El sueño del celta

 

Cena en la embajada irlandesa en Londres para celebrar la traducción al inglés de ‘El sueño del celta’, la última novela publicada por Mario Vargas Llosa. Fue muy agradable, por los anfitriones y los invitados de honor, el Nobel y su esposa Patricia, por la cena y la charla entre comensales sobre Irlanda y sobre literatura.

En mi mesa- la Yeats ( las otras eran la Beckett y la Heaney)- charlamos sobre el protagonista y sobre la novela. Casement no suscitaba gran simpatía en mi derredor porque es asociado al Levantamiento de Pascua de 1916, a la mitología de la insurrección y de las bellas derrotas sacrificiales que dio origen, con ayuda de la brutalidad británica en castigarlo, al IRA y al irredentismo, a la exacerbación de lo que el historiador Paul Bew ha descrito, para un período más largo de la historia de tan bella isla, como ‘la política de la enemistad’.

 

A Llosa le han atraído los mesías como protagonistas de su obra pero no se puede sospechar que el autor de Conversación en la Catedral los contemple con ingenua fascinación. Aunque muestra hacia Casement una indulgencia que sorprende.

Sir Roger Casement nació en una familia de padre militar protestante y madre secretamente católica. La madre murió muy joven. Se crió en el norte, en Antrim, antes de vivir en Liverpool con otra rama de su familia y de enrolarse en el servicio diplomático.

Sus informes sobre el trato aberrante a los indígenas de los enviados por el rey belga Leopoldo para ‘civilizar’ el Congo y de los empleados de la Peruvian Amazon Company en las zonas amazónicas remotas del Perú para repartir en la City de Londres la riqueza del caucho lo convirtieron en un pionero del humanitarismo en la frontera de los siglos XIX y XX.

Tuvieron esos informes tal impacto que Casement recibió el título de Sir. Lo recibió, cuenta Llosa, para dar aun más credibilidad a la causa sobrevenida a su alma, la de liberar a Irlanda del yugo imperial británico por la vía de las armas.

Hay en la novela un vacío vertiginoso. La descripción de las atrocidades en el Congo o el Putumayo son minuciosas, las siente el lector en su propia piel, pero cuando llega a Irlanda la justificación de la revuelta, del rechazo a la promoción del autogobierno por el Partido Parlamentario Irlandés y el Liberal en el Gobierno de Westminster, parece basada en la lectura de poemas, de mitos y leyendas, en la literatura.

Dijo Llosa en los postres que los irlandeses han dado tan buenos literatos porque sueñan demasiado y que eso los hermana con los latinoamericanos.

 

El patio del juzgado de Bow durante el juicio a Casement

Mi vecino de mesa, un profesor del Princeton, me decía que no hay peor idea que la que dice que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Es la que adoptó Casement para abogar la alianza de los rebeldes irlandeses con la Prusia de Bismark a fin de coordinar sus ataques y lograr como deriva la independencia de Irlanda. En la ejecución de ese empeño, patético en varios sentidos, dejó su vida.

Fue el esfuerzo final de un hombre privadamente atormentado, religioso practicante de una homosexualidad furtiva y ruda. Los poderes a los que se enfrentó lo revelaron, para añadir repugnancia al estigma de traidor a la patria antes de colgarlo de una soga en la cárcel de Pentonville.

Llosa da en la novela suficientes elementos para que el lector juzgue al protagonista, es disciplinado en su contención para no orientarlo en una dirección única  e incide en el retrato psicológico para colorear el último tramo de la vida de Casement. El juicio del autor sobre la aventura irlandesa de su protagonista aun así me parece benigno.

elcorreo.com

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