos metros o la distancia entre la vida y la muerte

2014 mayo 19

Las distancias a ocho mil metros de altitud no tienen nada que ver con lo que significan a nivel de mar. Doscientos metros son una nimiedad donde el oxígeno satura la atmósfera, apenas dos o tres minutos a paso ligero. Un cuarto de hora o 20 minutos si pican hacia arriba. Pero cerca de la cumbre del Kangchenjunga, la tercera montaña más alta del planeta con sus 8.586 metros, se convierten en un trayecto eterno, interminable. Pueden suponer tres o cuatro horas de marcha. La diferencia entre la vida y la muerte.

Así que ayer, cuando Alex Txikon, el polaco Adam Bielecki y el ruso Dmitri Sinev alcanzaron los 8.350 metros en la vía británica de la cara Norte sobre las cuatro y media de la tarde (hora local, cuatro horas menos en España) el dilema que se les planteó fue realmente duro. Acumulaban ya 14 horas ganándole a la montaña metro a metro, probablemente había dejado atrás los tramos técnicamente más exigentes, tanto que Denis Urubko decidió darse la vuelta antes, y la cima estaba solo 200 metros más arriba. Pero les quedaban menos de dos horas de luz. Se les iba a hacer seguro de noche antes de alcanzarla. Así que en un ejercicio de lucidez nada fácil en la zona de la muerte, donde la falta de oxígeno abotarga el cerebro y la proximidad de la cumbre acelera el corazón, decidieron darse la vuelta.

Alex Txikon y Denis Urubko, a 7.600 metros en la cara Norte del Kangchenjunga.

Lo que les quedaba entonces hasta las tiendas del campo 4 (7.650 m.) era cuesta abajo pero en absoluto fácil. Sin equipar la ruta, y de noche a partir de las siete de la tarde, tuvieron que afrontar un descenso muy delicado que no les permitía un solo error.

Tras muchas horas de incertidumbre, incrementadas por la eventualidad de que al vizcaíno no le funcionó en todo el día el sistema de posicionamiento GPS que transmitía a través de Internet su posición en tiempo real, por fin, pasadas las once de la noche (hora de Nepal), el Facebook de Denis Urubko publicaba un escueto mensaje del ruso, casi telegráfico, enviado desde su teléfono satélite: “El trío ADA (Alex, Dmitri y Adam) en el C-4, cansados y agotados pero todos se encuentran bien. Vamos a hervir agua (para que se hidraten). Mañana descendemos. Denis”.

Habían pasado 22 horas desde que partieron de esa misma tienda de campaña la noche anterior. Poco después, Alex contactaba con su equipo de casa y explicaba que vivieron un momento de apuro cuando llegaron a la altura de las tienda del campo 4 pero no las encontraban. “He bajado tan cansado que he tenido alucinaciones”, reconocía.

Una vez en el campo base, al que llegarán hoy o mañana, Alex, Denis y Adam tendrán que decidir si finalmente intentan la nueva ruta por el centro de la pared Norte, su objetivo último en esta expedición. Todo dependerá del cansancio con el que hayan bajado y de su capacidad de recuperación.

Cima a los 75 años

Y mientras Alex Txikon y sus compañeros de expedición retaban al Kangchenjunga por la vertiente Norte, por la Sur lo hacía el veterano Carlos Soria con mejor suerte. El abulense se convertía ayer pasadas la nueve de la mañana y a sus 75 años, en la persona de más edad en hollar la tercera montaña más alta del planeta. Es además su undécimo ochomil, por lo que solo le quedan por ascender Annapurna, Shisha Pangma y Dhaulagiri para completar Los Catorce.

Foto de cumbre de Carlos Soria.

Soria hizo cumbre tras 14 horas de ascensión, después de haber partido hacia ella a las 7 de la tarde del día anterior con oxígeno artificial y acompañado por su equipo de alpinistas y sherpas de la Expedición BBVA, especialmente su inseparable Mukthu Sherpa, con el que ha conseguido sus últimos cinco ochomiles.

