Por Juan Ignacio Pérez
13 Ene 2010
En más de una ocasión me he ocupado aquí de los salmones. Lo hice en las entradas “La esforzada vida de los salmones” y en “Peces que van y vienen”. Y lo volveré a hacer aquí. Vuelvo con otra historia de peces anádromos. Recordemos: los peces anádromos son los que nacen en agua dulce, se dirigen luego al mar, donde crecen y engordan, para regresar finalmente al río a desovar. Todos los salmones pertenecen a
Los salmones a los que me referiré aquí son los pertenecientes a la especie cuyo nombre común es salmón “sockeye” y cuyo nombre científico es Oncorhynchus nerka. El nombre común procede del que se le daba a estos salmones en una lengua de la costa oeste de Norteamérica, zona en la que se encuentran. Suk-kegh es la palabra de la lengua amerindia en cuestión y quiere decir pez rojo. De ahí viene la palabra sockeye, al anglizar los europeos el vocablo amerindio.
Una particularidad curiosa de estos salmones es que hay diferentes patrones migratorios. Hay algunas poblaciones, las menos, cuyos miembros viven en lagos y no migran nunca. Permanecen en el lago toda su vida y alcanzan un tamaño muy pequeño. No obstante, la mayoría sí migra. Pueden nacer en un río o en un lago, pero los que nacen en un río, si pueden, se quedan durante uno, dos o tres años en un lago del mismo sistema hidrológico antes de dirigirse al mar. Los que no tienen la oportunidad de pasar su juventud en un lago se dirigen al mar antes, y lo hacen con un tamaño menor que los que pasan antes por el lago. Por flexibilidad en el ciclo de vida, que no quede.
Como expliqué en “Peces que van y vienen”, los peces anádromos viajan al mar a crecer y engordar. En el mar pemanecen entre uno y cuatro años, hasta que han adquirido la suficiente biomasa y alcanzado la madurez reproductiva. En ese momento comienza el viaje de regreso al río, un viaje que constituye una verdadera hazaña.
El viaje puede llegar a ser muy largo, de miles de kilómetros para algunos salmones. Pues bien, en el momento en que lo empiezan dejan de comer, y ya no volverán a alimentarse nunca. Durante las semanas o meses que dure el viaje recurrirán a las reservas de energía que habían acumulado durante los meses anteriores para mantenerse y propulsarse, y los gametos ya los han producido. No necesitan nada más.
A lo largo del viaje van gastando las reservas almacenadas, principalmente para satisfacer las demandas de la natación prolongada. Al comienzo hacen uso de las reservas lipídicas, y más tarde, cuando se van agotando las grasas, empiezan a catabolizar proteínas. Por sorprendente que pueda parecer, el glucógeno, que es la molécula de reserva que utilizarían casi todos los vertebrados al principio, lo reservan hasta el último momento.
La razón de ese proceder es que el glucógeno constituye para los salmones una reserva de “emergencia”. Lo utilizan cuando saltan para superar los rápidos y pequeñas presas del río, porque es el sustrato energético ideal para sostener esfuerzos breves y muy intensos. Pero de esa forma se gasta una cantidad relativamente menor de glucógeno. La mayor parte la reservan, para dedicarlo a las últimas actividades que han de realizar una vez han alcanzado el punto de destino. La freza es una actividad de alta demanda metabólica, porque requiere la ejecución de movimientos muy enérgicos para que se produzca la liberación de los gametos; y después, tras la fecundación, para cubrir con grava los huevos.
Una vez completadas la freza, fecundación y acomodo de los huevos, permanecen otras dos o tres semanas con vida, cuidando el nido las hembras y tratando de fecundar ovocitos de otras hembras los machos.
Y luego mueren.
En el video se puede ver un episodio de freza de salmones sockeye.
23 Sep 2009
Hace poco me ocupé de los peces anádromos y de los catádromos. Hoy voy a referirme a los salmones. Siendo como son anádromos, tienen una relación variable y compleja con el medio en que se encuentran. En entradas anteriores aludí a los problemas, relacionados con el agua y con las sales, a que deben hacer frente los peces de río (“Mira cómo beben…”) y los de mar (“Los peces marinos sí beben”). Pues bien, los salmones tienen esos mismos problemas, pero los tienen de otro modo, porque en una etapa de sus vidas han de hacer frente a unos y en otra han de afrontar los otros. ¡Mérito doble el de los salmones!
Los salmones nacen en agua dulce, en zonas próximas a las cabeceras de los ríos, y en esas zonas transcurre la primera etapa de sus vidas. A esos salmones que todavía no han viajado al mar se les denomina “parr”. Los parr deben evitar la entrada de agua en su interior y deben combatir el riesgo de pérdida de sales, como les ocurre a todos los peces de agua dulce. Pero en el momento en que migran al mar las cosas cambian, porque en el mar la concentración de sales es muy alta, bastante más alta que la de sus fluidos internos.
Así pues, al cambiar de medio, la relación hídrica y osmótica que mantienen con el exterior se invierte y por ello, antes de migrar han de prepararse para ello. Habrán de pasar de no beber agua a beberla, de producir abundante orina muy diluida a restringir su producción y a concentrarla de forma intensa y, -lo que resulta más llamativo-, de incorporar sales a través de las branquias, a expulsarlas por esa misma vía. Lo de empezar a beber no es difícil; al fin y al cabo no es mucho más que un cambio de comportamiento. Lo de cambiar el volumen de orina eliminada, así como su concentración tampoco es tan complicado. Pero el tercer cambio sí es complejo.
