Hace unos días escribía aquí sobre el sistema electoral británico, mayoritario, que fomenta la vinculación del diputado con los electores de la circunscripción que representa. Pues bien, según un sondeo que publica en su número de verano la Fabian Review, una mayoría exigua de británicos prefiere cambiarlo por el sistema proporcional, el de España.
El 34% quiere el proporcional, el 25% quiere elegir un solo candidato por circunscripción pero anotando el orden de preferencias de todos los candidatos y el 25% prefiere el mayoritario actual. Estas cifras muestran que los británicos quieren mantener la relación del diputado con sus electores, aunque desearían también expresar sus preferencias.
Pero no es eso lo que más me ha llamado la atención del sondeo, que dice también que el 54% quiere una transformación radical del sistema parlamentario frente a un 24% que aconseja precaución. Con cifras crecientes de abstención en las elecciones, los resultados del sondeo son alentadores; la gente no está satisfecha con las maneras de la política y quiere cambios.
A lo que iba. Nada menos que un 59% de la población quiere que los mandatos electorales sean a plazo fijo y no dependan de la decisión del jefe de Gobierno.
Es una idea que he defendido en tertulias con amigos desde hace años. El mundo es muy complejo y los poderes se asientan en diferentes áreas. Hemos visto en los últimos años cómo casi todos los partidos, en casi todos los países, han cedido ante el empuje de los negocios, que tienen un rol imprescindible en la sociedad pero cuyo poder ha de ser compensado por algo tan difícil de definir en cada momento como el interés general.
Es una muestra reciente de la debilidad de la política, que es muy importante en nuestras vidas. Si la política quiere tener más credibilidad debe acentuar su carácter de servicio público. Creo que debe hacerse más aburrida, si por aburrimiento se entiende la disminución de esa pelea tribal, tan a menudo ridícula, entre una casta burocrática que vende liberalismo económico y otra que vende sociademocracia. Y que se parecen mucho, salvo en la retórica de los más interesados y de los más fanáticos.
Casi seis de cada diez británicos quiere algo que el líder conservador, David Cameron, sugería en su programa cuando fue candidato a liderar el partido y que luego no ha mencionado más. Otro vendedor de cambios ilusionantes, que luego resultan, una y otra vez, sea el partido que sea, meros cambios de personal.
Es un cambio pequeñito, pero que fomenta el entendimiento, la coalición, los pactos, la estabilidad, una vez que la gente ha expresado sus preferencias. ¿Por qué tiene derecho el jefe del Gobierno a decidir cuándo se celebran elecciones? Ese poder le corrompe. Diseñará sus políticas para provocar el momento de optimismo o bienestar en el que convocar elecciones. Y quien viene detrás tiene que pagar a menudo las consecuencias. Y si el líder repite ya tendrá tiempo de usar los recursos públicos para fomentar otro bienestar pasajero.
Leí hace unos meses un estudio que mostraba que los gobiernos italianos de coalición han cerrado sus ejercicios con más déficit que los monocolores. En la partitocracia- hace unos años la llamábamos ‘tangentópoli’, también por influencia italiana- cada partidito de la coalición gasta en su ministerio lo que no tiene para embaucar a sus electores.
Creo que el mandato a plazo fijo atenuaría ese efecto pernicioso de las coaliciones, que en general me gustan más que los gobiernos de un solo partido.

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