El veterano alpinista castellano ha sumado así el Kangchenjunga a su colección de récords de longevidad. Soria ya se convirtió en 2004 en el ‘abuelo’ del K2 (65 años), al que en los años siguientes le han sucedido los récords del Broad Peak (68), Makalu (69), Gasherbrum I (70), Manaslu (71) y Lhotse (72). Es, además, el único alpinista en el mundo que ha escalado nueve de los 14 ochomiles con más de 60 años. Y espera convertirse en el más veterano en completarlos todos.

Alex Txikon parte mañana hacia la cima del Kangchenjunga, donde intentará completar su primera travesía

2014 mayo 13

La jornada previa a un inicio de ataque a cima suele ser tranquila en los campos base. Se descansa, se repasa el material y se deja pasar el tiempo hasta la hora ‘H’. La de hoy en el CB de la cara norte del Kangchenjunga ha sido justo todo lo contrario. Nervios y más nervios oteando el horizonte. Y no el de la montaña, sino el contrario, el del valle. La culpa fue de la dichosa cuerda que les tenía que traer el ayudante de cocina desde el campo base de Carlos Soria (vertiente sur) y que esperaban como agua de mayo.

Fue una espera inutil. Finalmente no llegó, así que casi anocheciendo tomaron la decisión. No podían esperar más. Hoy parten hacia la cima sin la cuerda. «Es que si no, según los partes meteorológicos se nos

Cara Norte del Kangchenjunga. La ruta Británica va por la izquierda de la pared y la que el grupo de Alex quiere abrir, por el centro.

iba la fecha de cima hasta el 21 y es demasiado tarde si luego queremos meternos en la nueva vía de la pared norte».

El grupo se dividirá en dos cordadas. La primera, a modo de avanzadilla, estará formada por Alex Txikon, Adam Bielecki y Dmitri Sinev y saldrá mañana. La segunda la integrarán Denis Urubko y Artem Braun y partirá un día más tarde. El plan es dormir mañana en el Campo 1 avanzado (6.000 metros), el jueves llegar al C2 (7.100), que durante la fase de aclimatación a sido el campo 3; el viernes subir al nuevo C3, que tienen previsto situar a 7.500 metros; y el sábado alcanzar los 7.900 para colocar allí la tienda en la que descansar unas horas antes de partir, esa misma noche, hacia la cima, a la que esperan llegar el domingo. Denis y Artem se saltarían uno de los campos de altura para atacar los cinco alpinistas juntos la cumbre el día 18.

La táctica de las dos cordadas les ha venido obligada por el problema de la cuerda. Alex , Adam y Dmitri irán por delante para desequipar algunos de los tramos más fáciles y recuperar una cuerda que a partir de los 7.200 utilizarán Denis y Artem para equipar los tramos más delicados de la arista Norte.

Y como colofón, una sorpresa inédita: Bajar por las vertiente sur para completar la primera travesía de la montaña en sus 60 años de ascensiones. “Era una idea que nos llevaba rondando por la cabeza desde hacía tiempo, y después de hablar con Carlos Soria para saber cómo está la ruta sur y para que nos dejen

Denis Urubko y Alex Txikon

algo de material en el descenso nos hemos decidido a hacerlo. Es posible que incluso coincidamos con ellos en el descenso, ya que su plan el hollar el sábado. ¡Sería muy bonito!”, explica Alex Txikon.

Un desafío más que notable si tenemos en cuenta que a partir de los 7.200 metros de la cara norte (cota máxima a la que han llegado en la ruta Británica) la ascensión la tendrán que hacer en estilo alpino y que todo esto no es más que un ensayo general de cara al objetivo definitivo de esta expedición: abrir una nueva ruta en alpino por en centro de la cara Norte del Kangchenjunga, con sus 8.586 metros, la tercera montaña más alta del planeta.

 

Ruta a seguir por Alex y sus compañeros. La amarilla es la original británica y la verde, la variante abierta por ellos para evitar los seracs.