Las branquias de los teleósteos de agua dulce incorporan iones sodio e iones cloruro, justo lo opuesto a lo que hacen las branquias de los marinos. Así pues, las branquias de los salmones deben realizar trabajos opuestos en uno y otro medio, trabajos que no pueden recaer en las mismas células branquiales. Por ello, para poder pasar de uno a otro medio han de generarse células nuevas, células que se ocuparán de expulsar las sales cuando se encuentren en el medio marino. Esas células se denomina “células de cloruro”. La generación de esas células, así como otras transformaciones ligadas a la transición al medio marino, se encuentran bajo el control de determinadas hormonas. Una vez que se han producido esos cambios, los salmones están en condiciones de viajar al mar. A esos salmones se les denomina “smolt”.
En la actualidad se dispone de conocimiento preciso acerca de todas estas cuestiones, ya que tal conocimiento ha resultado esencial para desarrollar con éxito el cultivo industrial de salmones. Anteriormente, cuando se desconocían las particularidades de la fisiología de estos peces o cuando se disponía tan solo de un conocimiento fragmentario, ocurrían con cierta frecuencia episodios de alta mortalidad en las factorías en las que se cultivaban. En el cultivo intensivo de salmones ha de reproducirse el ciclo de vida en su totalidad, razón por la que debe ejercerse un control estricto de la transición de agua dulce a agua salada en los estanques. Cuando no se conocía bien la biología de la especie, en ocasiones se cambiaba la salinidad demasiado pronto, cuando los salmones todavía no se encontraban preparados para la transición, por lo que los jóvenes parr morían en grandes cantidades. Por ello, hasta que no se identificaron con precisión los hitos y características de la transición parr-smolt, el cultivo de salmones no alcanzó el gran éxito del que goza. En estos momentos los salmones son los peces que se cultivan en mayor cantidad en el mundo, y en Europa representan la mitad de las ventas de peces cultivados.
13 Sep 2009
En algunas entradas anteriores me he ocupado de peces de mar y de peces de río. Pero como es de sobra conocido, también hay peces que viven, de forma secuencial, en los dos medios. A esos peces se les denomina “diádromos”. Son muy conocidos y algunos de ellos, muy apreciados. Entre nosotros son especialmente valoradas las anguilas; en realidad lo son sus alevines, las cotizadísimas angulas. Las anguilas viajan a desovar desde los ríos de Europa al mar de los sargazos en un viaje de
Y también los hay que hacen el viaje en sentido contrario. Los salmones nacen en los ríos y en ellos permanecen durante las primeras fases de su vida. Luego se dirigen al mar, a engordar, y una vez finalizada la etapa de engorde y de maduración sexual y formación de los gametos, vuelven al río a desovar. A los peces diádromos que hacen este recorrido se les denomina “anádromos”.
No deja de resultar chocante que haya peces que hagan ese tipo de viajes y de transiciones; al fin y al cabo, pasar de agua salada a agua dulce o lo contrario conlleva unas complicaciones fisiológicas tremendas, y eso hay que añadir el impresionante esfuerzo que supone realizar desplazamientos tan largos. Pues bien, más chocante resulta que haya peces que hagan el viaje en un sentido y que otros lo hagan en el contrario. La razón para que ocurra eso, según los especialistas, tiene que ver con la productividad de unos medios y otros. Aunque con excepciones, parece ser que los peces catádromos abundan en el ecuador y van escaseando hacia los polos, y lo contrario ocurre con los peces anádromos, que son más abundantes en altas latitudes. Por otro lado, la productividad del mar y de los ríos también varía con
Así, los catádromos son peces marinos que se desplazan a los ríos para, beneficiándose de su alta productividad, necesitar menos tiempo para crecer, acumular reservas energéticas y formar los gametos. Del mismo modo, los peces anádromos son peces de río que hacen lo que los anteriores pero al revés, beneficiándose de las condiciones idóneas de los mares de altas latitudes. Ahora bien, como ocurre con tantos otros fenómenos de la naturaleza, hay notables excepciones a la norma y en este caso la excepción consiste en que en los mismos ríos podemos encontrar anguilas y salmones, esto es, peces anádromos y peces catádromos.
Pero que haya excepciones no quiere decir que la hipótesis que manejan los especialistas sea incorrecta. Que nos encontremos en los mismos ríos anguilas y salmones no nos dice nada de cuál ha sido su historia evolutiva, ni de cuál era la situación de unos y otros cuando se fijaron esos patrones migratorios. La hipótesis no pierde valor por la presencia de unas especies y otras en los mismos ríos (por cierto, en latitudes intermedias). Al fin y al cabo, no se entenderían esas migraciones tan costosas y esas transiciones tan complejas si de ellas no se derivasen, o se hayan derivado en la historia de cada especie, evidentes beneficios.
Nota: En el texto no he aludido a ello, pero a las complicaciones osmóticas de la transición y al enorme esfuerzo que supone hacer el viaje, hay que añadir el dramático final que tiene para algunos (no pocos):
Sobre este blog
Animaladas
Juan Ignacio Pérez
Juan Ignacio Pérez, catedrático de Fisiología en la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del País Vasco, quiere ilustrar, mediante ejemplos escogidos, cómo funcionan los animales y los mecanismos que les permiten sobrevivir, crecer y reproducirse con éxito bajo casi cualquier situación ambiental sobre la tierra.
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