Decían los pensadores de la Escuela Crítica de Frankfurt que la “industria de la cultura” fabricaba discursos encorsetados al servicio de las élites. La caja tonta, exclamaban tales autores, era el instrumento perfecto para reprimir, apaciguar y entontecer a la gente. La televisión, en palabras de Kellner, representaba una amenaza para la democracia, la individualidad y la libertad de las masas.
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