 

Alex Txikon a 7.150 metros, cincuenta metros por debajo de la cota máxima a la que han llegado. A partir de aquí, el terreno será desconocido para el grupo.

 

 

 

 

 

Alex Txikon templa armas en el Kangchenjunga

2014 mayo 12

Impás de espera en la vertiente norte del Kangchenjunga. Alex Txikon y sus compañeros de expedición templan armas en el campo base a la espera de un buen parte meteorológico que les ofrezca cuatro o cinco días de buen tiempo, los que necesitan para llegar a los 8.586 metros de la tercera montana más alta del planeta.

Y por lo que el vizcaíno avanzaba ayer, la espera no se va a prorrogar mucho. «Los partes que manejamos hablan de los días 17, 18 y 21 como los óptimos para cumbre, despejados y sin casi viento» explicaba ayer a través del teléfono vía satélite. «El 17 es demasiado pronto y el 21, tarde. Así que la opción más factible es el domingo 18».

Eso les obliga a salir pasado mañana mismo hacia la montaña. Aunque tienen un pequeño problema. Necesitan 200 metros de cuerda que ahora mismo está camino del campo base y sin los que no pueden ir hacia arriba. «Para evitar los seracs que cruza la vía británica hemos abierto una variante a su izquierda, más segura pero más técnica, en la que hemos utilizado más cuerda de la prevista, así que hemos

En amarillo la vía británica de 1979 y en verde, la variante abierta por la expedición de Alex.

agotado la que teníamos y necesitamos esos 200 metros para equipar la arista norte camino de la cima».

Mañana será un día clave. Es cuando decidirán definitivamente la fecha y la estrategia del ataque a cumbre y cuando está previsto que llegue al CB la cuerda. “Nos la ha dejado la expedición de Carlos Soria, que está en la vertiente Sur de la montaña, por lo que los porteadores tienen que dar toda la vuelta a la montaña para traerla hasta aquí”.

El plan inicial de Alex, Denis Urubko, Adam Bielecki, Artem Braun y Dimitri Sinev en estos últimos cinco días de duro trabajo en la montaña era llegar hasta los 7.500 metros, “justo superando un torreón que hay encima del campo 3 (7.100 m.), la parte más técnica de la arista que lleva a la cima”, pero el gasto extra en cuarda les ha obligado a no poder equipar más allá de los 7.200 metros. “Lo que queda hasta los 7.500 lo equiparemos de camino a la cumbre”.

Y cuando bajen les quedará el verdadero objetivo de les ha llevado al Kangchenjunga. No hay que olvidar que el trabajo que están realizando en la vía británica de la cara Norte no es más que para aclimatarse de cara a abrir una nueva ruta en estilo alpino por el centro de la imponente pared de la cara Norte, de más de 3.000 metros de altura, que intentarán, Alex, Denis Urubko y Adam Bielecki. Una vez alcanzada la cima, todo el trabajo realizado estas semanas equipando la ruta británica les servirá para asegurar el descenso, que tienen previsto realizar por esta histórica vía abierta en 1979 por Doug Scott, Joe Tasker y Peter Boardman en lo que supuso un antes y un después en la historia del himalayismo.

Vistos los planes, el grupo apura las horas de descanso en el campo base. Hoy, sin ir más lejos, han celebrado el 31 cumpleaños del polaco Adam Bielecki. “Aquí nos convertimos en una pequeña familia y estos momentos hay que aprovecharlos para relajarnos y evadirnos. Nuestro cocinero Ringi le ha preparado una tarta a Adam y nosotros le hemos regalado unos patucos que ha hecho Artem y el último libro que ha escrito Denis firmado por todos”.

Alex, rapelando a 7.200 metros.

 

Alex en el campo 3, a 7.100 metros.

 

Un descanso a 7.150 metros.

 

Denis Urubko, en el incómodo campo 2 (6.600 metros).

 

Adam Bielecki y Alex Txikon, a 7.200 metros.

 

Alex Txikon, descansando y dándole a la tecla en su tienda del campo base.

 

 

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